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jueves, 5 de diciembre de 2013

VI - ¡OH, CUPIDO, QUE NUNCA ESTÁS SACIADO!


¡Desgraciado de mí! El niño tiene flechas
certeras. Yo me abraso, y el Amor
reina en mi corazón deshabitado.

(Amores, Ovidio)

Una tarde, tras el encuentro de baloncesto que, como cada día, disputaban las alumnas del 6º curso, Larita vivió una de las experiencias más significativas e impactantes de su corta vida.

En el Liceo Larita no tenía tiempo más que para el estudio; salvo la gimnasia obligatoria y la práctica de algún deporte, Larita acostumbraba retozar, junto con sus amigas, en la luminosa pradera que precedía al edificio neoclásico donde se localizaban las aulas, en el piso bajo y los dormitorios de las internas, en la planta primera.
      
Larita era una chica limpia espiritualmente, de alma transparente y de corazón abierto. Sus debilidades se incardinaban más en los prejuicios lógicos de la edad que en su personalidad, aún sin forjar totalmente. No es que fuese necia; mas tenía cierto aire de inocencia que la hacía muy atractiva y querida entre sus compañeras y gente que la conocía. Jamás disputaba airadamente con nadie; al contrario, trataba de persuadir a su oponente con dulces e inteligentes palabras, con sabia resignación cuando sus argumentos enflaquecían. Su voz se presentaba con una musicalidad extravagante, con ondulaciones e inflexiones espontáneas; resonaba en el pecho de quien la oía; escucharla producía una sensación de relajación calmante. La musicalidad de sus frases y, sobre todo, sus expresiones cortas, producían una sensación de dicha inalcanzable, como un acontecer idealizado que acabara perdiéndose en el desvaído horizonte del mar. Nunca discutía: se podría decir que más bien negociaba o pactaba.

¡Mecachis! Su expresión favorita, sonaba como una nota emitida por una ocarina de sensual tono.

Un alma con esos mimbres, evidentemente tendría que ser muy vulnerable. En efecto, todo le asombraba, lo que no dejaba de ser algo extraordinario, dada la dificultad que tiene el ser humano para la comprensión y el análisis objetivo de la vida, sobre todo de las acciones del prójimo. Y Larita vivía en un mundo repleto de engaños, envidias y reacciones oportunistas; eso lo detectaba y, cuando la manifestación no era sustancialmente clara, lo intuía.

Cualquiera que haya pasado por un internado sabe qué es eso. Los internados son la antesala de la vida real, de la vida que a uno le espera después. Un internado es una caldera donde la presión sube o baja, según los acontecimientos. Y depende de las acciones de todos que se convierta o no en un infierno; la mayoría de las veces, las primeras turbaciones se viven en esos internados demoníacos hechos para doblegar el espíritu más resistente, el más rebelde. De ahí los colleges ingleses cuyo objetivo es contundente: destruir la propia personalidad, para después moldear al sujeto con esas herramientas de cultura extraídas del mundo clásico, amoldadas a la hipocresía británica y que hacen de cada discípulo un militar estratega, un flemático diplomático, un desenvuelto orador o un político cínico; todo dirigido al servicio de la Corona y del Imperio.

Esa tarde, sudorosas todas las alumnas, se encontraron en las duchas colectivas de los vestuarios, como solía. Las íntimas amigas de Larita, Monique, Chantal, Yvonne y Marcelle, alocadas y elocuentes, desnudaban sus cuerpos con inocente ademán e indiferente premura; excepto Monique que, parsimoniosamente se desprendía del short, la camiseta empapada en sudor y las minúsculas braguitas que protegían del roce del pantalón deportivo su más discreta intimidad. Larita observó cierto contoneo desacostumbrado en la amiga; una especie de voluptuosidad en los ademanes. Vio cómo sus manos se posaban en los incipientes y turgentes senos y el dedo índice acariciaba en círculo las areolas; y cómo entornaba los párpados, aquellos párpados que ocultaban los azules ojos. Después observó cómo iba descendiendo el brazo izquierdo, sin despegarlo del todo del vientre, hasta el poblado sexo y captó cómo con la mano y sus ávidos dedos, acariciaba lentamente la vulva mojada por el agua. Al rato presenció unos gestos espasmódicos que, al principio, la asustaron, para inmediatamente tranquilizarse cuando contempló la expresión de goce y plenitud que reflejaba la cara de la amiga.

Se preguntó qué era aquello que había pasado a Monique. No encontró respuesta en aquel momento.

En su cuerpo sintió una suerte de delectación, quizá algo que a ella le hubiese gustado experimentar.

Esa misma noche le costó trabajo conciliar el sueño. No podía eliminar de su mente las imágenes que la habían conturbado esa tarde; y lo peor no era eso, sino la ignorancia para dar respuesta a lo sucedido. Para ella, acostumbrada todavía a juegos casi infantiles, a conversaciones con sus condiscípulas que no trascendían los límites del internado, a devaneos retóricos en torno al amor, a un amor ideal basado en las estrofas de Rimbaud, en las plagadas páginas de Proust a la sombra de las muchachas en flor o en los divertimentos de Saint Exupery. No concebía el amor carnal, todavía, a pesar de su espléndido desarrollo que la hacía aparecer con un cuerpo proporcionado, labios perfectamente delineados, pechos dibujados y turgentes, enhiestos, vivos; una robusta arquitectura prometedora de apresuramientos todavía no experimentados; nalgas de posibles urgencias futuras; miembros presentados al abrazo que ya tendría lugar, alguna vez, con alguien amado, con la esperanza del desatino entre sábanas por tejer y sofocos incontrolados por averiguar.

Besos en las rosadas puntas de los pies; ¡desnuda, desnuda!, ante el amado desconocido. Después vendrá la fuerza, la penetración definitiva. ¡Oh, amor mío! La entrega, el sacrificio rotundo del amor, la contemplación del esfuerzo, paso a paso, momento a momento…

Fue como un relámpago que la dejó ciega.

El aturdimiento la dejó exhausta. Al fin consiguió dormir.

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