Se cuenta que la ninfa Calipso, cautivada
Por
amor a un mortal,
Retuvo
al héroe, que a ello se negaba.
(Amores, Ovidio)
Durante los últimos siete años he podido
recorrer el mundo. Con mi cámara al hombro, una mochila y mi entereza, he
llegado a lugares inimaginables; he visto cosas sorprendentes; he conocido
personas, modos de vida insólitos para mí. Y, además, he sido feliz.
He estado en Durban y, desde allí he
recorrido, a pie unas veces, navegando otras, gran parte de la costa sureste
africana hasta el Cabo Tormentoso: Illovo Beach, la Reserva Natural de
Mkambati, Port Elizabeth, el maravilloso cabo de las Agujas, la Bahía Walter y
la Bahía False, hasta Cape Point. Presencié la bravía embestida de las aguas
del Índico en Catedral Rock: parecía el fin del mundo. Traté de asimilar todo
lo que veía; me era imposible; sería como poder descifrar, nota a nota, una
melodía frenética de jazz. Llegué a ver tiburones blancos, delfines mulares que
acorralaban bancos enormes de sardinas, de millones de sardinas, envolviéndolas
primero; engulléndolas por miles después, hasta dejar expedito el mar.
También he estado en Fujinomiya, cerca del
monte Fuji, en Japón, donde se celebra la fiesta del Gojinka y los hombres
portan un altar llameante para venerar al volcán. Desde la Bahía Suruga, a
veinticuatro kilómetros del monte, la contemplación del imponente macizo es
extraordinaria, majestuosa. Los sintoístas consideran que las maravillas
naturales, como el Fuji, son morada divina y merecen veneración; pero no se
confunden, no consideran la veneración como la adoración a una deidad; en eso
nos sobrepasan a nosotros, herederos de una paganía indoeuropea desde los siglos
homéricos. Para los japoneses, el Fuji-Yama es un orgullo. Para nosotros, todo
lo que queda de esa paganía griega es el Vaticano y lo que ello representa: una
mezcla retorcida entre las creencias caldeas del bien y del mal y las
absolutistas posturas hebraicas de los tiempos decadentes de la incipiente Roma
Imperial, ya desde su nacimiento corrompida. El poeta Shinpei Kusano dice: “Me
gustaría oír al Fuji pronunciar una palabra… en el idioma de los hombres”. Eso,
nosotros, a diferencia de los sintoístas japoneses, sí lo tenemos: el Vaticano
habla; y lo hace en el idioma de los hombres, desde hace dos mil años; y no ha
dejado de hacerlo durante todo ese tiempo, adaptándose en cada momento al
unísono tono que el hombre quiere oír. En tiempos del gran Inocencio III, la
guerra contra el Islam, por intereses descaradamente económicos, era bendecida
desde el Vaticano. En nuestro siglo, la guerra contra el Islam, también por
intereses descaradamente económicos y otros menos confesables, es rechazada y
condenada por el Vaticano, ese mismo objeto de veneración que lo fue en el
siglo XI. Según sople el viento, así nuestro Fuji habla.
En otra ocasión y lugar observé, pasmada,
el vuelo majestuoso de las águilas calvas de Alaska, desde Homer Spit, hasta
los montes Kenai. Estos animales de casi dos metros de envergadura, dominan los
cielos de esa parte del mundo; son predadoras, arrogantes y peleonas: son
libres y orgullosas, como mi ser.
Me he bañado en Praia do Forte, en
Salvador, capital de Bahía, sorteando piedras y ostiones cortantes, dejando
pasar sin perturbarlas, las tortugas marinas que vivaquean allí. Mi cuerpo se
sacudió la plomiza costra de lógica que arrastraba desde la gran ciudad, desde
el gran centro económico y mercantil de donde venía. Quedé asombrada con la
contemplación de la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe (siglo XVIII), en
medio de una inmensa plantación de azúcar, cerca de Cachoeira. Mis ensoñaciones
quedaron raquíticas al contemplar el Morro de Sao Paulo, la bulliciosa
Itaparica, la frenética Candelas, y la abigarrada población trajinante de Sao
Sebastiao do Passé y Cachoeira, todas en el Recôncavo, cuna de la moderna
civilización brasileña y emporio de la mayor riqueza concentrada en pocas
manos; todavía negros, muchos negros, descendientes de los tres millones que
allí llegaron como esclavos entre los siglos XVII y XIX, seis veces más que en
los utilitaristas EEUU de comienzos del XIX, a pesar de la historia, de la
guerra fratricida y del recuerdo, que al final no es más que política e intereses
manipulados con extraordinaria habilidad. Riqueza, sí; y pobreza para dar y
tomar.
Por eso no es de extrañar en ese lugar de
la Tierra la proliferación de acordes beneficios posibles en la otra vida; de
la retahíla de espiritualidades que allí prosperan desde que los esclavos
azotados en la picota de Pelourihno no veían el sol más que en los lomos de sus
ensangrentadas espaldas, traídos como bestias desde el corazón de África, con
sus cuerpos tan sólo, lacerados, anillados como bueyes, mas con sus creencias
en el corazón y la nostalgia en la piel, que, ahora, en el Brasil de Zweig y en
las novelas de Jorge Amado se materializan en santos y truhanes, en el
candomblé y los muertos que se zambullen en la vorágine del baile como
espíritus trasnochados.
