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viernes, 6 de diciembre de 2013

IX - NO TODO SE HA DE CALLAR NI TODO SE HA DE HABLAR


¿Y qué voy a contar de las promesas
piadosas que asustada hizo por ti
mi amada, unas promesas que arrastró
el proceloso Noto por el mar?

(Amores, Ovidio)

Fueron días placenteros, de esos que en las montañas cántabras transcurren apacibles; sin severos vientos, sin lluvias pertinaces, sin aromas primaverales que portan, irremediables, los pólenes dañinos por muy resistente que se sea a ellos; y provocan ansiedades que conturban el espíritu.

El verano pasó pronto; y, casi sin darse cuenta, Lara estaba otra vez en Madrid, alojada en un piso de alquiler que compartía con dos chicas que había conocido en los primeros días que estuvo en la capital para comenzar sus estudios en la Escuela de Ingenieros.

De estas dos chicas, una se llamaba Isabel y no pasó de ser una excelente compañera de habitación; la otra, que respondía por Kate, iba a representar un papel importante en la vida de Lara Rolán.

Kate era hija de padre español y madre inglesa. No estudiaba Agrónomos, como Isabel y Lara, sino Arquitectura. Isabel y Kate habían expuesto en farolas de la calle y tablones de anuncio de todas las facultades y escuelas de la Ciudad Universitaria, un reclamo buscando una compañera para compartir piso. Lara anotó el número de teléfono de contacto y así fue como llegaron a entablar la relación que, de momento, solucionaba el problema del alojamiento en la ciudad; esa inmediatez de alojamiento se convirtió en total solución para los años venideros. La relación se mantuvo a lo largo de toda la carrera, unos seis años; y, además, en el caso de Kate prosiguió después, ya que Lara y Kate alcanzaron una gran afinidad que las mantuvo unidas en la amistad durante muchos años.

A lo largo de aquellos seis años Lara apencó con voluntad para ir sacando, año tras año, todos los cursos de la carrera; su expediente académico, sin ser extraordinario, sí podría pasar por notable. No suspendió asignaturas jamás, aunque sí debió organizarse con habilidad para repartir, entre las dos convocatorias oficiales, la de junio y la de septiembre, la carga de exámenes que le conseguirían los pases sin rémoras para el próximo curso.

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Anoche fui a la zona de Chamberí, en Santísima Trinidad y participé en un coloquio acerca de la Biblia, dirigido por un rabino de la Comunidad Judía de Madrid. ¡Uf, qué comida de coco!
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Mis ensoñaciones me han llevado a despistarme en los estudios este trimestre. Nunca debí dejarme llevar por la holgazanería de esos “progres” que fuman porros y consideran benefactor el alardear de innovadores. ¡Innovadores! ¿De qué?

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Mis esfuerzos con el inglés me han permitido conocer, por primera vez, la maravillosa obra del más genial dramaturgo de todos los tiempos: To be or not to be, there am the question there! I have seen thee in her, and I do adore thee! I’ll kiss thy foot. I’ll swear myself thy subject!

¡Cuánta imaginación derrochada!

Lejos de precipitarme en la vorágine del teatro, me he planteado una estrategia que pasa por incorporar para mi acervo cultural algunas sugerentes veleidades de los más clásicos autores de nuestra cultura occidental.

En otras palabras, me he propuesto confeccionar un canon; mi canon particular que me haga digerir tras el goce de la lectura la verdadera naturaleza del placer de leer y al tiempo, adquirir un soporte estético imprescindible. Dicho programa recorrerá las vías por donde transcurren las obras de la antigua Grecia, pasando por Roma y la imprescindible Edad Media europea , árabe y de otras lenguas;  después habrá que saborear la picardía hecha arte, de un salto, con El Lazarillo y la incuestionable Celestina; confundirse en Cervantes y mamar sus reflexiones en el contrapunto dialéctico materialista de Sancho y la esquizofrenia doctrinal y lógica de su señor don Quijote; habrá que dar algún paseo por Calderón y Lope y no olvidar a Moliere ni a Marlowe ni al arriscado Ben Jonson para conocer la perversidad: Segismundo, el avaro y sobre todo la figura del personaje Barrabás, que llega a proclamar: “Acostumbro a rondar al caer la noche: si no mato a un enfermo lacerado, inficiono los pozos con veneno” (El judío de Malta); para terminar, absolutamente inmersa en Shakespeare, que es la vida misma, que también tiene su Aarón y sus figuras fuera de la norma: judíos, moros y dislocados. Todos dispuestos a cometer más males, conscientes de sus actos y por propia iniciativa:

Aún ahora maldigo cada día (aunque entiendo
Que van a ser muy pocos los días afectados)
En que no haya causado algún daño conspicuo,
Como matar a un hombre o planear su muerte;
Violar a una doncella, o tramar cómo hacerlo:
Acusar a inocentes cometiendo perjurio;

(Tito Andrónico)

Sweet love, renew thy force, be it not said,
Thy edge should blunter be than appetite,
Which but to-day by feeding is allay’d,
To-morrow sharpen’d in his former might:

So, love, be thou; ...[1]

A partir de Shakespeare, concentrar todo en torno a él y arribar a las deliciosas costas borgianas, al inconmensurable mundo de James, a las pastorizas ciénagas de García Márquez; dejarse sofocar por el resplandor social de Tolstoi y seguir las freudianas andanzas de Ibsen en su Peer Gynt, amoral, loco, soberbio y nada:

¿No es verdad? ¡Mira! ¡Salto como
un cabritilllo! Si hubiera pámpanos por
estos contornos, me haría una corona.
¡Ya lo creo que soy joven! ¡Ah! quiero
bailar

Cualquier personaje posterior o anterior a Shakespeare está contenido en cualquiera de los personajes indómitos y poderosos que andan por entre las obras del bardo.

Así, mi canon ideal comprendería lo siguiente.

Del mundo antiguo, Gilgamesh, la Biblia y el Ramayana.

De los antiguos griegos, Homero (Ilíada y Odisea), Hesíodo (Los trabajos y los días); las Odas de Píndaro; y de Esquilo La Orestiada, Los Siete contra Tebas, Prometeo encadenado, Los Persas y Las suplicantes [¡Dios, cuántos dolores penetran en mi pecho!]; Sófocles (Edipo Rey, Edipo en Colono, Antígona, Electra, Áyax, Las Traquinias y Filoctetes); Eurípides (El cíclope, Hércules, Alcestis, Hécuba, Las bacantes, Orestes, Andrómana, Medea, Ión, Hipólito, Helena e Ifigenia en Aulis); de Aristófanes, Los pájaros, Las nubes, Las ranas, Lisístrata, Los caballeros, Las avispas y Las asambleístas; Herodoto y sus Nueve libros de la Historia, Tucídides y sus persas; Platón y sus Diálogos sobre todo El banquete, y La poética y la Ética de Aristóteles.

De la época helenística, Menandro (La muchacha de Samos); Longinos (De lo sublime); Calímaco (Himnos y epigramas); Teócrito (Idilios); Plutarco y sus Vidas paralelas, las Fábulas de Esopo y las Sátiras de Luciano. El Evangelio de San Marcos.

De los romanos, dejarse arrastrar por entre los rápidos que conducen las animosas obras de Plauto [Animus defit. Mi alma huye por mis ojos.] (Pseudolus, Miles gloriosus, Rudens y Amphitruo); y atravesar los arroyos por donde serpentean las comedias de Terencio [Oratio haec me miseram exanimavit metu!] (Andria, El eunuco y La suegra); Lucrecio, Cicerón (La naturaleza de los dioses); Horacio, Catulo (Poemas); el gran Virgilio con su inconmensurable Eneida que por sí sola abarca una y otra vez la vida, el tiempo y la esperanza de todo ser humano, basado en el honor y la fortaleza del hombre frente a la brutalidad y la sinrazón, a la envidia y la maldad; la Farsalia de Luciano, las Metamorfosis de Ovidio y su Arte de amar sin olvidar las humanísimas Heroidas; las Sátiras de Juvenal, los Epigramas de Marcial, las tragedias de Séneca, el Satiricón de Petronio y El asno de oro de Apuleyo.

De la Edad Media latina, árabe y otras lenguas vernáculas, me quedaría con La ciudad de Dios y Las confesiones de San Agustín; y sobre todo con El Corán, lectura fundamental y absolutamente desconocida para los occidentales; Las mil y una noches; La Edda en prosa de Snorri Sturluson; Los nibelungos; Parsifal de Wólfram von Eschenbach y El caballero del león de Chrétien de Troyes; el Poema de Mío Cid y la Cárcel de amor de Diego de San Pedro.

Del Renacimiento, incluido sus albores, estas serían las obras y los autores que completarían mi canon.

Dante (Divina comedia); Petrarca (Poemas líricos); Bocaccio (Decamerón); Maquiavelo (El príncipe y La mandrágora); Torcuato Tasso (La Jerusalén liberada); Camôes (Los Lusíadas); Manrique (Coplas a la muerte de su padre); Fernando de Rojas (La Celestina); Quevedo (Los sueños y El Buscón); los poemas de San Juan de la Cruz y los más bellos de Sor Juana Inés de la Cruz; los Sonetos y Las Soledades de Góngora; el Quijote de Cervantes. De Lope (La Dorotea, Fuenteovejuna y El caballero de Olmedo); de Tirso (El burlador de Sevilla); de Calderón (La vida es sueño, El alcalde de Zalamea y El médico de su honra). El Lazarillo de Tormes, de autor anónimo y el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán.

De Inglaterra y Escocia me quedo con Chaucer (Cuentos de Canterbury y Troilo y Criseida); Tomás Moro y su Utopía; Sir Walter Raleigh y sus Poemas; Christopher Marlowe, sus Poemas y su obra lírica. Ben Jonson su teatro y sus mascaradas; Hobbes y su impresionante Leviatán; John Ford (Lástima que sea una puta); John Milton (El paraíso perdido, Lycidas, Comus y los poemas menores, así como Areopagitica); Samuel Butler (Hudibras); Jonathan Swift (El cuento de una barrica, Los viajes de Gulliver); Alexander Pope (Poemas); Gibbon (Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano); Maurice Morgann (Ensayo sobre el personaje dramático de Sir John Falstaff); Daniel Defoe (Moll Flanders, Robinsón Crusoe, Diario del año de la peste).

De Francia incluyo a Montaigne (Ensayos); Rabelais (Gargantúa y Pantagruel); Corneille (El Cid, Nicomedes, Horacio, Cinna y Rodoguna); La Fontaine (Fábulas); Moliere (El misántropo, Tartufo, Las mujeres sabias, Don Juan, La escuela de los maridos, Las preciosas ridículas, El avaro y El enfermo imaginario); Rousseau (Las confesiones, Emilio y La nueva Eloisa); Voltaire (Zadig, Cándido, Cartas sobre Inglaterra); Abate Prevost (Manon Lescaut); La Fayette (La princesa de Clèves); Diderot (El sobrino de Rameau).

De Alemania, Erasmo (Elogio de la locura); Goethe (Fausto, Egmont, Las afinidades selectivas, Viaje a Italia); Schiller (Los bandidos, María Estuardo, Wallenstein, Don Carlos); Lessing (Laocoonte, Nathan el sabio); Heinrich von Kleist (Relatos).

A partir de aquí, el canon se me complica. Es el momento de la ruptura violenta de la sociedad por el descabezamiento de las monarquías antiguas y la selectiva poda de todo lo que representaban; las herederas de la Edad Media; se produce el triunfo de la burguesía frente a la nobleza; y bajo la proclama de la libertad, la igualdad y la fraternidad, la plebe pica, una vez más; y atontada, eso sí, dejándola cometer algún que otro desmán, ayuda y coopera con los burgueses para la implantación del credo nuevo, que no es otro que uno idéntico al anterior, pero con otro ropaje: cambiase la empolvada peluca por el romántico atuendo de levitas y bombines; se quita al rey por la gracia de Dios y se pone a otro rey por la gracia de Dios y de los hombres, también, más la aceptación de los notables que representan a la plebe (la plebe sigue sin tener voz ni voto). Hay tal profusión de autores y obras, como no podía ser de otra manera, que me es difícil decidir cuál de esas pasaría por la canonización. Bajo las nuevas proclamas revolucionarias los escritores tratan de manifestar sus sentimientos e ideas. El aspecto social comienza a cobrar una importancia hasta entonces desconocida. Trataré de seleccionar lo mejor que he releído aun a riesgo de confundirme a mí misma.

Me quedo con Manzoni (Los novios); Bécquer (Rimas); Pérez Galdós (Fortunata y Jacinta y Los episodios nacionales); Leopoldo Alas (La Regenta y todos sus cuentos); Eça de Queirós (Los mayas).

