Canta, diosa, de Aquiles el Pelida
Ese resentimiento -¡que mal haya!-
Que infligió a los aqueos mil dolores,
Y muchas almas de héroes esforzados
Precipitó al Hades
(Ilíada, Canto I)
Cuando Larita vino al mundo, un año bisiesto, hubo discos de fuego que cruzaron el cielo de una punta a otra del firmamento; y mil ceratias jamás vistos atravesaron el confín de la cúpula celeste ante las narices sorprendidas de los naturales del valle; nacieron terneros con cabeza de gato y la cosecha de maíz se agostó. Dicen los que de esas cosas saben que “año bisiesto, ni cuba ni cesto”.
El viejo roble que asombraba con su largura la casa al atardecer, quedó partido en dos por la violencia de un rayo que en toda su majestad desató las furias de la naturaleza como prenda de bienvenida a la recién nacida.
Las aguas del remansado arroyo se desquiciaron y fueron a parar a lo hondo del valle, donde el común disfrutaba los domingos vivaqueando y danzando al son de los acordes de la improvisada banda de gaiteros, formada por mozos de la comarca y que se había constituido para ese acontecimiento semanal. El cobertizo donde guardaban los pellejos y tamboriles quedó anegado; las flautas, dulzainas y gaitas flotaban a medio metro del suelo y los tambores entrechocaban los unos con los otros en el barullo, mansamente, dando en sonar con cierto lamento de recalcitrante oscilación.
Las desoladas madreñas - ¡cloc, cloc, cloc! - de los improvisados músicos navegaban revueltas por entre aquel remanso de confusión de instrumentos y palitroques de percusión.
No hubo lobo que callase; los aullidos oyéronse a lo lejos, a muchas leguas de distancia. Y el mar, jamás quieto, pareció embravecido esa noche de luz que señaló la alborada a la vida de Larita.
La albórbola de la gente se fue apagando conforme los discos luminosos desaparecían; la lluvia dejó de caer; los rayos se perdieron en el desconcierto de la mañana, por el este, con lentitud; los cometas de dos colas, imprevisibles, desaparecieron como llegaron, en silencio; y las alimañas callaron. El cielo calló de repente y la tierra recobró su pulso antiguo y su cansino caminar.
Un albor se reflejó en los caballones y ribazos de los huertos. Era el día que por fin iluminaba la oscuridad eterna; y con él llegaba el húmedo y templado viento del oeste que moja el maíz.
La República atravesaba uno de los períodos más difíciles desde que el libertador la había salvado de las hordas anarquistas. La quema de conventos y el acuchillamiento de curas y monjas, así como de todo terrateniente o cliente quedaba ya lejos.
Todavía no se imaginaban los ciudadanos la orfandad que se les venía encima. Estaba claro que algo, y muy gordo, iba a acontecer. Treinta y seis años era un período enorme de tiempo durante el que la nación, desde abajo, es decir, desde los escombros de una trifulca emprendida a garrotazos, que venía de muy antiguo y que algún espabilado dio en llamar guerra, magnificándola, y que acabó como todo lo que mal comienza, como el rosario de la aurora; pues eso, desde los escombros, todos fueron reconstruyendo lo derruido por otros, por otros como ellos mismos. ¡Y lo alcanzaron!
Ensimismados quedaron los ciudadanos cuando los aliados, franceses incluidos, apostaron por el dictador, pese a las continuas reclamaciones que desde el otro país vecino se venían haciendo por el que se consideraba heredero del poder; y pese al descarado apoyo que el régimen había obtenido de las potencias del Eje beligerante, esperanza manejada por los nostálgicos para su causa que seguían pensando en la bondad y limpieza de las instituciones democráticas del mundo entero; estúpido pensamiento, estúpida esperanza. Para americanos e ingleses la sola idea de ceder una parte del continente, tan estratégica como lo era el territorio de la República, a las veleidades democráticas intentadas tanto por los republicanos en el exilio mejicano, como por los trasnochados monárquicos, con su teoría política de una monarquía para todos, suponía un riesgo tremendo en el nuevo orden bautizado con el eufemismo de guerra fría, ante el peligro de incubar un brote comunista que no se deseaba. Una vez más, la política internacional jugó su papel interesado y necesario en menoscabo de la predicada libertad a la que la totalidad de un pueblo tenía derecho, según los edulcorados dogmas surgidos tras la revolución y que de hecho sólo sirven para soflamar al personal en reuniones y algaradas de partido y banderías. Las contradicciones de la política son así.
Y tú desgarrarás enfurecido
Tu corazón por dentro de tu pecho,
Porque en nada estimaste
De los aqueos al más excelente.
Cuando los nacidos por aquellos lustros en que esta historia comienza se fueron haciendo mayores, de la trifulca casi nada quedaba; de los racionamientos y de los remiendos tampoco; sin embargo, sí había aparecido y consolidado en el arriscado paladar de los ciudadanos la conciliar Coca-Cola, y el no menos angelical yogur de sabores. El Cola Cao nacional sindicalista que había abarrotado los estantes de las guarderías y centros de beneficencia de la Sección Femenina, aunque se mantenía en los anaqueles de los colmados de ultramarinos, tenía que luchar con otros afrodisíacos más acordes con los tiempos; así, la juventud se sumergía en el consumo indiscriminado de cannabis en sus secuencias de marihuana y grifa, adulteradas ambas con boñiga de cabra del Atlas marroquí, tan fiera y mugrienta como los rifeños que combatieron con Abd el Krim frente al ejército colonial español de los primeros años del siglo XX. Asimismo la tortilla de patatas, la auténtica de 50 a 60 milímetros de grosor y media docena de huevos, esa, por las prisas y la incorporación de la mujer al mundo laboral, iba perdiendo su consuetudinario encanto ya que cada vez aparecía más enclenque y afinada, y las papas más que cocidas se presentaban asaz quemadas.
Ya dos generaciones de mortales
Habían perecido,
Mientras que él estaba aún con vida.

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