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viernes, 6 de diciembre de 2013

XI - IFIGENIA


¡Ay, ay! ¡Día que la antorcha portas y luz de Zeus!
¡Otra existencia y destino habitaré! ¡Adiós, amada luz mía!

(Ifigenia en Áulide, Eurípides)

Iba yo en el bus que va a Colón; le dije al conductor que me dejase en Sabanitas, frente al enorme y bien surtido supermercado Rey; de allí, otro bus me llevaría a María Chiquita y Portobelo. Cuando llegué a Portobelo, bajé de la guagua y me dirigí a una de las muchas cabañas que existen en el centro para comer e informarme dónde dormir; entré en Aris, una de esas cabañas de las muchas que allí hay, y pedí sopa de marisco y pulpo, con un poco de cau cau y torta de maíz. Después saboreé un excelente café exprés y quedó mi cuerpo más que recompuesto. Allí me orientaron y me dirigieron al Nautilus, donde alquilé, por 20 dólares diarios, una cabaña con aire acondicionado, derecho a cocina y baño.

Estuve unos días. Contemplé extasiada la ciudad y sus alrededores: viejos fuertes y cañones de la época de la colonización, gallinazos sobre las ruinas, troneras y profundos fosos, garitas y arsenales. En fin, las ruinas de lo que en tiempos, con los españoles, fuera el más importante enclave colonial del istmo salvando la ciudad vieja de Panamá.

Me aproximé al Castillo de Santiago de la Gloria, obra de Antonelli, a la entrada de la población, erigido en el año 1602, según consta allí en un mármol conmemorativo de los que tanto gusta el turismo moderno. Un poco más hacia el este topé con la Aduana de Portobelo o la antigua Contaduría, donde se llevaban, con los primeros colonizadores, los registros de mercancías y se almacenaban los productos que avituallaban la ciudad; fue presa codiciada por piratas y de hecho, en 1744, el corsario Kinghill le infringió serios daños. Por fuera contemplé la Iglesia de San Felipe, donde no pude entrar por llevar pantalón corto; esta iglesia fue la última obra de los españoles y, como tuvieron que najarse del istmo, no llegaron a terminarla; hoy es Monumento Nacional; en su interior se venera la imagen del Milagroso Jesús Nazareno, el Cristo Negro de Portobelo.

También me acerqué a la Iglesia de San Juan de Dios, a las ruinas del convento de la Merced y al castillo de San Jerónimo, frente a la bocana del puerto.

Mi afán reporteril me hizo ir al otro lado de la bahía; en una barca me llevaron al otro lado. Allí contemplé las ruinas del Castillo de San Fernando, que es del siglo XVII. Los yanquis, que son unos listos, utilizaron estas ruinas para cementerio y como cantera de piedras para la construcción del canal. Sin embargo algo queda todavía en pie. Desde el Castillo de San Fernando pude ver San Fernandino que es una batería baja relacionada con el castillo y que conserva sus cañones, aljibe y expurgador; un poco más arriba está la Casa Fuerte o Casamata, en lo más alto de la colina; protegía las baterías de San Fernando.

Pasé muchas horas en la playa de La Guaira; esta playa tiene una arena blanquísima, aguas cristalinas y arrecifes coralinos, preciosos, donde me bañé. Me harté de comer yuca y pollo frío que servían en los quioscos asentados sobre la misma playa.

En Portobelo estuve diez días. Regresé a Ciudad de Panamá, la moderna de los rascacielos, no la antigua que está a unos ocho kilómetros de esta.

Al cabo de un par de semanas regresé a Madrid.

Había conocido a Hermann Hilgenfldt. Éste Hermann era ingeniero de la United Land Company dedicada al cultivo del banano. Hermann supervisa las plantaciones y es el responsable de las periódicas talas o cortas necesarias para la obtención de los racimos. En Panamá, casi todo lo que hay a la vista, quitando las costumbres y las fiestas, es yanqui; no podía ser de otra manera; los USA son los dueños del canal, pese a Omar Torrijos, al indeseable Noriega y al desafortunado hombre de paja Endara, el Gordo Endara, que juró el cargo en una base norteamericana tras la invasión de los 24.000 rambos que papá Bush envió tras las veleidades ególatras del cerdo Noriega.

Allá no cuentan los Kunas ni los Guaymíes ni los Chocos Emberá ni los Wounaan ni los Teribe ni los Bokotás, que son los indígenas que todavía quedan, unos 200.000. La corrupción impera por sus propios fueros. Los políticos constituyen una clase dominante que todo lo controla, en connivencia con el invasor del norte. Si mal les fue a los panameños con los españoles, peor les va con los gringos explotadores del canal.

Hermann trabaja para ellos, es decir, para los marranos gringos. ¡Qué remedio! Aunque esto no puedo decirlo delante de él, a pesar de que en más de una ocasión le he oído exclamar mit diesen Kerlen kann man nichtsmachen, que quiere decir, más o menos, que con estos tipos no hay nada que hacer.

Hermann estudió en Heidelberg; nació en Neckarsulm y sus recuerdos de infancia hay que centrarlos en el corazón de la Selva Negra, en Friburgo de Brisgovia, donde el gran Danubio nace y donde se mantiene el reducto nobiliario de los Hohenzollern. Después se vino a América realizando la colación de su grado en la universidad de Yale, obteniendo un excelente currículo académico que le facilitó, desde la misma universidad, la contratación para la United Land. De eso hace ya cinco años.

Yo conocí a Hermann en Madrid, a raíz de un Encuentro Iberoamericano sobre pesticidas que se celebraba en el Palacio de Congresos; por entonces yo estaba terminando la carrera y había ido al Congreso interesada por el contenido; mi tesis de licenciatura versa precisamente sobre las plagas y las enfermedades de las musáceas.

Hicimos amistad. Mi conocimiento de Madrid facilitó las cosas. Fui su cicerone y le enseñé la ciudad y los alrededores. Él me enseñó su corazón y quedé, como quien dice, prendada de sus encantos. Hermann ha sido el único hombre que he conocido de verdad y por el que he sido capaz de dejarlo todo.

Una tarde, después de terminar en el Palacio de Congresos, Hermann quiso invitarme al teatro; fuimos a la Zarzuela donde daban una representación de arias de ópera a las que soy muy aficionada; y él también. Recuerdo de Manon Lescaut “Donna non vidi mai” e “In quelle trine morbide”; de Tosca “Recondita armonia”, “Vissi d’arte” y “E lucevan le stelle”; y alguna más que me falla en la memoria; la interpretación corría por cuenta de la Caballé, Mirilla Freni, María Bayo y Renata Scotto.

Cuando terminó la representación fuimos a cenar; Hermann quería un sitio típico y fuimos a La Carmencita, detrás de la Gran Vía, donde se come al estilo manchego; no hay que olvidar que Madrid es un poblachón de La Mancha. La verdad sea dicha yo no estaba muy ducha en eso de la cocina y mucho menos de los cenadores de Madrid; para mí, la comida nunca ha supuesto un problema serio; quiero decir que con cualquier cosa me conformo; y no soy nada exigente. Me habían hablado de ese sitio y de alguno más por ese estilo y fuimos al que primero se me ocurrió. Cualquier lugar menos a los feísimos establecimientos de Madrid donde sirven jamón de plástico, o a los horrorosos burgers que surgen por todas partes.

Después de la cena fuimos a bailar.

Bailar con Hermann es morir de placer. Su voz susurra en mi oído como una ronca acometida al deseo, como una incitación al amor. Su cuerpo es flexible y tensa su corpulencia, con delicadeza, sobre mi delgadez, sin tocarme apenas, sin descomponer la armonía que entre los dos forjamos.

Hermann es fiel a su empresa. Sabe que los gringos le estiman por su seriedad y cuentan con él. El simple hecho de contar con un alemán les evita, a los jefes, dar explicaciones a la gente, a los sindicatos y al gobierno, por los que aparecen públicamente como terratenientes de la compleja red de estancias plantadas y hectáreas asimiladas al entorno platanero desde hace cerca de un siglo, muchas de ellas con dudosos títulos de propiedad.

Pero Hermann no es el Sastre de Panamá. Hermann es un hombre de carne y hueso, sin complicaciones políticas; sus ambiciones pasan por esa línea clara del amor entre todos, paz y disfrute de lo que la vida nos ofrece. Además, su amor a los niños le hace acreedor del cariño de mucha gente.

Infeliz el que insiste en reposar de noche
Y llama grandes premios a sus sueños.
Necio, el sueño ¿qué es
Sino la imagen de la helada muerte?
Ya te darán los hados largo tiempo
Para el reposo.

Yo estoy en Panamá porque he querido venir, sin ataduras, ajena a compromisos. Mi existencia en esta tierra pasa celosa de cada instante, de cada momento vital. Ayudo a la gente que me necesita; recibo amor a cambio.

Algún día, no sé cuándo, ya no me acordaré de nada.


Y como Rebeca, a lo mejor pierdo el dominio de mí misma ante Hermann y volveré a comer tierra y cal de las paredes, hasta que se me forme un callo en el pulgar, de tanto y tanto chupar de ansiedad.

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