¡Tómame, Capaneo!
Hechos
cenizas nos confundiremos.
(Arte de amar, Ovidio)
Larita había
terminado sus estudios en Montpellier y su decisión estaba tomada para el
futuro inmediato. El año próximo iría a Madrid. Estudiaría Agrónomos y para
ello, antes de regresar al pueblo, se había desviado hacia la capital con el
fin de presentar la documentación necesaria para su aptitud en la Escuela de
Ingenieros Agrónomos. De ese viaje Larita se trajo algún recuerdo que demostró,
una vez más, sus cualidades para la comunicación.
Correteó por las
calles de la Villa de Madrid con su cámara a cuestas; fotografió incesantemente
monumentos, plazas, calles y gentes. Los cuatro días que la retuvieron en la
Villa los supo aprovechar. Anduvo desde las Costanillas adyacentes a la calle
Atocha, por la adormecida plaza de Santa Ana, hasta las lindes de Lavapiés,
Plaza de Tirso de Molina mediante, con la abigarrada multitud de inmigrantes
que sestean indolentes entre los resecos alcorques; paseó por la calle del
Príncipe, con su famoso Café de románticos recuerdos: Parnaso o Parnasillo al decir de Mesonero, Larra,
Hartzenbusch, Ventura de la Vega, Olózaga, Ros de Olano, Grimaldi o Zorrilla,
que llamaron Ganímedes a Romo, ¡copero de Zeus!, camarero novecentista raptado
por las primeras modernidades de Juan Ramón y notario a la fuerza de las
periclitadas rimas de Bécquer y de las turbulentas veleidades de Oscar Wilde; y
al gato sin nombre, gordo y negro que dormía asultanado entre ratones grises de
andar por casa, gatazo en fin al que llamaron Aliatar, nada menos.
Deambuló por Huertas atiborrada de cafetines
cutres; calle dislocada de gays clamorosos desatornillados de sus estantes;
calle recreada por embufandados maestros de izquierda donde la gente casposa
pasea su oculta morbidez a partir de ciertas horas de la noche; bajó hasta
Espoz y Mina; paseó por la bulliciosa Puerta del Sol, con los adocenados
mangantes que pululan como en un hervidero en torno al incauto y despistado
turista; entró por Arenal y visitó la Iglesia de San Ginés, donde el ilustre
Marqués de Bradomín, esperpéntico, exudaba sobre las tapias el vino, entre las
callejas que conforman el monumental conjunto de plaza y templo; y por donde
González Ruano, el gran César, pergeñaba las razias y mil putadas, ebrio de
vinazo, corporal bendito del sacrificio, con Cansinos Assens, hasta el Campo
del Moro o en los alrededores del Palacio Real, viaducto incluido, para
arremeter contra los reventados hígados de Galves, o contra las desmelenadas
hechuras de Iván de Nogales, con su violín atolondrado, su perrito adiestrado y
su tarjeta de chauffeur con el significado
peculiar de “calentador”, y al que Ramón Gómez de la Serna, el Gran Ramón de un
Madrid que se dejó los espejos de la belleza en la contienda del 36 y en los
subterráneos del Pombo, le conmemoraba jocosamente con el epíteto exclamativo:
¡Oh, gran calentador! Submundo, este, ultraísta donde los haya, que perduró
hasta el frontispicio de la Guerra Incivil, siendo recogido, más tarde (pero
patéticamente) por toda una generación de ‘progres’ a raíz de la proclamación
de la Cuarta Constitución (¿o fue la quinta?), y que todavía, hoy, deja
desperdicios por algunos rincones de este solar que se llama España.
Larita se extasió con la barroca Plaza Mayor,
recuerdo impresionante de los amanerados Austrias del Imperio y de sus
todopoderosos validos: Pontejos, Postas, Esparteros, Carretas y Mayor. Quedó
boquiabierta ante la impresionante Plaza de Oriente, homenaje más que sonado al
Gran Oriente y que, sin embargo, sirvió de altar propiciatorio al Gran
Mandatario que quiso y no pudo, que paseó su sable por la patria y que jamás
leyó más libro que el reglamento cuartelero del Ejército Colonial Africano,
pese al padrinazgo in absentia del
desolado rey, ¿o precisamente por eso? Todo lo vio; todo lo recorrió; todo lo
captó en sus fotografías. De todo tomó nota en su mente; de cuanto presenció y
no le pasó inadvertido sacó la pronta cámara para retenerlo en su vida a través
de unos negativos fotográficos.
¡Mecachis!
–imprecó- ¡Qué bonito es Madrid!
Larita se empapó
de Madrid.
Larita no
olvidaría jamás esas tardes de mayo en las que el calor comienza a ser elemento
cotidiano en el acontecer de la ciudad; tardes deliciosas, de frescor
vespertino junto a los arriates y parterres del Retiro. Tardes de vida o de
vuelta a la vida, a pesar de las tormentas que refrescan algunas partes de la
ciudad. Tardes en las que la calle de Alcalá se llena de ideales manolas de
pañolón, acompañadas de chulos que van al coso a ver los toros, los tremendos
toros de una afición que bulle en el siete y se transmite al resto de la plaza.
