Powered By Blogger

jueves, 5 de diciembre de 2013

VII - IFIS


¡Tómame, Capaneo!
Hechos cenizas nos confundiremos.

(Arte de amar, Ovidio)

Larita había terminado sus estudios en Montpellier y su decisión estaba tomada para el futuro inmediato. El año próximo iría a Madrid. Estudiaría Agrónomos y para ello, antes de regresar al pueblo, se había desviado hacia la capital con el fin de presentar la documentación necesaria para su aptitud en la Escuela de Ingenieros Agrónomos. De ese viaje Larita se trajo algún recuerdo que demostró, una vez más, sus cualidades para la comunicación.

Correteó por las calles de la Villa de Madrid con su cámara a cuestas; fotografió incesantemente monumentos, plazas, calles y gentes. Los cuatro días que la retuvieron en la Villa los supo aprovechar. Anduvo desde las Costanillas adyacentes a la calle Atocha, por la adormecida plaza de Santa Ana, hasta las lindes de Lavapiés, Plaza de Tirso de Molina mediante, con la abigarrada multitud de inmigrantes que sestean indolentes entre los resecos alcorques; paseó por la calle del Príncipe, con su famoso Café de románticos recuerdos: Parnaso o Parnasillo al decir de Mesonero, Larra, Hartzenbusch, Ventura de la Vega, Olózaga, Ros de Olano, Grimaldi o Zorrilla, que llamaron Ganímedes a Romo, ¡copero de Zeus!, camarero novecentista raptado por las primeras modernidades de Juan Ramón y notario a la fuerza de las periclitadas rimas de Bécquer y de las turbulentas veleidades de Oscar Wilde; y al gato sin nombre, gordo y negro que dormía asultanado entre ratones grises de andar por casa, gatazo en fin al que llamaron Aliatar, nada menos.

Deambuló por Huertas atiborrada de cafetines cutres; calle dislocada de gays clamorosos desatornillados de sus estantes; calle recreada por embufandados maestros de izquierda donde la gente casposa pasea su oculta morbidez a partir de ciertas horas de la noche; bajó hasta Espoz y Mina; paseó por la bulliciosa Puerta del Sol, con los adocenados mangantes que pululan como en un hervidero en torno al incauto y despistado turista; entró por Arenal y visitó la Iglesia de San Ginés, donde el ilustre Marqués de Bradomín, esperpéntico, exudaba sobre las tapias el vino, entre las callejas que conforman el monumental conjunto de plaza y templo; y por donde González Ruano, el gran César, pergeñaba las razias y mil putadas, ebrio de vinazo, corporal bendito del sacrificio, con Cansinos Assens, hasta el Campo del Moro o en los alrededores del Palacio Real, viaducto incluido, para arremeter contra los reventados hígados de Galves, o contra las desmelenadas hechuras de Iván de Nogales, con su violín atolondrado, su perrito adiestrado y su tarjeta de chauffeur con el significado peculiar de “calentador”, y al que Ramón Gómez de la Serna, el Gran Ramón de un Madrid que se dejó los espejos de la belleza en la contienda del 36 y en los subterráneos del Pombo, le conmemoraba jocosamente con el epíteto exclamativo: ¡Oh, gran calentador! Submundo, este, ultraísta donde los haya, que perduró hasta el frontispicio de la Guerra Incivil, siendo recogido, más tarde (pero patéticamente) por toda una generación de ‘progres’ a raíz de la proclamación de la Cuarta Constitución (¿o fue la quinta?), y que todavía, hoy, deja desperdicios por algunos rincones de este solar que se llama España.

Larita se extasió con la barroca Plaza Mayor, recuerdo impresionante de los amanerados Austrias del Imperio y de sus todopoderosos validos: Pontejos, Postas, Esparteros, Carretas y Mayor. Quedó boquiabierta ante la impresionante Plaza de Oriente, homenaje más que sonado al Gran Oriente y que, sin embargo, sirvió de altar propiciatorio al Gran Mandatario que quiso y no pudo, que paseó su sable por la patria y que jamás leyó más libro que el reglamento cuartelero del Ejército Colonial Africano, pese al padrinazgo in absentia del desolado rey, ¿o precisamente por eso? Todo lo vio; todo lo recorrió; todo lo captó en sus fotografías. De todo tomó nota en su mente; de cuanto presenció y no le pasó inadvertido sacó la pronta cámara para retenerlo en su vida a través de unos negativos fotográficos.

¡Mecachis! –imprecó- ¡Qué bonito es Madrid!
Larita se empapó de Madrid.

Larita no olvidaría jamás esas tardes de mayo en las que el calor comienza a ser elemento cotidiano en el acontecer de la ciudad; tardes deliciosas, de frescor vespertino junto a los arriates y parterres del Retiro. Tardes de vida o de vuelta a la vida, a pesar de las tormentas que refrescan algunas partes de la ciudad. Tardes en las que la calle de Alcalá se llena de ideales manolas de pañolón, acompañadas de chulos que van al coso a ver los toros, los tremendos toros de una afición que bulle en el siete y se transmite al resto de la plaza. ¡Todo grande, como Madrid, grande y vocinglero!

