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viernes, 6 de diciembre de 2013

XII - ÁRTEMIS


Y cuando se dieron las mutuas garantías
Le deja a su hija elegir a uno de los pretendientes,
Adonde la llevasen las auras amables de Afrodita.
Y ella eligió a quien ¡malhaya sea! Jamás hubiese
Llegado a casarse: a Menelao

(Ifigenia en Áulide, Eurípides)

Está pensativa en su rincón preferido. Al trasluz de los visillos su semblante se torna azul. Acaban de recoger el servicio y se ha quedado sola, en medio de la habitación que nunca está habitada. La mañana se hace lenta y monótona y los reflejos del sol se cuelan como duendes por entre las rendijas de los fraileros. Las minúsculas motas de polvo flotan a miles atravesando los proyectados haces. Su mente está en otra parte, desde hace años, desde que el huracán la dejó alelada para siempre.

En su recuerdo, un atardecer neblinoso. Su padre, solícito, borricón, como siempre, enamorado de ella desde que fue pequeña. El carretón dando tumbos por entre las trochas de maíz, bamboleándose camino del pueblo; quejoso como si tomase conciencia de la preocupación que acompaña a la comitiva. Las enormes ruedas siguen el surco de los relejes. El boyero dirige la testuz del animal con armoniosa pericia.

Ya llegan. El médico espera a la entrada del caserón. Salen mujeres con delantales blancos, presurosas, sabedoras de lo que tienen que hacer. En pocos instantes preparan a la recién llegada: la desnudan, le dan calmantes y paños húmedos que aflojen la calentura; el doctor tiene el ceño fruncido, preocupado. Sabe que la criatura viene mal; lo sabe porque ya ha pasado el tiempo, las cuentas se han superado y no es posible que esto sea normal.

Al amanecer ya todo ha pasado. El huracán se ha llevado por delante los sembrados, ha revuelto el río y ha dejado una templanza seca; el huracán se ha ido y con él se llevó la esperanza de los habitantes del valle para ese año; el huracán dejó su huella en los pastizales caídos, en los trojes derrumbados, en los caminos cenagosos, impracticables; el huracán hizo musitar quejidos y rezos a las viejas de la comarca y destruyó la torre de la ermita con un certero rayo. Desde entonces, Luisa no ha vuelto a hablar. El huracán se llevó por delante la lucidez de Luisa, dejándola parada, para siempre, en el recuerdo de aquel malogrado día.

Luisa piensa, pero no pronuncia palabras. Todos saben que es consciente y que entiende las cosas; tiene sensibilidad y a veces siente frío: nunca calor; siquiera cuando en el verano la sientan en la terraza que da al mar, a pleno sol durante las mañanas de julio, y se deja llevar tranquila y regresa fría, con la piel transparente y casi sin pulso.

Su pensamiento está en otra parte. Por eso no sufre, por eso no siente el calor. Su mente tiene retenida la imagen de su hija, la única que tuvo en la relación con Alfredo, el único hombre que conoció, el único hombre al que amó.

Alfredo había aparecido un día por el caserío, acompañado de Inés y José Luis que eran primos de Luisa; Alfredo era compañero de José Luis, en Santander donde ambos trabajaban en una consignataria de buques. De aquel encuentro fortuito nació un amor que desembocó en boda siete meses más tarde. Después vino el desastre. Alfredo sufrió un accidente que le provocó la muerte y esto pudo ser la causa de la malformación del parto, pues cuando esto sucedió, Luisa estaba casi fuera de cuentas.

Su hija, a la que dejaron ver en muy contadas ocasiones, nunca supo que su madre vivía; la familia desistió de explicaciones y prefirió mantener a la niña ignorante de todo. Cuando le hacían saludar a su madre, la niña siempre pensó que era una obra de caridad obsequiar con un beso a aquella loca que de vez en cuando la traían por allí, aunque ese gesto le causase una infinita lástima.

La niña se crió en el campo, con los abuelos maternos. Fue feliz dentro de su ignorancia y nunca echó de menos a sus padres; ese sentimiento filial no existía en el corazón de la niña; sus abuelos fueron capaces de suplantar el vacío, incluso cuando la abuela falleció y quedo sólo el abuelo.

Sin embargo, en el corazón de la niña quedó para siempre la expresión de la loca, como anhelante; una expresión que parecía querer decir algo, a ella, no a los otros. Nunca supo si aquella mujer de ojos verdes, cabellos rojizos y piel transparente estaba alucinada o ensimismada.

Sin embargo, Luisa sí supo captar las dudas de la niña. Y no quiso que sufriera por ella.

Una mañana de febrero, en el salón vacío que nunca estaba habitado, Luisa dispuso sus cosas: preparó junto a ella la pequeña mesita que utilizaban para depositar la bandeja en la que traían su comida; tomó un papel del escritorio y con letra grande y temblorosa, rasgó la superficie con un nombre.

Después dejó caer el estilo que rebotó en el suelo y reposó su nuca en el mullido almohadón que cubría el respaldar del sillón.

Cuando la encontraron una hora más tarde su cara había recobrado la expresión que de joven tenía: nada en su rostro denunciaba la muerte ni el sufrimiento. Su expresión era de una extraordinaria y plena paz.

Sobre el papel, resueltamente escrito estaba Lara.



                                      Madrid, Bogotá y Sevilla, 17 de mayo de 2003

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