¡Ay, ay! ¡Día que la antorcha portas y luz de Zeus!
¡Otra
existencia y destino habitaré! ¡Adiós, amada luz mía!
(Ifigenia en Áulide, Eurípides)
Iba yo en el bus que va a Colón; le dije al
conductor que me dejase en Sabanitas, frente al enorme y bien surtido
supermercado Rey; de allí, otro bus me llevaría a María Chiquita y Portobelo.
Cuando llegué a Portobelo, bajé de la guagua y me dirigí a una de las muchas
cabañas que existen en el centro para comer e informarme dónde dormir; entré en
Aris, una de esas cabañas de las muchas que allí hay, y pedí sopa de marisco y
pulpo, con un poco de cau cau y torta de maíz. Después saboreé un excelente
café exprés y quedó mi cuerpo más que recompuesto. Allí me orientaron y me
dirigieron al Nautilus, donde alquilé, por 20 dólares diarios, una cabaña con
aire acondicionado, derecho a cocina y baño.
Estuve unos días. Contemplé extasiada la
ciudad y sus alrededores: viejos fuertes y cañones de la época de la
colonización, gallinazos sobre las ruinas, troneras y profundos fosos, garitas
y arsenales. En fin, las ruinas de lo que en tiempos, con los españoles, fuera
el más importante enclave colonial del istmo salvando la ciudad vieja de
Panamá.
Me aproximé al Castillo de Santiago de la
Gloria, obra de Antonelli, a la entrada de la población, erigido en el año
1602, según consta allí en un mármol conmemorativo de los que tanto gusta el
turismo moderno. Un poco más hacia el este topé con la Aduana de Portobelo o la
antigua Contaduría, donde se llevaban, con los primeros colonizadores, los
registros de mercancías y se almacenaban los productos que avituallaban la
ciudad; fue presa codiciada por piratas y de hecho, en 1744, el corsario
Kinghill le infringió serios daños. Por fuera contemplé la Iglesia de San
Felipe, donde no pude entrar por llevar pantalón corto; esta iglesia fue la
última obra de los españoles y, como tuvieron que najarse del istmo, no
llegaron a terminarla; hoy es Monumento Nacional; en su interior se venera la
imagen del Milagroso Jesús Nazareno, el Cristo Negro de Portobelo.
También me acerqué a la Iglesia de San Juan
de Dios, a las ruinas del convento de la Merced y al castillo de San Jerónimo,
frente a la bocana del puerto.
Mi afán reporteril me hizo ir al otro lado
de la bahía; en una barca me llevaron al otro lado. Allí contemplé las ruinas
del Castillo de San Fernando, que es del siglo XVII. Los yanquis, que son unos
listos, utilizaron estas ruinas para cementerio y como cantera de piedras para
la construcción del canal. Sin embargo algo queda todavía en pie. Desde el
Castillo de San Fernando pude ver San Fernandino que es una batería baja
relacionada con el castillo y que conserva sus cañones, aljibe y expurgador; un
poco más arriba está la Casa Fuerte o Casamata, en lo más alto de la colina;
protegía las baterías de San Fernando.
Pasé muchas horas en la playa de La Guaira;
esta playa tiene una arena blanquísima, aguas cristalinas y arrecifes
coralinos, preciosos, donde me bañé. Me harté de comer yuca y pollo frío que
servían en los quioscos asentados sobre la misma playa.
En Portobelo estuve diez días. Regresé a
Ciudad de Panamá, la moderna de los rascacielos, no la antigua que está a unos
ocho kilómetros de esta.
Al cabo de un par de semanas regresé a
Madrid.
Había conocido a Hermann Hilgenfldt. Éste
Hermann era ingeniero de la United Land Company dedicada al cultivo del banano.
Hermann supervisa las plantaciones y es el responsable de las periódicas talas
o cortas necesarias para la obtención de los racimos. En Panamá, casi todo lo
que hay a la vista, quitando las costumbres y las fiestas, es yanqui; no podía
ser de otra manera; los USA son los dueños del canal, pese a Omar Torrijos, al
indeseable Noriega y al desafortunado hombre de paja Endara, el Gordo Endara,
que juró el cargo en una base norteamericana tras la invasión de los 24.000
rambos que papá Bush envió tras las veleidades ególatras del cerdo Noriega.
Allá no cuentan los Kunas ni los Guaymíes
ni los Chocos Emberá ni los Wounaan ni los Teribe ni los Bokotás, que son los
indígenas que todavía quedan, unos 200.000. La corrupción impera por sus
propios fueros. Los políticos constituyen una clase dominante que todo lo
controla, en connivencia con el invasor del norte. Si mal les fue a los
panameños con los españoles, peor les va con los gringos explotadores del
canal.
Hermann trabaja para ellos, es decir, para
los marranos gringos. ¡Qué remedio! Aunque esto no puedo decirlo delante de él,
a pesar de que en más de una ocasión le he oído exclamar mit diesen Kerlen kann man nichtsmachen,
que quiere decir, más o menos, que con estos tipos no hay nada que hacer.
Hermann estudió en Heidelberg; nació en
Neckarsulm y sus recuerdos de infancia hay que centrarlos en el corazón de la
Selva Negra, en Friburgo de Brisgovia, donde el gran Danubio nace y donde se
mantiene el reducto nobiliario de los Hohenzollern. Después se vino a América
realizando la colación de su grado en la universidad de Yale, obteniendo un
excelente currículo académico que le facilitó, desde la misma universidad, la
contratación para la United Land. De eso hace ya cinco años.
Yo conocí a Hermann en Madrid, a raíz de un
Encuentro Iberoamericano sobre pesticidas que se celebraba en el Palacio de
Congresos; por entonces yo estaba terminando la carrera y había ido al Congreso
interesada por el contenido; mi tesis de licenciatura versa precisamente sobre
las plagas y las enfermedades de las musáceas.
Hicimos amistad. Mi conocimiento de Madrid
facilitó las cosas. Fui su cicerone y le enseñé la ciudad y los alrededores. Él
me enseñó su corazón y quedé, como quien dice, prendada de sus encantos.
Hermann ha sido el único hombre que he conocido de verdad y por el que he sido
capaz de dejarlo todo.
Una tarde, después de terminar en el
Palacio de Congresos, Hermann quiso invitarme al teatro; fuimos a la Zarzuela
donde daban una representación de arias de ópera a las que soy muy aficionada;
y él también. Recuerdo de Manon Lescaut “Donna non vidi mai” e “In quelle trine
morbide”; de Tosca “Recondita armonia”, “Vissi d’arte” y “E lucevan le stelle”;
y alguna más que me falla en la memoria; la interpretación corría por cuenta de
la Caballé, Mirilla Freni, María Bayo y Renata Scotto.
Cuando terminó la representación fuimos a
cenar; Hermann quería un sitio típico y fuimos a La Carmencita, detrás de la
Gran Vía, donde se come al estilo manchego; no hay que olvidar que Madrid es un
poblachón de La Mancha. La verdad sea dicha yo no estaba muy ducha en eso de la
cocina y mucho menos de los cenadores de Madrid; para mí, la comida nunca ha
supuesto un problema serio; quiero decir que con cualquier cosa me conformo; y
no soy nada exigente. Me habían hablado de ese sitio y de alguno más por ese
estilo y fuimos al que primero se me ocurrió. Cualquier lugar menos a los
feísimos establecimientos de Madrid donde sirven jamón de plástico, o a los
horrorosos burgers que surgen por todas partes.
Después de la cena fuimos a bailar.
Bailar con Hermann es morir de placer. Su
voz susurra en mi oído como una ronca acometida al deseo, como una incitación
al amor. Su cuerpo es flexible y tensa su corpulencia, con delicadeza, sobre mi
delgadez, sin tocarme apenas, sin descomponer la armonía que entre los dos
forjamos.
Hermann es fiel a su empresa. Sabe que los
gringos le estiman por su seriedad y cuentan con él. El simple hecho de contar
con un alemán les evita, a los jefes, dar explicaciones a la gente, a los
sindicatos y al gobierno, por los que aparecen públicamente como terratenientes
de la compleja red de estancias plantadas y hectáreas asimiladas al entorno
platanero desde hace cerca de un siglo, muchas de ellas con dudosos títulos de
propiedad.
Pero Hermann no
es el Sastre de Panamá. Hermann es un hombre de carne y hueso, sin
complicaciones políticas; sus ambiciones pasan por esa línea clara del amor
entre todos, paz y disfrute de lo que la vida nos ofrece. Además, su amor a los
niños le hace acreedor del cariño de mucha gente.
Infeliz el que insiste en reposar de
noche
Y llama grandes premios a sus
sueños.
Necio, el sueño ¿qué es
Sino la imagen de la helada muerte?
Ya te darán los hados largo tiempo
Para el reposo.
Yo estoy en
Panamá porque he querido venir, sin ataduras, ajena a compromisos. Mi
existencia en esta tierra pasa celosa de cada instante, de cada momento vital.
Ayudo a la gente que me necesita; recibo amor a cambio.
Algún día, no sé
cuándo, ya no me acordaré de nada.
Y como Rebeca, a
lo mejor pierdo el dominio de mí misma ante Hermann y volveré a comer tierra y
cal de las paredes, hasta que se me forme un callo en el pulgar, de tanto y
tanto chupar de ansiedad.

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