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jueves, 5 de diciembre de 2013

II - CIBELES, MADRE DE LOS DIOSES



También vinisteis vosotras, flexibles hiedras y junto a ellas
Las vides con sus pámpanos, los olmos cubiertos de vides,
Los fresnos, los pinos, el madroño cargado de un fruto rojo,
Las palmas flexibles, premios del vencedor,
El pino recogido en sus ramas y de erizada copa, grato
A la madre de los dioses, puesto que Atis, amado por Cibeles
Se despojó aquí del hombre y se endureció en aquel tronco.

(Metamorfosis, X, 104, Ovidio)

La niña musa de los sesenta, la sin par Ana Belén de prominentes dientes, hacía sus pinitos arropada en un Madrid de desarrollismo y de lopeces extraídos de los postconciliares cromos del Opus Dei; un Madrid que se veía imperialmente aupado frente a Europa gracias a las Copas que el Real Madrid iba consiguiendo año tras año; y creo que fueron siete, como las plagas bíblicas, anuncio y augurio de lo que en el futuro sería el mayor opio del pueblo soberano. Todo un paradigma de cambio que ahí comenzó, junto al utilitario seiscientos, los televisores Iberia, las batidoras que descompusieron el gazpacho para siempre y los zapatos Yanko, orfebrería al servicio del pie y que dio entrada al mocasín americano; como todo lo que en Europa se nos ocurría, a pesar de Sartre, Marcusse, Simon de Beauvoir, la saga de los Goytisolo, las agorinadas historias del gitano Melquíades allá en la ciénaga colombiana tan lejos y a la vez tan cercana a París; y la extinguida organización Baden Meinhof con su ensoñadora Ulrike al frente, los coroneles de la OAS en excedencia y la renacida grandeur de la Francia olvidada de Vichy, de la mano del General De Gaulle, aparecido tras la reconquista cual oportuno Olo desenterrado. Era el comienzo imparable del neocolonialismo estadounidense, fruto seguro del pago que Europa debía satisfacer a los gloriosos socios, vencedores frente a la alta burguesía fascistoide europea en que dio el continente como respuesta al triunfo del comunismo soviético y por aquello “…de poner las barbas a remojar”.

Luego de todo eso, los adinerados vencidos, algunos con el estigma de David a cuestas, consiguieron magníficos acuerdos con los vencedores; se adueñaron del marketing sensiblero de las democracias achantadas a la culpa y al nunca más, y redondearon sus inmensas riquezas, una vez más, sobre los muertos de la contienda, de todo tipo y condición, y los desaforados críticos que aceptaron el trueque.

El “La, la, la” de Masiel; el “De niña a mujer” de Julio Iglesias y el Topo Gigio ¡Carolina, qué buena estás!, eran otras de las muchas expresiones de libertad que ya teníamos; y llave atontilada de nuestra irrupción en Europa, tan lejos que nos había quedado y ahora tan próxima ya, otra vez.

Algunos de nosotros, supongo que los más avanzados, por descontado de izquierdas, ya habíamos cobrado algún guantazo de  aquellos guardias de los de antes, que vestían de gris perla; guardias que arracimados y de aquella guisa indumentaria, arremetiendo con saña contra los estudiantes que mostrábamos nuestras terquedades ideológicas, parecían sonetos de Alberti defecados a la orilla de la mar, el mar de Cádiz de resplandecientes olas en las rompientes de El Puerto, etc; futuros perfectos de subjuntivo que hubiéremos producido sin rencor, en la soledad juvenil de todos los mitos del mundo, sin sobresaltos y sin visitas a los calabozos de la Dirección General de Seguridad.

Nos gustaba todo aquello. En el fondo teníamos algo de poetas. Habíamos atravesado nuestro peculiar mayo francés, sin haber estado jamás en París; y el que más y el que menos, a fuerza de nacional-católicas masturbaciones, estaba en condiciones de contraer nupcias con alguna prójima de buen ver y mejor palpar. Todavía, en España, el sexo no existía o carecía de sustancia trascendente. Era el triunfo del desarrollismo, de las primeras hipotecas que te metían en una alevosa trampa, de las todavía tenues manifestaciones de libertad, incluso cantadas por los reivindicativos juglares que surgieron en el momento (hoy día, todos abuelotes inofensivos).

Nunca, es cierto, hasta entonces
Había visto yo varones tales
Ni espero verlos ya en lo venidero,
Como eran Pirítoo y Driante,
Pastor de pueblos, y lo eran Ceneo
Y Exadio y Polifemo,
Comparables a los dioses,
Y Teseo el Egeida,
Que era a los inmortales parecido.

En fin, eran tiempos de transición, que así acordamos en llamar a los años que van desde el 68 al 78 de la vigésima centuria.

Ya atisbábamos el esperado gobierno del pueblo y para el pueblo, el reparto correspondiente, la degollina de los curas y de los ricos; nos frotábamos las manos; podía iniciarse otro rosario como aquel del 36 que mal terminó en la aurora. Venía la libertad, con mayúsculas y otras zarandajas de títere y martinete gitano, coreada a pulmón abierto por famélicas legiones de enrojecido atuendo al pescuezo.

¡Olé!

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