¡Todo grande, como Madrid, grande y vocinglero!
Además, consiguió
la admisión en la Escuela de Ingenieros Agrónomos que era su objetivo
fundamental.
@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@
Sin embargo, a
veces quedaba extenuada de tanto tráfico, de tanta inhumana aglomeración. No
todo era felicidad.
Y se hacía
tremendas reflexiones que la conturbaban mucho más de lo que hubiese deseado.
Escribía sus
sensaciones, de noche, en el estudio dormitorio del piso compartido de la calle
Menorca.
De esas noches,
de aquellos insomnios inesperados pero frecuentes, Larita conserva recuerdos
escritos que en alguna ocasión saca del cajón donde los guarda y revive los
años más apreciados de su vida, los que disfrutó de estudiante en un Madrid
alegre y bullanguero, recién estrenado a la movida de aquel Alcalde medio
chiflado que se llamó Tierno Galván y que era Profesor Universitario de no
recuerdo qué materia, expedientado en los estertores del régimen junto a otros
dos: el atrabiliario Aranguren, profesor de Ética y el desabrido García Calvo,
hético, latinista y experto en lenguas muertas y en amores docentes con alumnas
de falda plisada y olor a jazmín en la piel: “la edad de la razón es la edad de
la resignación.”[1]
Esos papeles los
conservaba Larita apretados en cajas de cartón, cajas de zapatos que habían
quedado inservibles. Había muchos, muchísimos, casi tantos como semanas durmió
en Madrid, en aquel piso de Menorca compartido con Kate e Isabel, sus dos
amigas que la acompañaron durante más de cinco años.
<<Me veo
rodeada de gente. La obsesión por la calma hace que las personas me parezcan
como sonámbulas, carentes de sentido cierto de adónde quieren ir. Mas es un
engaño, pues todos, en esta horrible ciudad tienen prisa, menos yo.
Durante mis paseos me pregunto si esta
gente tiene noticia del amor, de la amistad, del arte de dialogar. Sin duda
alguna algo deben tener de todo eso, pero me temo que poco. Aquí todo el mundo
tiene algo que hacer, algo que decir, aunque sea una tontería, algo que opinar;
las fuentes de donde extraen sus opiniones son los periódicos diarios matutinos
que leen con avidez en el tren, en el Metro o, como los he visto, en un
vehículo aprovechando la parada obligada de un semáforo. ¿Tendrán seres
queridos en alguna parte? ¿Dejarán a una esposa en su casa, a unos hijos que no
ven más que los fines de semana? ¿Emprenderán el día, ellos y ellas juntos,
hasta la parada del autobús, hasta el lugar donde ambos trabajan, hasta la
esquina de una calle, siempre la misma, en donde ella se apea del vehículo y
veloz parte hacia la oficina que la espera? Me pregunto. No lo sé, me lo
imagino, me causan lástima. Carecen de criterio, me digo, supliendo esa
carencia por el parecer dirigido desde los medios de comunicación de masas, que
para eso están, que se lo dan hecho.
Por todo eso la gente del siglo XXI no
opina; la gente de la sociedad más opulenta de la historia carece de criterio,
de opinión; la gente de la Europa más grande y consumista de la historia actúa
como los muñecos de guiñol.
El amor se compra, como la ropa interior;
la amistad se cambia por intereses de oportunidad económica; el desvelo del
amigo ante la desgracia no existe; ¡ahí te pudras!, sencillamente es moneda
común cuando las cosas no funcionan.
Hasta la literatura ha dejado paso al mal
gusto. Ya es frecuente ver listas de “los más leídos”, ¡qué horror!, cuando
precisamente el arte, la literatura es y ha sido cosa de pocos. La banalización
es lo común entre los habitantes de este mundo, de este Madrid que se siente
ventana abierta al mundo.
Amar como yo lo entiendo no es cosa de
pregonarlo por ahí. Se reirían de mí. Amar, hoy, es un acto mercantil aliñado
con sexo: ¡nada más! El concepto de la entrega ha desaparecido; la razón de
llegar a sufrir por el ser amado no se conoce; hasta el sufrimiento de los
dioses se ha difuminado en la paganía más absoluta y abyecta.
La diosa imperante es la Ignorancia.
Sin embargo son personas. Los conozco bien.
Tienen limitaciones, miserias a raudales, paranoias lacerantes, hambre, sueño,
pavor. ¿Tienen ilusiones? ¿Qué es eso? En una ciudad así, poco tiempo queda
para soñar. En un ámbito tan mediocre, donde el ser humano ha logrado
adocenarse, el vacío más absoluto es la nota dominante.
Transcurrirá el tiempo; y esta masa, masa
proveniente del proletariado, se irá infiltrando, poco a poco y acabará siendo
absorbida por las capas superiores de la sociedad, mezclándose incluso, creando
con ello esos calpamulos que se han dado siempre, en todas las épocas, en todas
las etapas de cambio fulminante de todas las sociedades abiertas. Eso no ha
sucedido ni sucederá en sociedades cerradas, tradicionalistas a ultranza, como
ocurre en el mundo islámico o en el universo de castas de la India, a menos que
un inmenso cataclismo se trague tanta podredumbre y fanatismo religioso.
En unos años, pocos, entre nosotros las
cosas volverán a sus cauces tranquilos. Habrá más libertad; habrá más
conciencia de esa libertad.
Y se habrá acabado con esa generación del
resentimiento que nos persigue desde hace medio siglo infatigable, fatalista.
Y además, como en todas partes, la gente
aquí también se muere. Pero lo hace de otra manera. Parece como si todo el
mundo estuviese loco por morirse.
Mientras tanto mis paseos siguen con
templanza, con admiración por todo lo que voy descubriendo. Hablo con los
perros; saludo a las plantas de los arriates y parterres espléndidos; suelo ser
muy cortés con las farolas, evitando un mal tropiezo; ando y ando tanto hasta
poder contar al siguiente día que anduve y anduve lo suficiente como para estar
dispuesta a repetir la experiencia hoy. Me queda tiempo para asombrarme. A
veces hablo conmigo misma, pues es la única manera de comunicarme en esta
Babilonia de cemento y asfalto renegrido.
En mi cabeza, todo un palacio. Todos los
jardines de ‘Las Mil y una Noches’ me aguardan cada tarde, cada noche, cada
amanecer; deambulo entre evónimos, arrayanes, taxodios, jazmines olorosos y
tulipanes amarillos, además de palmeras y sicomoros aromáticos, hayas
centenarias y abedules entristecidos por el llorar de los chopos cercanos al
arroyuelo que discurre más abajo y las acacias vigilantes. Mis fantasías me
transportan al Edén y mis recuerdos de otros años más felices me hacen
reiniciar la larga caminata de la realidad cotidiana. Todo un sinfín de
sensaciones agradables revitaliza mi espíritu y me dan ánimo para seguir
buscando la felicidad que no hallo por ninguna parte.
Al caer la noche, ya casi amanecida, mi
espíritu arroja de sí el deseo y deja que el cuerpo penetre en ese experimento
acostumbrado que es el descanso. Yo digo, ¿no será el descanso una preparación
a la muerte definitiva? ¿O es que nunca morimos? Algo tiene el reposo nocturno
cuando la vigilia es superada, cuando el durmiente se aferra a lo onírico
reviviendo lo ya vivido, recreando un futuro imposible o simplemente
exteriorizando la agonía mediante tronantes ronquidos y resoplidos temperados.
A fin de cuentas, qué he de decir sino que
me gusta Madrid, por más que aunque eso así no fuese, ¿quién daría un ardite
por tal declaración mía? Yo creo que la importancia no está en las cosas, sino
que son las cosas las que adquieren valor o renombre gracias a nosotros, a lo
que creamos ver en ellas o a lo que esperemos de las mismas. Igual sucede,
pienso, con las personas; si ‘te entra’ alguien, acabas amistando con facilidad
y entonces prestigias a ese otro en el que ves un opuesto a ti, es decir, como
un quisiera ser él, o ella, pero sin reconocerlo abiertamente. Pero eso es el
origen de una sentida amistad, sin lugar a dudas. Después están las
rivalidades, por causas que nada tienen que ver con la amistad; mas producen
sensaciones dolorosas hasta el extremo de quebrar una relación de años, de toda
la vida. Y no digamos cuando esas diferencias se transforman en celos, o en
abierta competencia por un objeto común que suele estar generado por una causa
extraña a las personas que litigan, donde subyacen intereses de otros.>>
<<Acabo de llegar de Cambridge, mi
otra geografía habitual, más querida si cabe por ser el lugar de mis desvaríos
con Kate. Esto de estar en poco tiempo entre una y otra ciudad, es una delicia.
¡Cuántas cosas a contar de ambas! Algún día me dará por eso. Hasta entonces
deberé estar más propensa a superar las maldades que rodean mi corazón. Yo, que
he bajado al infierno del alma, he visitado la vanidad, he transgredido la
belleza del corazón. ¡Soy impura!>>
<<Mi despertar hoy ha estado
acompañado de una copiosa nevada. Cuando salí a la calle, el aleteo algodonoso
de los copos me generó un sentimiento de nostalgia como hacía años que no me
sucedía; experimenté un retorno a mis años juveniles: fue un buen comienzo para
el resto del día. Sin embargo duró poco, pues enseguida penetré en la ‘boca de
Metro’ que a diario me conduce al subterráneo donde monto en un suburbano que
me lleva, apretujada, al paraíso de cemento, hierros y escaparates donde
transcurre parte de mi existencia, en la conocida zona comercial de Azca
en Madrid.>>

No hay comentarios:
Publicar un comentario