Esta obra también nace por mandato
Del Amor. ¡Alejaos,
Alejaos de aquí los rigurosos!
(Amores, Ovidio)
- ¡Mecachis! – Dijo Larita cuando tropezó con una piedra que Chavi le había puesto adrede en el camino y que el chaval había cogido de un mogote cercano.
Chavi era primo hermano de Larita. Desde pequeños habían estado juntos, necesariamente, pues los padres de Chavi, que eran unos desahogados, se marcharon a hacer un viaje por América; y de eso hace ya unos cuantos años, los mismos que Chavi tenía, es decir, unos siete. Todavía no han regresado.
- Chavi, no corras tanto que voy a tropezar y luego tendré que ir a casa de don Rufino para que me cure las heridas, ¡mecachis! – volvió a exclamar Larita, casi a borbotones, acezando, respirando agitadamente y con sensibles síntomas de enfado.
- ¡Bah, las niñas! ¡Siempre estás igual, hija! Anda, ven aquí que ya te seguiré yo. – Contestó el rapaz, que tenía los pelos tiesos y revueltos, negros como el azabache y presentaba una coronilla que le daba aspecto de bribón; las orejas azules, casi transparentes y el andar alacre.
Larita, achunchada, animó el paso y se puso a la par de su primo que, tomándole una mano, comenzó a silbar. Por el monte veíanse unas vacas tudancas que pastaban tiernamente en el empinado valle de Cabuérniga. A lo lejos, sobre el monte, desde las laderas del puerto de Palombera, se veía venir un tumulto de nubes, negras nubes, plomizas formaciones que asemejaban sucio algodón, nubes que presagiaban agua.
Ganado tudanco
Más lejos se adivinaba, entre la neblinosa atmósfera, una nubecilla, una desvaída pincelada, muy tenue, que ascendía hacia el cielo; se trataba del humo de la locomotora que arrastraba un rosario de vagonetas cargadas de chatarra y que iban a Bilbao, a los altos hornos, para ser consumida en un fuego infernal que transformaría esos retorcidos hierros en perfiladas toneladas de vigas y planchas de acero, en lineales escuadras extraordinariamente pulidas, exageradamente rectas, amilagradas, monótonas en su pulcra infinitud. Dentro de muy poco se oiría el silabeante ¡chu, chu, chu ...! de los émbolos y bielas acompasados por el resoplar casi agónico de la caldera del monstruo mecánico, como un bufido infernal que vendría a descomponer la paz de aquel paraje inocente y primitivo. El tren pasaría de largo, a lo lejos: jamás llegaría allí.
La aldea de Bárcena la Mayor la verían enseguida, cuando superasen la barda del huerto en el seto que bordea el Saja; el paisaje era delicioso, con una frondosa vegetación de hayas, robles y abedules; a veces se veían animales de cuento de hadas: osos pardos, lobos, venados y jabalíes que alteraban, por un momento, el latir impetuoso de Larita, hasta que, por sí misma, alcanzaba un equilibrio arterial que la identificaba con aquel maravilloso entorno natural.
Río Saja
La casa estaba ya muy cerca y Chavi le dijo a Larita: Anda, date prisa, que se nos echa encima la tormenta. - El lubricán había terminado por expulsar la última rayola, y la noche esperaba, impaciente, su definitiva aparición. Ellos llegarían al caserío antes que la oscuridad lo penetrase todo. Iban por el camino sorteando los relejes.
Cuando llegaron comenzaba a orvallar.
El caserío estaba orientado al mediodía, flanqueado por salientes muros; el edificio se alzaba en dos plantas y tenía traza rectangular y tejado a dos aguas que facilitaba la salida de las de lluvia. Parte del hastial y el alero inmediato superior estaban abrazados por una monumental hiedra, sabe Dios desde cuándo. El caserío se veía protegido por un castañal que bajaba desde la ladera del montecillo aledaño y que servía de incomparable entorno al vetusto edificio.