Chateaubriand (Atala y René); Víctor Hugo (Los miserables, Nuestra Señora de París, William Shakespeare, El fin de Satán y Dios); Balzac (La piel de zapa, Papá Goriot, La prima Bette, Eugenia Grandet, Ursule Mirouet); Stendhal (Del amor, Rojo y negro y La Cartuja de Parma); Flaubert (Madame Bovary, Salambó, La educación sentimental); Paul Verlaine (Antología poética); Rimbaud, Guy de Maupassant, Zola (Germinal, La taberna, Nana); Ibsen (Brand, Peer Gynt, Hedda Gabler, Cuando nosotros los muertos despertemos); James Boswell (Vida de Jonson y Diarios); William Blake y Sir Walter Scott; Jane Austen (Orgullo y prejuicio, Emma, Mansfield Park, Persuasión); Coleridge; Lord Byron; Thomas De Quincey; John Keats; Charles Dickens (Los papeles póstumos del Club Pickwick, Oliver Twist, Historia de dos ciudades, Tiempos difíciles, Nicholas Nickleby, Grandes esperanzas, Cuento de Navidad, La pequeña Dorrit, El misterio de Edwin Drood); Carlyle; Ruskin; Edward FitzGerald (Las rubayatas de Omar Kheyam); John Stuart Mill (Sobre la libertad); Lewis Carroll (Alicia en el país de las maravillas); Charlotte Brontë (Jane Eyre); Emily Brontë (Cumbres borrascosas); William Makepeace Thackeray (La feria de las vanidades); Chesterton, Wilkie Collins, Oscar Wilde, George Eliot, Robert Louis Stevenson, Novalis, los hermanos Grimm, Heinrich Heine, Nietzsche (Más allá del bien y del mal, La genealogía de la moral, La voluntad de poder).

Los rusos, que tienen una enorme influencia en la literatura posterior americana, conforman un paquete grande; selecciono media docena, creo que lo más representativo e importante.

Alexander Pushkin, Nicolás Gogol, Iván Turguéniev, Fiodor Dostoievski (Crimen y castigo, El idiota, Los hermanos Karamazov), Tolstoi (Guerra y paz, Ana Karenina, Una confesión) y Chéjov (Cuentos).

De los americanos también hay que comenzar a contar con ellos. Al igual que con los rusos, haré una selección que dudo sea lo más canónico, pero que en mis lecturas me han dejado huella indeleble. Washington Irving, Fenimore Cooper, Emily Dickinson, Walt Whitman, Herman Melville, Edgar Allan Poe, Frederick Douglass, Henry James (Retrato de una dama, Las bostonianas, La edad del pavo, Los embajadores, La copa dorada), Mark Twain (Las aventuras de Huckleberry Finn), Frank Norris (El pulpo).

Este sería un esbozo de canon clásico. A partir de aquí, la actualidad de los siglos XX y XXI se transforma en un caos impresionante. Para mí, creo que no existe un canon verdadero todavía en este período, pues ninguno de los libros y escritores que podrían acceder al mismo, tienen la potencia que otros ya citados han poseído. Trataré de seleccionar meticulosamente.

De Italia: Luigi Pirandello (Cinco obras de teatro), D’Annunzio (Maia: Elogio de la vida), Giuseppe Tomasi de Lampedusa (El gatopardo), los poemas de Pasolini y de Cesare Pavese, y Las ciudades invisibles y Tiempo cero de Italo Calvino.

De España: Unamuno (Vida de don Quijote y Sancho); Antonio Machado (Campos de Castilla); Juan Ramón Jiménez (Platero y yo, La soledad sonora y Piedra y cielo); Valle Inclán (Tirano Banderas, Sonata de Otoño y Luces de Bohemia); Salinas, Guillén, Aleixandre, Lorca, Alberti y Cernuda (Ocnos); Miguel Hernández (Perito en lunas y El rayo que no cesa); Cela (La colmena); Delibes (Las ratas y El camino).

De Portugal: Fernando Pessoa (Libro del desasosiego) y Cardoso Pires (Balada de la playa de los perros).

De Francia: Marcel Proust (En busca del tiempo perdido); Paul Valery (Teoría poética y estética); Jean Paul Sartre (A puerta cerrada, La náusea y Las palabras); Camus (La peste, El extranjero y El mito de Sísifo); André Malraux (La condición humana); François Mauriac (Thérèse Desqueyroux, La mujer de los fariseos).

Gran Bretaña e Irlanda: G. Bernard Shaw (Pigmalión); Rudyard Kipling (Kim, Puck, de la colina de Pool, Relatos); Joseph Conrard (Lord Jim, Nostromo, Victoria, Bajo la mirada de occidente, El corazón de las tinieblas); Robert Graves, Somerset Maugham (La luna y seis peniques); Virginia Wolf (Mrs. Dalloway, Las olas, Entre actos); James Joice (Dublineses, Ulises); Aldous Huxley (Un mundo feliz); Lawrence Durrell (El cuarteto de Alejandría); Paul Muldoon (Antología poética); George Orwell (1984).

De Alemania: Rainer María Rilke (Sonetos a Orfeo); Kafka (América, Relatos completos); Bertolt Brecht (Galileo, Madre coraje y sus hijos); Thomas Mann (La montaña mágica); Hermann Hesse (El lobo estepario; El juego de los abalorios); Günter Grass (El tambor de hojalata, El rodaballo).

De Rusia: Boris Pasternak (El doctor Zhivago)

De Dinamarca: Isak Dinesen (Siete cuentos góticos y Cuentos de invierno).

De Grecia: Cavafis (Poesía completa).

De Hispanoamérica: Rubén Darío, Borges, Alejo Carpentier, Pablo Neruda, César Vallejo, José Donoso, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

De Estados Unidos: Gertrude Stein (Tres vidas, Ser americanos); Sinclair Lewis (Babbit); T.S. Elliot (Teatro, poesía y ensayos); F. Scott Fitzgerald (El gran Gatsby): William Faulkner (Santuario, Luz de agosto y Relatos completos); Ernest Hemingway (Adiós a las armas, Fiesta, El jardín del Edén); John Steinbeck (Las uvas de la ira); Paul Bowles (El cielo protector); Truman Capote (A sangre fría); Vladimir Nabokov (Lolita); Gore Vidal (Lincoln); Tennessee Williams (Un tranvía llamado deseo, Verano y humo); Tony Kushner (Ángeles en América).

De entre todos los citados y aquellos que aquí no están, a mi entender, el centro de gravedad es Shakespeare; y los vértices Dante, Virgilio, Cervantes y Homero.

Homero escribió de rodillas, adorando a sus héroes. De pie lo hizo Shakespeare, poniendo a los hombres y sus problemas ante él y resolviendo sus percances como pudo. En el aire escribió Cervantes idealizando a sus personajes hasta elevarlos por los aires. Y en éxtasis escribieron Virgilio y el Dante, extrayendo de los infiernos el ser del hombre y las miserias que le acompañan.

Dante es la herejía, llevada a cuestas con Beatriz; la desconfianza del hombre ante la incertidumbre de la vida y la ignorancia del más allá. Cervantes reproduce la ironía del ser humano y con audaz maestría nos hace a todos idénticos en la fealdad y en los vicios, en la riqueza y en la miseria, en la belleza y en la decrepitud. Homero representa la epopeya épica, el honor y la orfandad del hombre frente a los dioses todopoderosos, frente al mismo hombre y frente a los cataclismos del planeta; es la aceptación de la pequeñez ante un Olimpo desdeñoso y caprichoso que lo mismo aúpa al ser humano hasta el triunfo que lo hunde en el infierno. Y Virgilio plasma la sabiduría, la perfecta conjunción entre idea y logos, es la armonía hecha hemistiquio, al conducir acertadamente al peregrino por los infernales círculos dantescos.

Shakespeare, con sus nueve comedias, sus siete historias y sus diez tragedias, más el resto de obras hasta completar treinta y cinco, realiza un retrato de todos los tipos posibles humanos. Shakespeare es el escritor más vitalista de toda la literatura universal, el que mejor ha sabido acertar en la representación de la naturaleza, hasta el punto de poder afirmar que él, Shakespeare, nos ha creado en nuestros desgarros y alegrías, ha inventado la personalidad del hombre; o que nos advierte de lo que nos va a pasar. En Shakespeare estamos todos representados y hasta los personajes se representan a sí mismos, cada vez que actúan. Por eso Shakespeare es entendido en todas partes; por el mismo motivo su discurso no cansa sino todo lo contrario y cada vez que lo tenemos delante no precisamos pensar: Shakespeare y sus personajes piensan por nosotros.

Cuento de invierno, posiblemente la más original de las obras de Shakespeare, arrastra una carga psicológica extraordinaria, la del personaje Leontes, un Otelo que es a su vez su propio Yago.

Is this nothing?
Why then the world and all that’s in’t, is nothing,
The covering sky is nothing, Bohemia nothing,
My wife is nothing, nor nothing have these nothing,
If this be nothing.[2]

Tremendo desgarro del alma el de este Leontes que supera en su locura a Yago y a Edmundo y en la enfermedad de los celos al propio Otelo. Es misógino y a la vez nihilista, un peligroso cóctel que desemboca en tiranía:

Hermione is chaste; Polixenes blameless;
Camillo a true subject; Leontes a jealous tyrant; his innocent
Babe truly begotten; and the king shall live
Without an heir, if that which is lost be not found.[3]

Los celos sexuales y el nihilismo metafísico no son suficiente causa que explique la locura y tiranía de Leontes. Causa y efecto son ficciones, dice Nietzsche. Pero Shakespeare va más allá, y antes, que Nietzsche; y plantea la posibilidad como fruto de la nada; es decir, no como efecto sino como realidad irracional, pero cierta: donde no hay nada, todo es posible. El canto a las nadas del peligroso Leontes así lo pone de manifiesto.

Al final todo termina en nada, felizmente. Y así, de ese modo, como mejor cupiera a Freud, Cuento de invierno es una sesión de psiquiatría llevada a cabo dos siglos antes de su tiempo.

Y es tan cierto que al final de la obra, nadie pierde.

Y Leontes, asombrado, dice: si esto es magia, que sea un arte tan lícito como el comer.[4]
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¡Cuánto me gusta oír las rumiantes canciones de La Oreja de Van Goth! Fantasy, See Ya, Eternal Flame, It’s OK. Todo el cuerpo se adereza; mis soluciones mágicas se tornan evanescentes con esta música. Me olvido de todo, me dejo llevar. Suspiro y el alma se tranquiliza. El sofoco que a veces me produce el ajetreo de la vida desaparece.

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Y, mientras tanto, seguiré con mis aventuras fotográficas, con mis continuos viajes por el mundo, visitando países donde la vida se toca con las manos. Seré una adolescente precoz en un mundo pertinaz, extraordinariamente cálido; en un mundo repleto de maldades y de belleza que pugna por la sangre que corre entre las venas; mi corazón no defraudará a la ilusión que me hace sentir cada día más completa, más mujer, más intensa si se puede definir así la fuerza que me lleva hacia lo desconocido. A descubrir por mí misma el error del alma que está prisionera desde mis primeros escarceos culturales. La religión que me inculcaron ha dejado sitio al ser humano, antes que a las cruentas estampas de una pasión incomprendida y que no me dice nada. No creo que el ser humano esté hecho de bondad ni de maldad: son las circunstancias las que a cada uno nos convierte en seres apreciados o en personas odiadas por los demás; y siempre envidiados, a pesar de las buenas intenciones, de las palabras avenidas y de los susurros equívocos.

Desde que acabé los estudios no he parado de recorrer el mundo. No he olvidado la necesidad de trabajar en algo que me completase el sustento que preciso para vivir; pero nunca he adorado las comodidades de la vida moderna. Soy capaz de soportar los mayores sufrimientos si con ello consigo lo que pretendo: la verdadera libertad de acción, la independencia de todas las oportunidades versátiles y huidizas que la vida me ofrece. Y apartarme de la efímera tranquilidad de una existencia correcta conforme a los parámetros establecidos por la sociedad.

¡Cantabria queda ya muy lejos!



[1] Restablece tu fuerza, dulce amor; no se diga/que tu filo se mella antes que el apetito,/el cual, aunque se alivie hoy con el alimento,/mañana está afilado con su anterior poder;/amor, sé como él;…
[2] ¿Es nada esto?/Pues entonces el mundo y cuanto hay en él es nada,/el cielo que nos cubre es nada, Bohemia nada,/mi esposa es nada ni hay nada en todas estas nadas,/si esto es nada. (Cuento de invierno – el nihilismo de Leontes)
[3] Hermione es casta; Políxenes irreprochable;/Camilo un súbdito leal; Leontes un tirano celoso; su inocente/niño lealmente engendrado; y el reino tendrá que vivir sin un/heredero, si el que se ha perdido no es encontrado (III.ii.132-36)
[4] If this be magic, let it be an art/Lawful as eating.

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