Además, consiguió la admisión en la Escuela de Ingenieros Agrónomos que era su objetivo fundamental.

@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@


Sin embargo, a veces quedaba extenuada de tanto tráfico, de tanta inhumana aglomeración. No todo era felicidad.

Y se hacía tremendas reflexiones que la conturbaban mucho más de lo que hubiese deseado.

Escribía sus sensaciones, de noche, en el estudio dormitorio del piso compartido de la calle Menorca.

De esas noches, de aquellos insomnios inesperados pero frecuentes, Larita conserva recuerdos escritos que en alguna ocasión saca del cajón donde los guarda y revive los años más apreciados de su vida, los que disfrutó de estudiante en un Madrid alegre y bullanguero, recién estrenado a la movida de aquel Alcalde medio chiflado que se llamó Tierno Galván y que era Profesor Universitario de no recuerdo qué materia, expedientado en los estertores del régimen junto a otros dos: el atrabiliario Aranguren, profesor de Ética y el desabrido García Calvo, hético, latinista y experto en lenguas muertas y en amores docentes con alumnas de falda plisada y olor a jazmín en la piel: “la edad de la razón es la edad de la resignación.”[1]

Esos papeles los conservaba Larita apretados en cajas de cartón, cajas de zapatos que habían quedado inservibles. Había muchos, muchísimos, casi tantos como semanas durmió en Madrid, en aquel piso de Menorca compartido con Kate e Isabel, sus dos amigas que la acompañaron durante más de cinco años.

<<Me veo rodeada de gente. La obsesión por la calma hace que las personas me parezcan como sonámbulas, carentes de sentido cierto de adónde quieren ir. Mas es un engaño, pues todos, en esta horrible ciudad tienen prisa, menos yo.

Durante mis paseos me pregunto si esta gente tiene noticia del amor, de la amistad, del arte de dialogar. Sin duda alguna algo deben tener de todo eso, pero me temo que poco. Aquí todo el mundo tiene algo que hacer, algo que decir, aunque sea una tontería, algo que opinar; las fuentes de donde extraen sus opiniones son los periódicos diarios matutinos que leen con avidez en el tren, en el Metro o, como los he visto, en un vehículo aprovechando la parada obligada de un semáforo. ¿Tendrán seres queridos en alguna parte? ¿Dejarán a una esposa en su casa, a unos hijos que no ven más que los fines de semana? ¿Emprenderán el día, ellos y ellas juntos, hasta la parada del autobús, hasta el lugar donde ambos trabajan, hasta la esquina de una calle, siempre la misma, en donde ella se apea del vehículo y veloz parte hacia la oficina que la espera? Me pregunto. No lo sé, me lo imagino, me causan lástima. Carecen de criterio, me digo, supliendo esa carencia por el parecer dirigido desde los medios de comunicación de masas, que para eso están, que se lo dan hecho.

Por todo eso la gente del siglo XXI no opina; la gente de la sociedad más opulenta de la historia carece de criterio, de opinión; la gente de la Europa más grande y consumista de la historia actúa como los muñecos de guiñol.

El amor se compra, como la ropa interior; la amistad se cambia por intereses de oportunidad económica; el desvelo del amigo ante la desgracia no existe; ¡ahí te pudras!, sencillamente es moneda común cuando las cosas no funcionan.

Hasta la literatura ha dejado paso al mal gusto. Ya es frecuente ver listas de “los más leídos”, ¡qué horror!, cuando precisamente el arte, la literatura es y ha sido cosa de pocos. La banalización es lo común entre los habitantes de este mundo, de este Madrid que se siente ventana abierta al mundo.

Amar como yo lo entiendo no es cosa de pregonarlo por ahí. Se reirían de mí. Amar, hoy, es un acto mercantil aliñado con sexo: ¡nada más! El concepto de la entrega ha desaparecido; la razón de llegar a sufrir por el ser amado no se conoce; hasta el sufrimiento de los dioses se ha difuminado en la paganía más absoluta y abyecta.

La diosa imperante es la Ignorancia.

Sin embargo son personas. Los conozco bien. Tienen limitaciones, miserias a raudales, paranoias lacerantes, hambre, sueño, pavor. ¿Tienen ilusiones? ¿Qué es eso? En una ciudad así, poco tiempo queda para soñar. En un ámbito tan mediocre, donde el ser humano ha logrado adocenarse, el vacío más absoluto es la nota dominante.