Y todo a ritmo de samba, en la Noite Beleza
Negra con los Ilê Aiyê. Analfabetismo, miseria y música. Corrupción política y
terratenientes estancieros. Racismo, sí, racismo feroz por matices de color en
una parte del mundo donde el 80% de la población es negra.
Yo, mujer casi adolescente, pasé por allí y
estuve en la Isla de Tinharé la noche de Fin de Año, ataviada con ropa blanca,
la ropa del candomblé, ofrendando a Yemanjá frutos exóticos con la esperanza
puesta en el futuro, ante el mar rumoroso que trajo la miseria acá y que en mi
soledad pedí me llevase a la salvación algún día; a pesar de estas gentes que
sufren y pasan por este lugar del mundo sin que nadie les explique por qué ni
cómo están allí y de ese modo.
Pero el viaje más sorprendente y
aleccionador de los muchos que hice fue a China; la China comunista de Mao, de
Lao Tse, de Confucio y de Tao; del Yin y de los perros asados, del mijo
reconfortante en la tripa de lo niños pequeños y del Tai Shi madrugador, cada
día, en cada habitante, en cada inocencia que quiere encontrarse consigo misma.
Mi recorrido fue variopinto y participé en todo aquel acontecimiento que ellos,
un pueblo acogedor, tuvieron a bien concederme.
En Laoying hay viviendas adosadas a la Gran
Muralla China que vi por fuera y por dentro, acogedoras; casas que tienen
paredes de seis metros de grosor, donde los habitantes son felices y a la vez
mantienen la cercanía a los campos donde cultivan su grano.
Los funerales en China duran varios días.
Siempre hay alguien que sonríe. Se monta todo un festejo y se contratan actores
que llevan a cabo representaciones a las que los chinos son tan aficionados.
Los funerales son ocasión para celebrar transacciones comerciales de todo tipo:
selección de un cónyuge, elección de la sepultura, construcción de vivienda,
curación de raras enfermedades, localización de explotaciones mineras, remolque
de camiones, etc. Todo esto se hace en plena realización del “feng shui”
considerado por las autoridades comunistas como una superstición decadente,
pero permisiva. Existe la creencia de que los muertos que se entierran en las
proximidades de la Gran Muralla tendrán descendientes ricos que accederán a
relevantes posiciones civiles, militares o políticas.
Desde Simatai, próxima a la desembocadura
del Yalu que hace frontera con la vecina Corea del Norte, hasta Jiayuguan, en
la cara septentrional de los Montes Negros, discurre la muralla de los Ming
(1368-1644). Badaling, Juyongguam, Beijing (Pekín), Ninglu, Youyu, Xinrong,
Pinglu, Laoying, Yinchuan, Wuwei, grandes ciudades imperiales, quedaban
protegidas de los invasores del norte por esa arteria monumental.
Sin embargo, esta muralla de los Ming no es
la más antigua de China; ni tampoco tenía el cometido de otras anteriores
aunque por la inercia de la costumbre, su construcción obedeciera a la misma
inquietud; se trataba de una defensa frente a los pueblos nórdicos, los
mongoles, que si todavía tenían una relativa fuerza en el período de la
construcción, no era ni con mucho el potencial devastador y letal que en siglos
anteriores habían poseído.
Hay otros restos mucho más antiguos que
llegan a superponerse en algunos tramos del trazado. Desde Pyongyang, en Corea
del Norte, y hasta la Puerta de Jade, por donde se decía adiós a la Ruta de la
Seda, más al norte que la muralla de los Ming, discurren trozos antiquísimos:
de los primitivos combatientes del siglo V a.C., de la Dinastía Qin del siglo
III a.C., de los Han que reinaron hasta el siglo III de nuestra Era.
Al norte de Baotou, Datong y Pekín, existen
otros restos que datan del siglo IV, de la dinastía Wei y de otras dinastías
posteriores.
Así pude constatar que no existe una Gran
Muralla China sino varias; y que no todas siguen una misma línea. Incluso
alguna de esas murallas se desvía del perímetro más o menos definido del
corazón del Imperio –Pekín y Datong-, sino que se adentra, como una lanza, en
el interior de Mongolia que hace pensar en la expansión imperialista de la
colonización china hacia el norte, atravesando sin paliativos el borde más
oriental del desierto de Gobi.
Torres vigía y tramos de muralla que se
prolongan decenas de kilómetros y pueblos encerrados en fortalezas de altos
muros. La Gran Muralla sirvió, por lo que se ve, de correa de transmisión para
el progreso.
Hoy, la Gran Muralla se ha convertido en una
inmensa fuente de ingresos, siguiendo la famosa proclama de Deng Xiaoping que
se aplicó con acierto en este caso: “Amemos a China, restauremos la Gran
Muralla”.
La Gran Muralla relata una epopeya natural
que surca el paisaje y la historia de China.
En Subei me detuvieron. Subei está
prohibida a los extranjeros. Me hicieron rellenar un formulario y me impusieron
una sanción equivalente a 12 € que pagué en la estafeta de correos más próxima.
Allí, los guardias no cobran las multas; temen la sospecha de cohecho y
corrupción.

No hay comentarios:
Publicar un comentario