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viernes, 6 de diciembre de 2013

VIII - NO TE FÍES DE AMIGOS Y PARIENTES


En realidad, Remedios, la bella, no era un ser de este mundo. Hasta
muy avanzada la pubertad, Santa Sofía de la Piedad tuvo que bañarla
y ponerle la ropa, y aun cuando pudo valerse por sí misma había que
vigilarla para que no pintara animalitos en las paredes con una varita
embadurnada de su propia caca.

(Cien años de soledad, Gabriel García Márquez)

Cuando regresó a Bárcena la Mayor, la recibieron con alegría; ahora quedaba todo un verano para que Larita acompañase a sus familiares y allegados y poder intercambiar palabras, ideas, contar vivencias de sus siete años en Francia, el mundo que había conocido y que nada tenía que ver con aquel del pueblo montañés, tan tranquilo y apacible, tan natural.
Por eso, Chavi no dejaba de preguntarle cosas. Chavi había quedado en Bárcena y no fue a ningún Instituto; estudió las cuatro reglas y aprendió a leer y a escribir. El abuelo decidió esto ya que el pobre Chavi nunca mostró una verdadera actitud seria hacia los estudios; a pesar de que aptitudes no le faltaban.
El campo necesitaba brazos; y brazos fuertes que supiesen afrontar y superar las muchas dificultades que el ganado y las siembras presentaban cada año. Chavi siempre mostró su disposición a ese cometido, desde muy pequeño; acompañaba al abuelo, ayudaba a Froilán con el ganado y cuando cumplió los catorce años, le encomendaron el cuidado de los establos y de los trojes de grano. Disfrutaba con esa responsabilidad que ningún rapaz tenía; él se consideraba más hombre al sentirse útil en las labores campesinas.
Un día, Larita paseaba por la plaza y oyó que la llamaban desde un banco. Era don Segismundo. Se acercó tímidamente; don Segismundo, de pie, la saludó con un patriarcal beso y con un galante gesto limpió el banco con su inmaculado pañuelo de hierbas; el boticario había tenido en sus brazos a aquella moza de bello semblante en más de una ocasión; Larita era conocida por todos; por su sencillez y alegría, por sus templadas reacciones, por su cariño volcado desde siempre hacia los animalitos, por sus delicados gestos al tocar algo, sostener unas flores o saber callar a su debido momento. Larita era para don Segismundo la viva estampa de la hija que no pudo engendrar y que hubiese deseado tener.
Don Segismundo Deogracias era el boticario del pueblo. Este personaje presentaba un aspecto blanquecino en su semblante, olía a jabón y mostraba unas delicadas maneras tanto en sus expresiones verbales como en los gestos. Gustaba de la tertulia, con quien fuese, en el Casino o en la plaza del pueblo, sentado en uno de los bancos de forja que bordeaban el perímetro del recinto donde los niños correteaban y los mocitos deambulaban, arriba y abajo, incansablemente, cada tarde, a la vista de los mayores que consideraban un acto social necesario ese acontecer lánguido de las vespertinas horas.
Hola, Larita, ¿cómo te va por el pueblo? ¿Cuándo has regresado? ¿Cómo te fue por Francia? – Le preguntó don Segismundo nada más tenerla ante sí.
Larita contestó con tranquilidad cada una de las preguntas y recordó lo mucho que, durante su ausencia, se había acordado del pueblo y de todas sus gentes.
- En el Liceo – dijo Larita – no se percibía la naturaleza como se vive aquí. Sin embargo allí he aprendido muchas cosas. Aprendí Historia de los pueblos, Literatura Francesa, Matemáticas y Latín. Lo que más me gustó de todas las asignaturas fue la Literatura.
Larita prosiguió y sin darse cuenta estaba expresando lo que contaba en francés – J'avais beaucoup d'amies: Chantal, Yvonne, Monique; toutes du sud de la France, de Montpellier et de Marseille surtout. Mon Monique amical est très beau; et très intelligent. Je crois qu'il suivra à Montpellier pour assister aux études de médecine, parce que dans cette localité il y a une faculté de médecine de beaucoup de prestige.
- Larita, s'il ne t'importe pas tu me parles en Espagnol, parce que mon français est pauvre. S'il vous plaît. – dijo don Segismundo ya que sus conocimientos del idioma galo eran los raquíticos del bachillerato, cursado hacía más de cincuenta años.
- Discúlpeme usted, don Segismundo – Respondió Larita – exclamando prontamente, disculpándose, con su habitual coletilla - ¡Mecachis!
Continuaron hablando y hablando sin parar. Larita le contó sus vivencias, sus juegos de pelota en las tardes del Liceo, sus inquietudes para el año próximo y cómo había decidido matricularse en Madrid, en la Escuela de Ingenieros Agrónomos. Cuando se vieron casi anochecido, se dieron cuenta que habían estado hablando más de dos horas.
Se levantaron del robusto banco de forja. Don Segismundo acompañaba a Larita hasta la salida de la población. En el camino surgió la diatriba acerca de cómo pronunciaban los españoles una palabra que era un galicismo importado y que lo hacían mal. Se trataba de la palabra elite, que suelen confundir y pronunciar élite, acentuada esdrújula; Larita explicó a don Segismundo el por qué de esa falta; y es que en francés, la palabra se escribe élite, pero se pronuncia elite, con acento tónico en la i; el acento que lleva la e inicial es átono y significa que esa vocal ha de pronunciarse corta. En francés, los acentos no son como en español. No enfatizan las sílabas como sí sucede en español.
- Pues será así, Larita – comentó don Segismundo que ya veía próximo el último recodo del pueblo, desde donde nacía el camino que conducía directamente al caserío de Larita.
- Sí, es así, don Segismundo, que me he preocupado en averiguarlo. He consultado bibliografías de gramática, de léxico y de estilo y he podido verificar todo cuanto le he dicho. – Respondió Larita, un poco cansada ya de haber estado tanto tiempo hablando con el bueno de don Segismundo.- Probablemente, se decía Larita para sus adentros, este pobre boticario no tiene a nadie que le escuche; quedó viudo hace muchos años y de los hijos que tuvo con su recordada esposa, no conserva a ninguno en el pueblo; todos marcharon a la ciudad, donde han formado sus propias familias. Debe ser muy triste no tener a nadie que te ofrezca cariño en la vida.
Se despidió del boticario con un beso y marchó a paso ligero hasta la casa que ya dejaba escapar por las ventanas el resplandor de las bujías eléctricas. Al contemplar el enorme caserón, a Larita le embargó extrañamente un sentimiento de nostalgia; la presencia de aquella casa le traía recuerdos imborrables, aromas permanentes y voces que ya no estaban en su mente desde hacía tiempo ¡Cuántos recuerdos!
Sin embargo, ahora ya no era igual. El abuelo había fallecido hacía ya tres años; Froilán seguía allí, pero muy viejito, casi arrugado e insignificante, fumando sus endiablados “caldos de gallina” que apestaban a perros muertos. El ama Eulalia se había marchado a Santander, a casa de una sobrina que se la llevó cuando la pobre sufrió una conmoción cerebral que la dejó impedida para valerse por sí misma.
Sólo quedaba lleno de vida Chavi, dueño y señor de todo. Había crecido, se había convertido en un fornido mozo, moreno de pelo y fuerte como un toro. Su pecho parecía que iba a salir disparado tras romper la botonadura de la camisa. Era un guapo mozo, sí señor, un espléndido macho aunque algo rústico.
Larita se dejó transportar por el ensueño. Por un momento se vio rodeada por los brazos de Chavi, explorada en su cuerpo, aliviada del estupor del mundo gracias a las caricias que le prodigaba Chavi en su más ferviente representación de amante.
Larita sacudió la cabeza. No, no estaba bien aquello; Chavi era su primo, su mejor amigo de la infancia y jamás se había sobrepasado con ella. Larita no tenía derecho a apropiarse del corazón de Chavi. Le repugnó su devaneo y sintió vergüenza de sí misma.
Chavi se pasaba el día trajinando. Cuando no estaba en la pradera, arreando el ganado, estaba en la siega, o en la siembra, según la estación. Por las tardes, ya casi anochecido, se le encontraba en los establos ordeñando las vacas; o apilando las pacas de heno en el troje; o agrupando los quintales de maíz para su secado. El fornido joven no paraba.
Chavi, además de trabajar como un esclavo, llevaba la contabilidad de la casa; se las apañaba para obtener créditos en los bancos de Santander. Hasta la fecha no había incumplido ninguno de sus compromisos. Los banqueros sabían de su honradez y no dudaban en concederle préstamos que se transformarían, pasados los meses, en suculentas remesas gracias a la salida del grano y de la leche; sobre todo la leche, pues Chavi había logrado una exclusiva con una empresa muy importante de Reinosa que le retiraba cada mañana la leche recién ordeñada de las ubres de las vacas. No podía quejarse, no, esa era la verdad.

Larita admiraba, a su manera, a su primo Chavi.

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