Con esa limpieza de corazón que es exclusivo patrimonio de los niños, los dos rapaciños entraron agitados y barafustando en la casona, alegres y confiados, donde Eulalia, el ama que a ambos había criado con mucho amor, les esperaba ansiosa; Eulalia repartió besos; y con un no mal disimulado genio y sus parleros ojos, les urgió a sentarse a la mesa de nogal que ocupaba gran parte de la cocina fogón de aquel caserío montañés. Sobre el lecho de la chimenea los trébedes sostenían el caldero de la sopa y las escudillas de carne, que así conservaban el calorcillo del último hervor del hogar. Pronto llegaría don Anselmo, el patriarca de la familia que era el abuelo de Larita y de Chavi y que en sus ratos libres se dedicaba al estudio de las aves de corral en su variante de gallos de pelea.
La casona
Cuando apareció don Anselmo, los niños, lavadas las manos, ya estaban sentados, cada uno en su correspondiente taburete; Larita plegaba con habilidad su servilleta, logrando que cada doblez aparentase la fisonomía de algún animal del campo: unas veces un conejo, otras un ganso y también conseguía la surrealista línea de un perro, al que ella, con su fina voz, ponía el gañido y Chavi contestaba gruñendo también; entre los dos se compenetraban y eran capaces, en un momento, de improvisar un pequeño escenario con las pocas cosas que a la mano tenían en aquel enorme caserío. Su imaginación era sobrada para colorear cualquier idea que se les ocurriese. Larita, sobre todo, poseía unas cualidades plásticas de interpretación que sorprendían a los mayores; su variada paleta de registros interpretativos no conocía límites.
Esperaron a que el abuelo se sentara en el vetusto sillón de madera tallada situado en la cabecera de la mesa, donde el abuelo presidía. Aquel sillón procedía del camarote de un barco de la Armada española; barco donde un antepasado, ilustre marino de la flota española que había reconstruido un ministro de Carlos III, había desempeñado el mando con el grado de capitán. Cuando desguazaron el navío, el sillón acabó en el caserío y allí permanecía desde entonces.
- ¡Mecachis, abuelo! Hoy hemos visto una osera y el oso no estaba por allí; ¿estaría durmiendo? – Comentó Larita a su abuelo, a la vez que, nerviosa, trataba de allegar la cuchara, rasada en sopa, hasta su boca.
- Sí, hija, es invierno todavía y hasta San José, estos animales no despiertan. – Respondió don Anselmo con talante algo didáctico.
- Yo sí he visto sus huellas, abuelo - afirmó impetuoso Chavi - eran enormes y se ve que el animal andaba cansino, pues el rastro mostraba unas muy cerca de las otras.
- Esas huellas estarán allí desde septiembre; y estarán secas, seguramente; muy secas. – Contestó el abuelo dirigiéndose al rapaz.
- Bueno, pues cuando se despierte el oso, yo quiero que me lleves a la madriguera para verlo salir. ¿Lo harás, abuelo? – Casi suplicó el crío.
- Ya veremos, pequeño, ya veremos – respondió lentamente don Anselmo, dando por zanjada aquella cuestión del oso con los dos niños.
- ¡Mecachis! – exclamó Larita.
Como cada noche, el ama Eulalia, terminada la cena, recogería todos los apechusques de la mesa, los platos de blanca loza y las porosas alcarrazas, los cubiertos, los de Larita y Chavi grabados en las empuñaduras con sus nombres; fregaría todo en la herrada de roble y colocaría sobre el bargueño cada pieza, no sin antes repasar, ya sentada, sobre su halda, con un blanco e inmaculado paño cada pieza, secándola con esmero.
Después de esta cotidiana tarea, el ama Eulalia tomaría amorosamente a los niños y con arrumacos y mimos los llevaría a dormir; la estancia estaba situada en una de las dependencias del piso superior. Los dos niños dormían juntos, cada uno en su cama; aunque a veces, sobre todo cuando había tormenta y el ruido del mar casi se notaba en el valle, se acurrucaban en el mismo lecho, abrazándose, muertos de miedo, y rezando sin parar hasta que el sueño les vencía.
Pero antes se producía el momento más encantador de la jornada; cada anochecer, ya cada uno de los niños en su lecho, el ama Eulalia contaría uno de sus maravillosos cuentos que haría las delicias de ambos. Si algún día el ama Eulalia, por enfermedad o por ausencia, no estaba allí para contar esas maravillosas historias, tanto Larita como Chavi quedaban como faltos de algo importante, tan importante como el aire que respiraban. Entonces tardaban en dormir y era cuando comenzaban a ver fantasmas y sombras amenazantes que les impulsaban a taparse la cabeza y escuchar, atentamente, el ulular del viento o las voces de los cárabos que vagarosos acechaban al topillo o al pequeño roedor o a la culebra despistada; y de mañana, el graznido del arrendajo que con su vocinglero y descompasado cante ponía una nota dolorosa en el corazón de los niños.
El claror del día les sorprendería casi en esa infatigable vigilia.
El ama Eulalia tomó asiento en el borde de la cama de Larita e inició el cuento que aquella noche le vino a la memoria.
***************
Iba un hombre por un camino del bosque, con su hatillo de leñador al hombro, cuando en mitad del sendero encontró a una serpiente amarrada a una estaca. Al principio se sobresaltó, pues pensó: Este animal está muerto o malherido. Se acercó y vio que respiraba, pues al tocarla suavemente en su fría piel, el animal se contrajo y ladeó el cuerpo, no sin cierta dificultad. La desató y la cuidó con cariño, dándole calor en su pecho. Reanimada la serpiente, siguió ésta detrás de su benefactor y llegado un momento, se le enroscó al cuerpo, apretándole terriblemente.
- Gritó el hombre: ¿Qué haces? ¿Por qué me devuelves mal por bien?
- Sigo mi naturaleza, respondió la serpiente.
- Me porté bien contigo salvándote – dijo el leñador – y me lo pagas haciéndome daño.
¡Mecachis! – exclamó Larita, tirando del embozo hasta taparse la cabeza.
A esto que apareció una raposa –prosiguió el ama Eulalia- y la llamaron para que juzgase lo que ocurría.
Entonces la zorra respondió: Soy incapaz de juzgar esto sólo de oídas; si no veo con mis ojos lo que decís que pasó, no puedo opinar nada.
Chavi dejó escapar un prolongado bostezo. El ama Eulalia, ante esa muestra de cansancio del niño, tomó aliento y con rapidez comenzó a dar fin al relato.
Continuando dijo - Ataron de nuevo a la serpiente, como estaba cuando el hombre la halló, y habló la zorra:
- Ahora, serpiente, márchate si puedes; y tú, leñador, no te esfuerces en liberar de sus ligas a las serpientes. ¿Acaso no sabes que a quien descuelga un peso le cae sobre la cabeza? – Dicho esto, la zorra, con mucha majestad, emprendió su camino, sacudiendo del cuerpo el tamo evanescente que flotaba en la atmósfera, procedente de una cercana era y que se había depositado sobre su espinazo; conforme emprendía el camino, dejó su huella al borde de una mata de hinojo rociándola con su penetrante orín.
Y esta es, mis niños, la historia del leñador bueno y la serpiente desagradecida. Ahora dormiréis hasta mañana y pensaréis en esto que os digo:
“Si alguna vez estáis agobiados por una preocupación y os podéis liberar fácilmente de ella, no esperéis, porque mientras esperáis, os veréis más agobiados aún.”[1]
Chavi se había dormido. Larita se rebulló entre las sábanas.
Diciendo esto, con sigilo, el ama Eulalia posó el matacandelas sobre el pabilo y apagó la vela; un hilillo de perfumado humo ascendió hasta el cielo de la habitación.
Al entrecerrar la puerta, Larita y Chavi dormían con placidez angelical.




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