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viernes, 6 de diciembre de 2013

X - ODISEA


Se cuenta que la ninfa Calipso, cautivada
Por amor a un mortal,
Retuvo al héroe, que a ello se negaba.

(Amores, Ovidio)

Durante los últimos siete años he podido recorrer el mundo. Con mi cámara al hombro, una mochila y mi entereza, he llegado a lugares inimaginables; he visto cosas sorprendentes; he conocido personas, modos de vida insólitos para mí. Y, además, he sido feliz.

He estado en Durban y, desde allí he recorrido, a pie unas veces, navegando otras, gran parte de la costa sureste africana hasta el Cabo Tormentoso: Illovo Beach, la Reserva Natural de Mkambati, Port Elizabeth, el maravilloso cabo de las Agujas, la Bahía Walter y la Bahía False, hasta Cape Point. Presencié la bravía embestida de las aguas del Índico en Catedral Rock: parecía el fin del mundo. Traté de asimilar todo lo que veía; me era imposible; sería como poder descifrar, nota a nota, una melodía frenética de jazz. Llegué a ver tiburones blancos, delfines mulares que acorralaban bancos enormes de sardinas, de millones de sardinas, envolviéndolas primero; engulléndolas por miles después, hasta dejar expedito el mar.

También he estado en Fujinomiya, cerca del monte Fuji, en Japón, donde se celebra la fiesta del Gojinka y los hombres portan un altar llameante para venerar al volcán. Desde la Bahía Suruga, a veinticuatro kilómetros del monte, la contemplación del imponente macizo es extraordinaria, majestuosa. Los sintoístas consideran que las maravillas naturales, como el Fuji, son morada divina y merecen veneración; pero no se confunden, no consideran la veneración como la adoración a una deidad; en eso nos sobrepasan a nosotros, herederos de una paganía indoeuropea desde los siglos homéricos. Para los japoneses, el Fuji-Yama es un orgullo. Para nosotros, todo lo que queda de esa paganía griega es el Vaticano y lo que ello representa: una mezcla retorcida entre las creencias caldeas del bien y del mal y las absolutistas posturas hebraicas de los tiempos decadentes de la incipiente Roma Imperial, ya desde su nacimiento corrompida. El poeta Shinpei Kusano dice: “Me gustaría oír al Fuji pronunciar una palabra… en el idioma de los hombres”. Eso, nosotros, a diferencia de los sintoístas japoneses, sí lo tenemos: el Vaticano habla; y lo hace en el idioma de los hombres, desde hace dos mil años; y no ha dejado de hacerlo durante todo ese tiempo, adaptándose en cada momento al unísono tono que el hombre quiere oír. En tiempos del gran Inocencio III, la guerra contra el Islam, por intereses descaradamente económicos, era bendecida desde el Vaticano. En nuestro siglo, la guerra contra el Islam, también por intereses descaradamente económicos y otros menos confesables, es rechazada y condenada por el Vaticano, ese mismo objeto de veneración que lo fue en el siglo XI. Según sople el viento, así nuestro Fuji habla.

En otra ocasión y lugar observé, pasmada, el vuelo majestuoso de las águilas calvas de Alaska, desde Homer Spit, hasta los montes Kenai. Estos animales de casi dos metros de envergadura, dominan los cielos de esa parte del mundo; son predadoras, arrogantes y peleonas: son libres y orgullosas, como mi ser.

Me he bañado en Praia do Forte, en Salvador, capital de Bahía, sorteando piedras y ostiones cortantes, dejando pasar sin perturbarlas, las tortugas marinas que vivaquean allí. Mi cuerpo se sacudió la plomiza costra de lógica que arrastraba desde la gran ciudad, desde el gran centro económico y mercantil de donde venía. Quedé asombrada con la contemplación de la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe (siglo XVIII), en medio de una inmensa plantación de azúcar, cerca de Cachoeira. Mis ensoñaciones quedaron raquíticas al contemplar el Morro de Sao Paulo, la bulliciosa Itaparica, la frenética Candelas, y la abigarrada población trajinante de Sao Sebastiao do Passé y Cachoeira, todas en el Recôncavo, cuna de la moderna civilización brasileña y emporio de la mayor riqueza concentrada en pocas manos; todavía negros, muchos negros, descendientes de los tres millones que allí llegaron como esclavos entre los siglos XVII y XIX, seis veces más que en los utilitaristas EEUU de comienzos del XIX, a pesar de la historia, de la guerra fratricida y del recuerdo, que al final no es más que política e intereses manipulados con extraordinaria habilidad. Riqueza, sí; y pobreza para dar y tomar.

Por eso no es de extrañar en ese lugar de la Tierra la proliferación de acordes beneficios posibles en la otra vida; de la retahíla de espiritualidades que allí prosperan desde que los esclavos azotados en la picota de Pelourihno no veían el sol más que en los lomos de sus ensangrentadas espaldas, traídos como bestias desde el corazón de África, con sus cuerpos tan sólo, lacerados, anillados como bueyes, mas con sus creencias en el corazón y la nostalgia en la piel, que, ahora, en el Brasil de Zweig y en las novelas de Jorge Amado se materializan en santos y truhanes, en el candomblé y los muertos que se zambullen en la vorágine del baile como espíritus trasnochados.

Y todo a ritmo de samba, en la Noite Beleza Negra con los Ilê Aiyê. Analfabetismo, miseria y música. Corrupción política y terratenientes estancieros. Racismo, sí, racismo feroz por matices de color en una parte del mundo donde el 80% de la población es negra.

Yo, mujer casi adolescente, pasé por allí y estuve en la Isla de Tinharé la noche de Fin de Año, ataviada con ropa blanca, la ropa del candomblé, ofrendando a Yemanjá frutos exóticos con la esperanza puesta en el futuro, ante el mar rumoroso que trajo la miseria acá y que en mi soledad pedí me llevase a la salvación algún día; a pesar de estas gentes que sufren y pasan por este lugar del mundo sin que nadie les explique por qué ni cómo están allí y de ese modo.

Pero el viaje más sorprendente y aleccionador de los muchos que hice fue a China; la China comunista de Mao, de Lao Tse, de Confucio y de Tao; del Yin y de los perros asados, del mijo reconfortante en la tripa de lo niños pequeños y del Tai Shi madrugador, cada día, en cada habitante, en cada inocencia que quiere encontrarse consigo misma. Mi recorrido fue variopinto y participé en todo aquel acontecimiento que ellos, un pueblo acogedor, tuvieron a bien concederme.

En Laoying hay viviendas adosadas a la Gran Muralla China que vi por fuera y por dentro, acogedoras; casas que tienen paredes de seis metros de grosor, donde los habitantes son felices y a la vez mantienen la cercanía a los campos donde cultivan su grano.

Los funerales en China duran varios días. Siempre hay alguien que sonríe. Se monta todo un festejo y se contratan actores que llevan a cabo representaciones a las que los chinos son tan aficionados. Los funerales son ocasión para celebrar transacciones comerciales de todo tipo: selección de un cónyuge, elección de la sepultura, construcción de vivienda, curación de raras enfermedades, localización de explotaciones mineras, remolque de camiones, etc. Todo esto se hace en plena realización del “feng shui” considerado por las autoridades comunistas como una superstición decadente, pero permisiva. Existe la creencia de que los muertos que se entierran en las proximidades de la Gran Muralla tendrán descendientes ricos que accederán a relevantes posiciones civiles, militares o políticas.

Desde Simatai, próxima a la desembocadura del Yalu que hace frontera con la vecina Corea del Norte, hasta Jiayuguan, en la cara septentrional de los Montes Negros, discurre la muralla de los Ming (1368-1644). Badaling, Juyongguam, Beijing (Pekín), Ninglu, Youyu, Xinrong, Pinglu, Laoying, Yinchuan, Wuwei, grandes ciudades imperiales, quedaban protegidas de los invasores del norte por esa arteria monumental.

Sin embargo, esta muralla de los Ming no es la más antigua de China; ni tampoco tenía el cometido de otras anteriores aunque por la inercia de la costumbre, su construcción obedeciera a la misma inquietud; se trataba de una defensa frente a los pueblos nórdicos, los mongoles, que si todavía tenían una relativa fuerza en el período de la construcción, no era ni con mucho el potencial devastador y letal que en siglos anteriores habían poseído.

Hay otros restos mucho más antiguos que llegan a superponerse en algunos tramos del trazado. Desde Pyongyang, en Corea del Norte, y hasta la Puerta de Jade, por donde se decía adiós a la Ruta de la Seda, más al norte que la muralla de los Ming, discurren trozos antiquísimos: de los primitivos combatientes del siglo V a.C., de la Dinastía Qin del siglo III a.C., de los Han que reinaron hasta el siglo III de nuestra Era.

Al norte de Baotou, Datong y Pekín, existen otros restos que datan del siglo IV, de la dinastía Wei y de otras dinastías posteriores.

Así pude constatar que no existe una Gran Muralla China sino varias; y que no todas siguen una misma línea. Incluso alguna de esas murallas se desvía del perímetro más o menos definido del corazón del Imperio –Pekín y Datong-, sino que se adentra, como una lanza, en el interior de Mongolia que hace pensar en la expansión imperialista de la colonización china hacia el norte, atravesando sin paliativos el borde más oriental del desierto de Gobi.

Torres vigía y tramos de muralla que se prolongan decenas de kilómetros y pueblos encerrados en fortalezas de altos muros. La Gran Muralla sirvió, por lo que se ve, de correa de transmisión para el progreso.

Hoy, la Gran Muralla se ha convertido en una inmensa fuente de ingresos, siguiendo la famosa proclama de Deng Xiaoping que se aplicó con acierto en este caso: “Amemos a China, restauremos la Gran Muralla”.

La Gran Muralla relata una epopeya natural que surca el paisaje y la historia de China.


En Subei me detuvieron. Subei está prohibida a los extranjeros. Me hicieron rellenar un formulario y me impusieron una sanción equivalente a 12 € que pagué en la estafeta de correos más próxima. Allí, los guardias no cobran las multas; temen la sospecha de cohecho y corrupción.

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