Transcurrirá el tiempo; y esta masa, masa proveniente del proletariado, se irá infiltrando, poco a poco y acabará siendo absorbida por las capas superiores de la sociedad, mezclándose incluso, creando con ello esos calpamulos que se han dado siempre, en todas las épocas, en todas las etapas de cambio fulminante de todas las sociedades abiertas. Eso no ha sucedido ni sucederá en sociedades cerradas, tradicionalistas a ultranza, como ocurre en el mundo islámico o en el universo de castas de la India, a menos que un inmenso cataclismo se trague tanta podredumbre y fanatismo religioso.

En unos años, pocos, entre nosotros las cosas volverán a sus cauces tranquilos. Habrá más libertad; habrá más conciencia de esa libertad.

Y se habrá acabado con esa generación del resentimiento que nos persigue desde hace medio siglo infatigable, fatalista.

Y además, como en todas partes, la gente aquí también se muere. Pero lo hace de otra manera. Parece como si todo el mundo estuviese loco por morirse.

Mientras tanto mis paseos siguen con templanza, con admiración por todo lo que voy descubriendo. Hablo con los perros; saludo a las plantas de los arriates y parterres espléndidos; suelo ser muy cortés con las farolas, evitando un mal tropiezo; ando y ando tanto hasta poder contar al siguiente día que anduve y anduve lo suficiente como para estar dispuesta a repetir la experiencia hoy. Me queda tiempo para asombrarme. A veces hablo conmigo misma, pues es la única manera de comunicarme en esta Babilonia de cemento y asfalto renegrido.

En mi cabeza, todo un palacio. Todos los jardines de ‘Las Mil y una Noches’ me aguardan cada tarde, cada noche, cada amanecer; deambulo entre evónimos, arrayanes, taxodios, jazmines olorosos y tulipanes amarillos, además de palmeras y sicomoros aromáticos, hayas centenarias y abedules entristecidos por el llorar de los chopos cercanos al arroyuelo que discurre más abajo y las acacias vigilantes. Mis fantasías me transportan al Edén y mis recuerdos de otros años más felices me hacen reiniciar la larga caminata de la realidad cotidiana. Todo un sinfín de sensaciones agradables revitaliza mi espíritu y me dan ánimo para seguir buscando la felicidad que no hallo por ninguna parte.

Al caer la noche, ya casi amanecida, mi espíritu arroja de sí el deseo y deja que el cuerpo penetre en ese experimento acostumbrado que es el descanso. Yo digo, ¿no será el descanso una preparación a la muerte definitiva? ¿O es que nunca morimos? Algo tiene el reposo nocturno cuando la vigilia es superada, cuando el durmiente se aferra a lo onírico reviviendo lo ya vivido, recreando un futuro imposible o simplemente exteriorizando la agonía mediante tronantes ronquidos y resoplidos temperados.

A fin de cuentas, qué he de decir sino que me gusta Madrid, por más que aunque eso así no fuese, ¿quién daría un ardite por tal declaración mía? Yo creo que la importancia no está en las cosas, sino que son las cosas las que adquieren valor o renombre gracias a nosotros, a lo que creamos ver en ellas o a lo que esperemos de las mismas. Igual sucede, pienso, con las personas; si ‘te entra’ alguien, acabas amistando con facilidad y entonces prestigias a ese otro en el que ves un opuesto a ti, es decir, como un quisiera ser él, o ella, pero sin reconocerlo abiertamente. Pero eso es el origen de una sentida amistad, sin lugar a dudas. Después están las rivalidades, por causas que nada tienen que ver con la amistad; mas producen sensaciones dolorosas hasta el extremo de quebrar una relación de años, de toda la vida. Y no digamos cuando esas diferencias se transforman en celos, o en abierta competencia por un objeto común que suele estar generado por una causa extraña a las personas que litigan, donde subyacen intereses de otros.>>

<<Acabo de llegar de Cambridge, mi otra geografía habitual, más querida si cabe por ser el lugar de mis desvaríos con Kate. Esto de estar en poco tiempo entre una y otra ciudad, es una delicia. ¡Cuántas cosas a contar de ambas! Algún día me dará por eso. Hasta entonces deberé estar más propensa a superar las maldades que rodean mi corazón. Yo, que he bajado al infierno del alma, he visitado la vanidad, he transgredido la belleza del corazón. ¡Soy impura!>>

<<Mi despertar hoy ha estado acompañado de una copiosa nevada. Cuando salí a la calle, el aleteo algodonoso de los copos me generó un sentimiento de nostalgia como hacía años que no me sucedía; experimenté un retorno a mis años juveniles: fue un buen comienzo para el resto del día. Sin embargo duró poco, pues enseguida penetré en la ‘boca de Metro’ que a diario me conduce al subterráneo donde monto en un suburbano que me lleva, apretujada, al paraíso de cemento, hierros y escaparates donde transcurre parte de mi existencia, en la conocida zona comercial de Azca en  Madrid.>>





[1] “La edad de la razón” – (Los caminos de la libertad) – Jean Paul Sastre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario