En realidad, Remedios, la bella, no era un ser de este mundo. Hasta
muy
avanzada la pubertad, Santa Sofía de la Piedad tuvo que bañarla
y
ponerle la ropa, y aun cuando pudo valerse por sí misma había que
vigilarla
para que no pintara animalitos en las paredes con una varita
embadurnada
de su propia caca.
(Cien años de soledad, Gabriel
García Márquez)
Cuando regresó a
Bárcena la Mayor, la recibieron con alegría; ahora quedaba todo un verano para
que Larita acompañase a sus familiares y allegados y poder intercambiar
palabras, ideas, contar vivencias de sus siete años en Francia, el mundo que
había conocido y que nada tenía que ver con aquel del pueblo montañés, tan
tranquilo y apacible, tan natural.
Por eso, Chavi no
dejaba de preguntarle cosas. Chavi había quedado en Bárcena y no fue a ningún
Instituto; estudió las cuatro reglas y aprendió a leer y a escribir. El abuelo
decidió esto ya que el pobre Chavi nunca mostró una verdadera actitud seria
hacia los estudios; a pesar de que aptitudes no le faltaban.
El campo
necesitaba brazos; y brazos fuertes que supiesen afrontar y superar las muchas
dificultades que el ganado y las siembras presentaban cada año. Chavi siempre
mostró su disposición a ese cometido, desde muy pequeño; acompañaba al abuelo,
ayudaba a Froilán con el ganado y cuando cumplió los catorce años, le
encomendaron el cuidado de los establos y de los trojes de grano. Disfrutaba
con esa responsabilidad que ningún rapaz tenía; él se consideraba más hombre al
sentirse útil en las labores campesinas.
Un día, Larita
paseaba por la plaza y oyó que la llamaban desde un banco. Era don Segismundo.
Se acercó tímidamente; don Segismundo, de pie, la saludó con un patriarcal beso
y con un galante gesto limpió el banco con su inmaculado pañuelo de hierbas; el
boticario había tenido en sus brazos a aquella moza de bello semblante en más
de una ocasión; Larita era conocida por todos; por su sencillez y alegría, por
sus templadas reacciones, por su cariño volcado desde siempre hacia los
animalitos, por sus delicados gestos al tocar algo, sostener unas flores o
saber callar a su debido momento. Larita era para don Segismundo la viva
estampa de la hija que no pudo engendrar y que hubiese deseado tener.
Don Segismundo Deogracias era el boticario del
pueblo. Este personaje presentaba un aspecto blanquecino en su semblante, olía
a jabón y mostraba unas delicadas maneras tanto en sus expresiones verbales
como en los gestos. Gustaba de la tertulia, con quien fuese, en el Casino o en
la plaza del pueblo, sentado en uno de los bancos de forja que bordeaban el
perímetro del recinto donde los niños correteaban y los mocitos deambulaban,
arriba y abajo, incansablemente, cada tarde, a la vista de los mayores que
consideraban un acto social necesario ese acontecer lánguido de las vespertinas
horas.
Hola, Larita, ¿cómo te va por el pueblo?
¿Cuándo has regresado? ¿Cómo te fue por Francia? – Le preguntó don Segismundo
nada más tenerla ante sí.
Larita contestó
con tranquilidad cada una de las preguntas y recordó lo mucho que, durante su
ausencia, se había acordado del pueblo y de todas sus gentes.
- En el Liceo –
dijo Larita – no se percibía la naturaleza como se vive aquí. Sin embargo allí
he aprendido muchas cosas. Aprendí Historia de los pueblos, Literatura
Francesa, Matemáticas y Latín. Lo que más me gustó de todas las asignaturas fue
la Literatura.
Larita prosiguió y sin darse cuenta estaba expresando lo que contaba en
francés – J'avais beaucoup d'amies: Chantal, Yvonne, Monique;
toutes du sud de la France, de Montpellier et de Marseille surtout. Mon Monique
amical est très beau; et très intelligent. Je crois qu'il suivra à Montpellier
pour assister aux études de médecine, parce que dans cette localité il y a une
faculté de médecine de beaucoup de prestige.
- Larita, s'il ne
t'importe pas tu me parles en Espagnol, parce que mon français est pauvre. S'il vous plaît. –
dijo don Segismundo ya que sus conocimientos del idioma galo eran los
raquíticos del bachillerato, cursado hacía más de cincuenta años.
- Discúlpeme usted, don Segismundo –
Respondió Larita – exclamando prontamente, disculpándose, con su habitual
coletilla - ¡Mecachis!
Continuaron hablando y hablando sin parar.
Larita le contó sus vivencias, sus juegos de pelota en las tardes del Liceo,
sus inquietudes para el año próximo y cómo había decidido matricularse en
Madrid, en la Escuela de Ingenieros Agrónomos. Cuando se vieron casi anochecido,
se dieron cuenta que habían estado hablando más de dos horas.
Se levantaron del robusto banco de forja.
Don Segismundo acompañaba a Larita hasta la salida de la población. En el
camino surgió la diatriba acerca de cómo pronunciaban los españoles una palabra
que era un galicismo importado y que lo hacían mal. Se trataba de la palabra elite,
que suelen confundir y pronunciar élite, acentuada esdrújula; Larita
explicó a don Segismundo el por qué de esa falta; y es que en francés, la
palabra se escribe élite, pero se pronuncia elite, con acento
tónico en la i; el acento que lleva la e inicial es átono y
significa que esa vocal ha de pronunciarse corta. En francés, los acentos no
son como en español. No enfatizan las sílabas como sí sucede en español.
- Pues será así, Larita – comentó don
Segismundo que ya veía próximo el último recodo del pueblo, desde donde nacía
el camino que conducía directamente al caserío de Larita.
- Sí, es así, don Segismundo, que me he
preocupado en averiguarlo. He consultado bibliografías de gramática, de léxico
y de estilo y he podido verificar todo cuanto le he dicho. – Respondió Larita,
un poco cansada ya de haber estado tanto tiempo hablando con el bueno de don
Segismundo.- Probablemente, se decía Larita para sus adentros, este pobre
boticario no tiene a nadie que le escuche; quedó viudo hace muchos años y de
los hijos que tuvo con su recordada esposa, no conserva a ninguno en el pueblo;
todos marcharon a la ciudad, donde han formado sus propias familias. Debe ser
muy triste no tener a nadie que te ofrezca cariño en la vida.
Se despidió del boticario con un beso y
marchó a paso ligero hasta la casa que ya dejaba escapar por las ventanas el
resplandor de las bujías eléctricas. Al contemplar el enorme caserón, a Larita
le embargó extrañamente un sentimiento de nostalgia; la presencia de aquella
casa le traía recuerdos imborrables, aromas permanentes y voces que ya no
estaban en su mente desde hacía tiempo ¡Cuántos recuerdos!
Sin embargo, ahora ya no era igual. El
abuelo había fallecido hacía ya tres años; Froilán seguía allí, pero muy
viejito, casi arrugado e insignificante, fumando sus endiablados “caldos de
gallina” que apestaban a perros muertos. El ama Eulalia se había marchado a
Santander, a casa de una sobrina que se la llevó cuando la pobre sufrió una
conmoción cerebral que la dejó impedida para valerse por sí misma.
Sólo quedaba lleno de vida Chavi, dueño y
señor de todo. Había crecido, se había convertido en un fornido mozo, moreno de
pelo y fuerte como un toro. Su pecho parecía que iba a salir disparado tras
romper la botonadura de la camisa. Era un guapo mozo, sí señor, un espléndido
macho aunque algo rústico.
Larita se dejó transportar por el ensueño.
Por un momento se vio rodeada por los brazos de Chavi, explorada en su cuerpo,
aliviada del estupor del mundo gracias a las caricias que le prodigaba Chavi en
su más ferviente representación de amante.
Larita sacudió la cabeza. No, no estaba
bien aquello; Chavi era su primo, su mejor amigo de la infancia y jamás se
había sobrepasado con ella. Larita no tenía derecho a apropiarse del corazón de
Chavi. Le repugnó su devaneo y sintió vergüenza de sí misma.
Chavi se pasaba
el día trajinando. Cuando no estaba en la pradera, arreando el ganado, estaba
en la siega, o en la siembra, según la estación. Por las tardes, ya casi anochecido,
se le encontraba en los establos ordeñando las vacas; o apilando las pacas de
heno en el troje; o agrupando los quintales de maíz para su secado. El fornido
joven no paraba.
Chavi, además de
trabajar como un esclavo, llevaba la contabilidad de la casa; se las apañaba
para obtener créditos en los bancos de Santander. Hasta la fecha no había
incumplido ninguno de sus compromisos. Los banqueros sabían de su honradez y no
dudaban en concederle préstamos que se transformarían, pasados los meses, en
suculentas remesas gracias a la salida del grano y de la leche; sobre todo la
leche, pues Chavi había logrado una exclusiva con una empresa muy importante de
Reinosa que le retiraba cada mañana la leche recién ordeñada de las ubres de
las vacas. No podía quejarse, no, esa era la verdad.
Larita admiraba,
a su manera, a su primo Chavi.

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