Dispara con el fuego suyo Zeus
A
bosques sacros, y a las fortalezas,
Y
prohíbe que los dardos que ha lanzado
Hieran
a las perjuras. ¡Hubo tantas
Que
merecieron que él las golpeara,
Y se
abrasó la infortunada Sémele!
(Amores, Ovidio)
La mañana había
amanecido neblinosa. El sol pugnaba por salir y por entre las nubes,
intermitente, dejaba ver alguno de sus dorados rayos. En el ambiente flotaba
una humedad que penetraba bajo las puertas y por entre las rendijas de las mal
ajustadas ventanas impregnándolo todo.
Desde muy
temprano, Froilán, el pastor, había ido a ordeñar una vaca que la noche
anterior no pudo traer al establo, pues el animal se confundió en un barranco y,
perdida, no supo dar con ella. Toda la noche se la pasó disgustado ya que el
animalito estaría nervioso y molesto con las ubres repletas. A las cinco,
cuando despertó como cada día, salió al exterior y la encontró pastando cerca
del alhorín. Regresó con leche que utilizó para elaborar un poco de frangollo,
añadiéndole miel y almendras y que sería el suculento desayuno que ofrecería a
Larita hoy, en el día más feliz de la vida de la niña.
Para Larita,
efectivamente, ese día tenía que ser el mejor de su vida. Después de haber
estado los meses precedentes preparándose en la parroquia, con el párroco, don
Severo, para este señalado acontecimiento, hoy, por fin, iba a recibir a Dios
en su pecho. Era el día de su Primera Comunión.
Se notaba en el
caserío el ajetreo propio de tal ocasión; Larita se creía un ángel elegido por
Jesús; y su semblante, despierto de por sí, era mucho más acusado que de
costumbre.
El abuelo,
Eulalia, el mismo Chavi y hasta Froilán, se desenvolvían mostrando mucha
actividad, muy nerviosos. Querían que su linda Larita recordase la fecha y para
ello no escatimaban besos y halagos a la niña.
Sobre las doce
del mediodía, con el abuelo a la cabeza, todos partieron hacia la aldea, en
dirección a la iglesia de San Cosme, donde junto con otros dos niños, Larita
recibiría la Primera Comunión.
Terminada la
ceremonia religiosa regresaron al caserío, en donde Eulalia preparó unas
jícaras de chocolate y unos bollos elaborados la tarde del día anterior.
Froilán presentó el frangollo que ya había tomado la temperatura correcta,
aunque aún conservaba algo de la tibieza necesaria para ser consumido. Se
habían incorporado algunos amigos y familiares que expresamente llegaron, de
otras aldeas, para celebrar con Larita el día de su Primera Comunión.
A la salida de la
Iglesia, Larita recibió regalos de los familiares y amigos, como recuerdo de
ese tan señalado día. Entre todos los presentados hubo uno que, además de
producirle una gran sorpresa, iba a ser el desencadenante de una afición
maravillosa que Larita, a lo largo de su vida, iba a desarrollar con gran
ilusión. Se trataba de una cámara fotográfica sencilla, de paso manual y
discreto objetivo.
¡Mecachis! – dijo
Larita entusiasmada.
La primera
fotografía la hizo Larita ese mismo día.
Como eran
conocedores de la inclinación que Larita sentía por las historias, don Severo,
el cura, quiso regalar a ésta un precioso cuento de los que discurrían por las
montañas de generación en generación y desde siempre. El cuento se llamaba “La
vara milagrosa” y el cura, con entonación y ademanes, comenzó así.
<<Una vez iba una moza por un caminu allá. Al llegar a una cotera
oyó una voz que se quejaba con mucha tristeza. Miró por toas partes y no vio a
ninguna persona.
La voz no dejaba de quejarse con mucha tristeza. Golvió a mirar y no
apaecía nadie. Cuando iba a seguir el caminu se fijó en que la voz salía debajo
de una lastra...
Llamó en la lastra con una piedra, como si juera una puerta, y la voz,
barrutando que era algún caminante compasivu, habló más juerte y dijo a la moza
que era un muchachu que le había cogíu un ojáncanu y le tenía en la su cueva.
La moza torció el su caminu, compadecía del muchachu, y se lo jue a contar to a
una hechicera que vivía en una choza al lau de una ermita.
Cuando la moza llegó a la choza de la hechicera, que se llamaba
Pelegrina, estaba hilando en una rueca de oru que cantaba como un jilgueru.
En la choza había unos platos con una flores pintás del color de las
estrellas; había unas jarras y una mesa de coral y una silla de madera negra,
muy brillante.
La hechicera era muy revieja y muy guapa y tenía los ojos muy grandes y
muy negros, sin ninguna arruga en la cara.
Cuando la moza acabó de contala lo que la había dichu el muchachu de la
cueva del ojáncanu, la hechicera la dió una vara de fresnu seca que estaba en
un rincón de la choza, y la dijo que con aquella vara llamara otra vez en la
lastra que servía de puerta a la cueva.
Golvió la moza a la puerta de la cueva y llamó en la lastra. La lastra
se movió hacia un lau, y la moza pudo entrar en la cueva, que estaba muy oscura
como la boca de un lobu. Entonces, como no se veía na en aquella oscuridad, la
vara de la hechicera empezó a alumbrar sin que nadie la encendiera, con un resplandor
muy grande.
Iba caminando por la cueva allá y se alcontró con un hoyu muy grande que
no la dejaba pasar.
Entonces la vara, sin perder el su resplandor, se escapó de la mano de
la moza, se aposó de la una a la otra parte del hoyu y se hizo como un maderu
largo y anchu como un puente. La moza pasó y la vara golvió a la su mano.
Al poco ratu llegó al fin de la cueva, y oyó los quejíos tristes del
muchachu. Se apagó el resplandor de la vara y quedó otra vez a oscuras.
Desde el sitio onde estaba la moza veía brillar como un tizón el oju del
ojáncanu. La moza tenía mucho miedu y no quería moverse de allí, pero la vara
tiraba de ella con mucha juerza y la hacía andar.
Al poco ratu llegó cerca de donde estaba el ojáncanu y el muchachu. El
ojáncanu estaba acostau y el mozu tenía aposás las sienes en las manos, sentau
en una silla de piedra, tou llenu de pena y llorando sin parar.
En aquel instante la vara golvió a escapase de la mano de la moza que no
paraba de temblar de miedu, y se convirtió en cuervu que empezó a volar encima
del ojáncanu.
El ojáncanu se levantó asustau y el cuervo se aposó en la su nariz.
Arrimó el picu a la oreja del ojáncanu y le habló muy bajucu, como le hablaban
los sus amigos los cuervos.
Cuando el ojáncanu estaba más descuidau oyendo las mentiras que le decía
el pajaru, ésti metió el picu en la cabeza del ojáncanu y le arrancó el pelu,
que es onde tien el aquel de la vida. El ojáncanu se cayo muertu, el cuervu
golvió a convertirse en vara y la vara empezó a alumbrar otra vez.
Como el muchachu no podía andar de los castigos que le había hechu
sufrir el ojáncanu, la vara se convirtió en un caballu chicu y blancu.
La moza amontó en él y salieron de la cueva. Mientras duró la oscuridad
el caballu tenía las orejas como dos luces.
Anda que te anda llegaron a la choza de la hechicera, al lau de la
ermita.
La hechicera estaba hilando sin parar y la rueca no paraba de cantar
como los jilgueros. Cuando vio a la moza y al muchachu, aposó la rueca, el
caballu golvió a convertise en la vara fresca de fresnu y la hechicera cogió
una escudilla azul, y con una masa que tenía la escudilla curó toas las heridas
que tenía el muchachu.
Después se jue y los dijo que esperaran en la choza, que ella iba a
buscar las sus ovejas que pacían en el monte, a la parte allá de la ermita.
El muchachu y la moza tuvieron una tentación. Tenían envidia de los
platos con las flores pintás de color de las estrellas, tenían envidia de la
rueca de oru y de la mesa de coral, porque to ello valía un tesoru. Cogieron
toas aquellas cosas y la varuca de fresnu y se escaparon con toas las cosas que
tenía la hechicera.
Echaron a andar y cuando estaban algo lejos de la choza descansarun un
pocu pa quitar la sed a la orilla de una juente.
Cuando la moza iba a agacharse pa beber la primera, la vara se la escapó
de la mano, tocó en el agua y el agua dejó de manar en aquel mismu instante.
Siguieron andando y cuando ya habían bajau la cuesta del monte, la
varuca se escapó de la mano de la moza y tocó en la mesa de coral que llevaba
la moza a la espalda y en la silla de madera negra que llevaba el muchachu
también en la espalda. En aquel mismu instante la mesa de coral y la silla
reluciente se convirtieron en dos jorobas.
Despues de dejar jorobaos al muchachu y a la moza, la vara se convirtió
en azor y echó a volar hacia la choza de la hechicera...>>
¡Qué bonito, mecachis! – dijo Larita con un sentimiento que a todos les
llamó la atención. – ¡Y qué triste! – dijo a continuación Chavi.
Mis queridos niños – dijo el párroco – con este cuento debéis recordar,
siempre, que el deseo de lo ajeno no es recomendable. En la vida os
encontraréis infinidad de cosas, todas deseables, aunque no todas
recomendables. Tanto las unas como las otras, no tiene sentido el poseerlas si
no es para procuraros un bien a vosotros mismos y a los demás. El tener, el
acaparar, el desear lo que no es necesario, aun siendo bonito, no es de
cristianos buenos. Hay que conformarse con lo que Dios, a cada uno ha
dispuesto, sin pedir más. Cuanta más sencillez mostréis a lo largo de la vida,
menos ataduras os retendrán en este mísero valle de lágrimas. La felicidad se
adquiere con la práctica de las virtudes y no con la afición a los vicios.
Todos rieron y
aplaudieron largamente la teatralidad y entusiasmo que don Severo había
empleado en la narración de este bonito relato. Y todos quedaron impresionados
y edificados con las doctas palabras del buen párroco.
Después del
desayuno, Larita y Chavi se perdieron por la ladera del monte; subieron un
empinado repecho y allí, a la sombra de un viejo roble, se tumbaron boca arriba
y contemplaron felices el discurrir de las nubes algodonosas que pasaban por el
cielo.
Los gorgoritos
del cielo se afanaban con sus trinos y revoloteaban por entre las jaras y
lentiscos cercanos. Extraordinaria era la paz que se respiraba.

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