Pero a Zeus, en cambio, el dulce sueño
Prenderle no lograba; al contrario,
Él andaba en su mente dando vueltas
A cómo honrar a Aquiles
(Ilíada, canto II)
El aborrecido y casi minusválido caudillo, Caudillo como les gustaba nombrarle a los pelotas del Movimiento, cada vez menos fiero y cada vez más acoquinado, un buen día la diñó. Fue un 20 de noviembre de 1975.
Puede quizás un hombre
Perder un ser querido especialmente,
O un hermano uterino
O tal vez hasta un hijo,
Pero una vez que ya lo ha llorado
Y por él ha gemido,
Él en su duelo cesa, ciertamente,
Pues las Moiras hicieron
Sufrido el corazón de los humanos.
Las calles de Madrid olían a muerto. La nación estaba acojonada. Los del PC estábamos con la mierda a boca de ano; Izquierda Unida no existía. Los socialistas, digan ellos lo que digan, tampoco existían; los socialistas fueron el fruto espurio de la muerte de un régimen, como un parto con cesárea, algo así. Después vino otra cosa, y el aprendiz se hizo mayor; y el tonto se hizo listo; y los demás, los que se comieron innumerables marrones, algunos inventados, quedaron postergados en las mazmorras del olvido por su mentecatez y falta de adaptación a los tiempos (igual les pasa ahora, treinta años después). El PSOE supo engancharse a la modernidad y triunfó en toda la línea, gracias a la voluntad e inteligencia de un grupo capitaneado por dos sevillanos inolvidables, vivarachos y pintureros.
Los moros se encalabrinaron y las juntas y plataformas florecieron como hongos. Las Pina López (mi llorada amiga), las chaquetas de pana y los cánticos y soflamas a la libertad (sin ira) irrumpieron en el coso de albero que es este solar de Europa, donde Herodoto situaba el jardín de las Hespérides, morada placentera de las cincuenta vírgenes.
Yo andaba entonces por Madrid, como casi siempre.
Larita venía al mundo en el Valle del Cabuérniga, en Santander, la Cantabria autonómica hoy. Podría decirse que Larita es también un fruto del fenecido régimen y un triunfo de la bondad que aporta la libertad y la democracia. Más bella, sin lugar a dudas, que las anteriores Laritas del régimen anterior; con mejores dientes y calmosas hechuras dibujadas; bella criatura surgida de un sueño, el de la libertad, el de los que no conocieron ni quisieron saber de las batallas de antaño: nada de imperios, nada de patrias, nada de esforzadas y abnegadas madres.
Valle del Cabuérniga
Lejos quedaba la onza de chocolate de algarroba; más lejos aún los cigarrillos ideales de pestilente aroma, las pajas del militarismo cuartelero, las casas de putas en el Madrid degradado de la autarquía, con mujeronas gordas, de muslos eternos abrazados por ligas de color rosa y florecilla cosida en uno de los bordes del adminículo prensil; gordas de Codorniz durante la autarquía; vacaburras de Forges con el destape.
Lejos quedaba también la Colmena de Cela, el Camino de Delibes y el Millón de muertos de Gironellla, así como los cenáculos decimonónicos donde servían café aguado, y que agonizaban en una boba existencia, tan rancios como el siglo que los vio nacer.
Lejos quedaban las colas de los cines, adonde más de uno iba a empujar lo que podía y meter mano; también se las tragó el cambio. Se inventaron los multicines; se propagó el condón como arma reivindicativa y libertaria; las españolas aprendieron la felatio a palo seco o al baño de maría y mas de una se introdujo de lleno en esas filosofías orientales que, como todas las filosofías, lo que te enseñan bien es a bien joder (al prójimo) a fuerza de plantearse la existencia a costa de cualquier cosa y con un complejo de culpa inexplicable.
En fin, un mundo que se fue y que se llevó sus cosas. Un mundo que entre todos enterramos en Cuelgamuros, para que nunca volviera. Un mundo que nadie permita jamás que vuelva ni el demonio de Sadam, no tanto por malo sino por pacato, cateto y mohoso.
Y los curas, ¡ay, los curas! ¡Que vayan saliendo del armario! Como la peste.
¿Quién fue de entre los dioses el que a entrambos
los enzarzó en reyerta
para que contendieran?
El hijo fue de Zeus y Letó
Que, con el rey habiéndose irritado,
Una peste maligna suscitó
A lo largo de todo el campamento,
Y así las huestes iban pereciendo,
Porque el hijo de Atreo
Al sacerdote Crises despreciara;
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Y los guardias civiles, ¡ay, los guardias civiles! Como las ortigas silvestres, después de Tejero se desecaron. Ya los hay que salen, ya, de los roperos de Apolo; y arden afanosos arrasando en holocausto la mojigatería de la gente pronta al escándalo y aferrada a la más abrupta tradición:
¡Ay, en verdad, un gran dolor se acerca
a la tierra aqueida!
Y las monjas, ¡ay, las monjas! Estas para el pueblo, como la reforma agraria.
No las levanta pluma alguna
Y sin embargo se sostienen sobre alas transparentes
Y al intentar hablar emiten una voz muy baja, como su cuerpo,
Y lanzan lamentos débiles y rechinantes.
Frecuentan las casas, no los bosques, odian la luz,
Vuelan de noche y toman su nombre de la tarde.
Vírgenes, sí, vírgenes; vírgenes si es que quedan en este mundo que de pronto ha acelerado todas las reconversiones humanas que estaban pendientes. Vírgenes que en su ignorancia de la vida cuchichean entre celosías que dejan pasar el aire cálido de las cálidas tardes conventuales. Vírgenes que alcanzarán el cielo imaginado, ya, en esta vida, sin necesidad de esperar a la otra, la de las aireadas legiones de ángeles que con sus alas suplen la brisa que flota en los conventos. Vírgenes de pechos aplastados, de muslos empedrados de varices, de morbidez en la cara huida, antaño tersa; cara que pudo ser bella y transparente, cuando eran doncellas entregadas a la desesperación de la vida que les quedaba por delante. Algunas llegaron a gozar en un susurro de besos sospechosos y de tanteos alterados por el deseo, tras el velo confesional de un reclinatorio de clausura; otras, la mayoría, no conocieron esa veleidad porque la fealdad no es suficiente razón para el ensueño en este maldito mundo, fuera de la belleza en sí de cualquier pesadilla; ni las unas ni las otras fueron más felices por esa experiencia o menos desgraciadas por no haberla vivido.


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