¡Desgraciado de mí! El niño tiene flechas
certeras.
Yo me abraso, y el Amor
reina
en mi corazón deshabitado.
(Amores, Ovidio)
Una tarde, tras el encuentro de baloncesto que,
como cada día, disputaban las alumnas del 6º curso, Larita vivió una de las
experiencias más significativas e impactantes de su corta vida.
En el Liceo Larita no tenía tiempo más que para el
estudio; salvo la gimnasia obligatoria y la práctica de algún deporte, Larita
acostumbraba retozar, junto con sus amigas, en la luminosa pradera que precedía
al edificio neoclásico donde se localizaban las aulas, en el piso bajo y los
dormitorios de las internas, en la planta primera.
Larita era una chica limpia espiritualmente, de
alma transparente y de corazón abierto. Sus debilidades se incardinaban más en
los prejuicios lógicos de la edad que en su personalidad, aún sin forjar
totalmente. No es que fuese necia; mas tenía cierto aire de inocencia que la
hacía muy atractiva y querida entre sus compañeras y gente que la conocía.
Jamás disputaba airadamente con nadie; al contrario, trataba de persuadir a su
oponente con dulces e inteligentes palabras, con sabia resignación cuando sus
argumentos enflaquecían. Su voz se presentaba con una musicalidad extravagante,
con ondulaciones e inflexiones espontáneas; resonaba en el pecho de quien la
oía; escucharla producía una sensación de relajación calmante. La musicalidad
de sus frases y, sobre todo, sus expresiones cortas, producían una sensación de
dicha inalcanzable, como un acontecer idealizado que acabara perdiéndose en el
desvaído horizonte del mar. Nunca discutía: se podría decir que más bien
negociaba o pactaba.
¡Mecachis! Su
expresión favorita, sonaba como una nota emitida por una ocarina de sensual
tono.
Un alma con esos mimbres, evidentemente tendría que
ser muy vulnerable. En efecto, todo le asombraba, lo que no dejaba de ser algo
extraordinario, dada la dificultad que tiene el ser humano para la comprensión
y el análisis objetivo de la vida, sobre todo de las acciones del prójimo. Y
Larita vivía en un mundo repleto de engaños, envidias y reacciones
oportunistas; eso lo detectaba y, cuando la manifestación no era
sustancialmente clara, lo intuía.
Cualquiera que
haya pasado por un internado sabe qué es eso. Los internados son la antesala de
la vida real, de la vida que a uno le espera después. Un internado es una
caldera donde la presión sube o baja, según los acontecimientos. Y depende de
las acciones de todos que se convierta o no en un infierno; la mayoría de las
veces, las primeras turbaciones se viven en esos internados demoníacos hechos
para doblegar el espíritu más resistente, el más rebelde. De ahí los colleges
ingleses cuyo objetivo es contundente: destruir la propia personalidad, para
después moldear al sujeto con esas herramientas de cultura extraídas del mundo clásico,
amoldadas a la hipocresía británica y que hacen de cada discípulo un militar
estratega, un flemático diplomático, un desenvuelto orador o un político
cínico; todo dirigido al servicio de la Corona y del Imperio.
Esa tarde,
sudorosas todas las alumnas, se encontraron en las duchas colectivas de los
vestuarios, como solía. Las íntimas amigas de Larita, Monique, Chantal, Yvonne
y Marcelle, alocadas y elocuentes, desnudaban sus cuerpos con inocente ademán e
indiferente premura; excepto Monique que, parsimoniosamente se desprendía del
short, la camiseta empapada en sudor y las minúsculas braguitas que protegían
del roce del pantalón deportivo su más discreta intimidad. Larita observó
cierto contoneo desacostumbrado en la amiga; una especie de voluptuosidad en
los ademanes. Vio cómo sus manos se posaban en los incipientes y turgentes
senos y el dedo índice acariciaba en círculo las areolas; y cómo entornaba los
párpados, aquellos párpados que ocultaban los azules ojos. Después observó cómo
iba descendiendo el brazo izquierdo, sin despegarlo del todo del vientre, hasta
el poblado sexo y captó cómo con la mano y sus ávidos dedos, acariciaba
lentamente la vulva mojada por el agua. Al rato presenció unos gestos
espasmódicos que, al principio, la asustaron, para inmediatamente
tranquilizarse cuando contempló la expresión de goce y plenitud que reflejaba
la cara de la amiga.
Se preguntó qué
era aquello que había pasado a Monique. No encontró respuesta en aquel momento.
En su cuerpo
sintió una suerte de delectación, quizá algo que a ella le hubiese gustado experimentar.
Esa misma noche
le costó trabajo conciliar el sueño. No podía eliminar de su mente las imágenes
que la habían conturbado esa tarde; y lo peor no era eso, sino la ignorancia
para dar respuesta a lo sucedido. Para ella, acostumbrada todavía a juegos casi
infantiles, a conversaciones con sus condiscípulas que no trascendían los
límites del internado, a devaneos retóricos en torno al amor, a un amor ideal
basado en las estrofas de Rimbaud, en las plagadas páginas de Proust a la
sombra de las muchachas en flor o en los divertimentos de Saint Exupery. No
concebía el amor carnal, todavía, a pesar de su espléndido desarrollo que la
hacía aparecer con un cuerpo proporcionado, labios perfectamente delineados,
pechos dibujados y turgentes, enhiestos, vivos; una robusta arquitectura
prometedora de apresuramientos todavía no experimentados; nalgas de posibles
urgencias futuras; miembros presentados al abrazo que ya tendría lugar, alguna
vez, con alguien amado, con la esperanza del desatino entre sábanas por tejer y
sofocos incontrolados por averiguar.
Besos en las
rosadas puntas de los pies; ¡desnuda, desnuda!, ante el amado desconocido.
Después vendrá la fuerza, la penetración definitiva. ¡Oh, amor mío! La entrega,
el sacrificio rotundo del amor, la contemplación del esfuerzo, paso a paso,
momento a momento…
Fue como un
relámpago que la dejó ciega.
El aturdimiento
la dejó exhausta. Al fin consiguió dormir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario