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viernes, 6 de diciembre de 2013

VIII - NO TE FÍES DE AMIGOS Y PARIENTES


En realidad, Remedios, la bella, no era un ser de este mundo. Hasta
muy avanzada la pubertad, Santa Sofía de la Piedad tuvo que bañarla
y ponerle la ropa, y aun cuando pudo valerse por sí misma había que
vigilarla para que no pintara animalitos en las paredes con una varita
embadurnada de su propia caca.

(Cien años de soledad, Gabriel García Márquez)

Cuando regresó a Bárcena la Mayor, la recibieron con alegría; ahora quedaba todo un verano para que Larita acompañase a sus familiares y allegados y poder intercambiar palabras, ideas, contar vivencias de sus siete años en Francia, el mundo que había conocido y que nada tenía que ver con aquel del pueblo montañés, tan tranquilo y apacible, tan natural.
Por eso, Chavi no dejaba de preguntarle cosas. Chavi había quedado en Bárcena y no fue a ningún Instituto; estudió las cuatro reglas y aprendió a leer y a escribir. El abuelo decidió esto ya que el pobre Chavi nunca mostró una verdadera actitud seria hacia los estudios; a pesar de que aptitudes no le faltaban.
El campo necesitaba brazos; y brazos fuertes que supiesen afrontar y superar las muchas dificultades que el ganado y las siembras presentaban cada año. Chavi siempre mostró su disposición a ese cometido, desde muy pequeño; acompañaba al abuelo, ayudaba a Froilán con el ganado y cuando cumplió los catorce años, le encomendaron el cuidado de los establos y de los trojes de grano. Disfrutaba con esa responsabilidad que ningún rapaz tenía; él se consideraba más hombre al sentirse útil en las labores campesinas.
Un día, Larita paseaba por la plaza y oyó que la llamaban desde un banco. Era don Segismundo. Se acercó tímidamente; don Segismundo, de pie, la saludó con un patriarcal beso y con un galante gesto limpió el banco con su inmaculado pañuelo de hierbas; el boticario había tenido en sus brazos a aquella moza de bello semblante en más de una ocasión; Larita era conocida por todos; por su sencillez y alegría, por sus templadas reacciones, por su cariño volcado desde siempre hacia los animalitos, por sus delicados gestos al tocar algo, sostener unas flores o saber callar a su debido momento. Larita era para don Segismundo la viva estampa de la hija que no pudo engendrar y que hubiese deseado tener.
Don Segismundo Deogracias era el boticario del pueblo. Este personaje presentaba un aspecto blanquecino en su semblante, olía a jabón y mostraba unas delicadas maneras tanto en sus expresiones verbales como en los gestos. Gustaba de la tertulia, con quien fuese, en el Casino o en la plaza del pueblo, sentado en uno de los bancos de forja que bordeaban el perímetro del recinto donde los niños correteaban y los mocitos deambulaban, arriba y abajo, incansablemente, cada tarde, a la vista de los mayores que consideraban un acto social necesario ese acontecer lánguido de las vespertinas horas.
Hola, Larita, ¿cómo te va por el pueblo? ¿Cuándo has regresado? ¿Cómo te fue por Francia? – Le preguntó don Segismundo nada más tenerla ante sí.
Larita contestó con tranquilidad cada una de las preguntas y recordó lo mucho que, durante su ausencia, se había acordado del pueblo y de todas sus gentes.
- En el Liceo – dijo Larita – no se percibía la naturaleza como se vive aquí. Sin embargo allí he aprendido muchas cosas. Aprendí Historia de los pueblos, Literatura Francesa, Matemáticas y Latín. Lo que más me gustó de todas las asignaturas fue la Literatura.
Larita prosiguió y sin darse cuenta estaba expresando lo que contaba en francés – J'avais beaucoup d'amies: Chantal, Yvonne, Monique; toutes du sud de la France, de Montpellier et de Marseille surtout. Mon Monique amical est très beau; et très intelligent. Je crois qu'il suivra à Montpellier pour assister aux études de médecine, parce que dans cette localité il y a une faculté de médecine de beaucoup de prestige.
- Larita, s'il ne t'importe pas tu me parles en Espagnol, parce que mon français est pauvre. S'il vous plaît. – dijo don Segismundo ya que sus conocimientos del idioma galo eran los raquíticos del bachillerato, cursado hacía más de cincuenta años.
- Discúlpeme usted, don Segismundo – Respondió Larita – exclamando prontamente, disculpándose, con su habitual coletilla - ¡Mecachis!
Continuaron hablando y hablando sin parar. Larita le contó sus vivencias, sus juegos de pelota en las tardes del Liceo, sus inquietudes para el año próximo y cómo había decidido matricularse en Madrid, en la Escuela de Ingenieros Agrónomos. Cuando se vieron casi anochecido, se dieron cuenta que habían estado hablando más de dos horas.
Se levantaron del robusto banco de forja. Don Segismundo acompañaba a Larita hasta la salida de la población. En el camino surgió la diatriba acerca de cómo pronunciaban los españoles una palabra que era un galicismo importado y que lo hacían mal. Se trataba de la palabra elite, que suelen confundir y pronunciar élite, acentuada esdrújula; Larita explicó a don Segismundo el por qué de esa falta; y es que en francés, la palabra se escribe élite, pero se pronuncia elite, con acento tónico en la i; el acento que lleva la e inicial es átono y significa que esa vocal ha de pronunciarse corta. En francés, los acentos no son como en español. No enfatizan las sílabas como sí sucede en español.
- Pues será así, Larita – comentó don Segismundo que ya veía próximo el último recodo del pueblo, desde donde nacía el camino que conducía directamente al caserío de Larita.
- Sí, es así, don Segismundo, que me he preocupado en averiguarlo. He consultado bibliografías de gramática, de léxico y de estilo y he podido verificar todo cuanto le he dicho. – Respondió Larita, un poco cansada ya de haber estado tanto tiempo hablando con el bueno de don Segismundo.- Probablemente, se decía Larita para sus adentros, este pobre boticario no tiene a nadie que le escuche; quedó viudo hace muchos años y de los hijos que tuvo con su recordada esposa, no conserva a ninguno en el pueblo; todos marcharon a la ciudad, donde han formado sus propias familias. Debe ser muy triste no tener a nadie que te ofrezca cariño en la vida.
Se despidió del boticario con un beso y marchó a paso ligero hasta la casa que ya dejaba escapar por las ventanas el resplandor de las bujías eléctricas. Al contemplar el enorme caserón, a Larita le embargó extrañamente un sentimiento de nostalgia; la presencia de aquella casa le traía recuerdos imborrables, aromas permanentes y voces que ya no estaban en su mente desde hacía tiempo ¡Cuántos recuerdos!
Sin embargo, ahora ya no era igual. El abuelo había fallecido hacía ya tres años; Froilán seguía allí, pero muy viejito, casi arrugado e insignificante, fumando sus endiablados “caldos de gallina” que apestaban a perros muertos. El ama Eulalia se había marchado a Santander, a casa de una sobrina que se la llevó cuando la pobre sufrió una conmoción cerebral que la dejó impedida para valerse por sí misma.
Sólo quedaba lleno de vida Chavi, dueño y señor de todo. Había crecido, se había convertido en un fornido mozo, moreno de pelo y fuerte como un toro. Su pecho parecía que iba a salir disparado tras romper la botonadura de la camisa. Era un guapo mozo, sí señor, un espléndido macho aunque algo rústico.
Larita se dejó transportar por el ensueño. Por un momento se vio rodeada por los brazos de Chavi, explorada en su cuerpo, aliviada del estupor del mundo gracias a las caricias que le prodigaba Chavi en su más ferviente representación de amante.
Larita sacudió la cabeza. No, no estaba bien aquello; Chavi era su primo, su mejor amigo de la infancia y jamás se había sobrepasado con ella. Larita no tenía derecho a apropiarse del corazón de Chavi. Le repugnó su devaneo y sintió vergüenza de sí misma.
Chavi se pasaba el día trajinando. Cuando no estaba en la pradera, arreando el ganado, estaba en la siega, o en la siembra, según la estación. Por las tardes, ya casi anochecido, se le encontraba en los establos ordeñando las vacas; o apilando las pacas de heno en el troje; o agrupando los quintales de maíz para su secado. El fornido joven no paraba.
Chavi, además de trabajar como un esclavo, llevaba la contabilidad de la casa; se las apañaba para obtener créditos en los bancos de Santander. Hasta la fecha no había incumplido ninguno de sus compromisos. Los banqueros sabían de su honradez y no dudaban en concederle préstamos que se transformarían, pasados los meses, en suculentas remesas gracias a la salida del grano y de la leche; sobre todo la leche, pues Chavi había logrado una exclusiva con una empresa muy importante de Reinosa que le retiraba cada mañana la leche recién ordeñada de las ubres de las vacas. No podía quejarse, no, esa era la verdad.

Larita admiraba, a su manera, a su primo Chavi.

jueves, 5 de diciembre de 2013

VII - IFIS


¡Tómame, Capaneo!
Hechos cenizas nos confundiremos.

(Arte de amar, Ovidio)

Larita había terminado sus estudios en Montpellier y su decisión estaba tomada para el futuro inmediato. El año próximo iría a Madrid. Estudiaría Agrónomos y para ello, antes de regresar al pueblo, se había desviado hacia la capital con el fin de presentar la documentación necesaria para su aptitud en la Escuela de Ingenieros Agrónomos. De ese viaje Larita se trajo algún recuerdo que demostró, una vez más, sus cualidades para la comunicación.

Correteó por las calles de la Villa de Madrid con su cámara a cuestas; fotografió incesantemente monumentos, plazas, calles y gentes. Los cuatro días que la retuvieron en la Villa los supo aprovechar. Anduvo desde las Costanillas adyacentes a la calle Atocha, por la adormecida plaza de Santa Ana, hasta las lindes de Lavapiés, Plaza de Tirso de Molina mediante, con la abigarrada multitud de inmigrantes que sestean indolentes entre los resecos alcorques; paseó por la calle del Príncipe, con su famoso Café de románticos recuerdos: Parnaso o Parnasillo al decir de Mesonero, Larra, Hartzenbusch, Ventura de la Vega, Olózaga, Ros de Olano, Grimaldi o Zorrilla, que llamaron Ganímedes a Romo, ¡copero de Zeus!, camarero novecentista raptado por las primeras modernidades de Juan Ramón y notario a la fuerza de las periclitadas rimas de Bécquer y de las turbulentas veleidades de Oscar Wilde; y al gato sin nombre, gordo y negro que dormía asultanado entre ratones grises de andar por casa, gatazo en fin al que llamaron Aliatar, nada menos.

Deambuló por Huertas atiborrada de cafetines cutres; calle dislocada de gays clamorosos desatornillados de sus estantes; calle recreada por embufandados maestros de izquierda donde la gente casposa pasea su oculta morbidez a partir de ciertas horas de la noche; bajó hasta Espoz y Mina; paseó por la bulliciosa Puerta del Sol, con los adocenados mangantes que pululan como en un hervidero en torno al incauto y despistado turista; entró por Arenal y visitó la Iglesia de San Ginés, donde el ilustre Marqués de Bradomín, esperpéntico, exudaba sobre las tapias el vino, entre las callejas que conforman el monumental conjunto de plaza y templo; y por donde González Ruano, el gran César, pergeñaba las razias y mil putadas, ebrio de vinazo, corporal bendito del sacrificio, con Cansinos Assens, hasta el Campo del Moro o en los alrededores del Palacio Real, viaducto incluido, para arremeter contra los reventados hígados de Galves, o contra las desmelenadas hechuras de Iván de Nogales, con su violín atolondrado, su perrito adiestrado y su tarjeta de chauffeur con el significado peculiar de “calentador”, y al que Ramón Gómez de la Serna, el Gran Ramón de un Madrid que se dejó los espejos de la belleza en la contienda del 36 y en los subterráneos del Pombo, le conmemoraba jocosamente con el epíteto exclamativo: ¡Oh, gran calentador! Submundo, este, ultraísta donde los haya, que perduró hasta el frontispicio de la Guerra Incivil, siendo recogido, más tarde (pero patéticamente) por toda una generación de ‘progres’ a raíz de la proclamación de la Cuarta Constitución (¿o fue la quinta?), y que todavía, hoy, deja desperdicios por algunos rincones de este solar que se llama España.

Larita se extasió con la barroca Plaza Mayor, recuerdo impresionante de los amanerados Austrias del Imperio y de sus todopoderosos validos: Pontejos, Postas, Esparteros, Carretas y Mayor. Quedó boquiabierta ante la impresionante Plaza de Oriente, homenaje más que sonado al Gran Oriente y que, sin embargo, sirvió de altar propiciatorio al Gran Mandatario que quiso y no pudo, que paseó su sable por la patria y que jamás leyó más libro que el reglamento cuartelero del Ejército Colonial Africano, pese al padrinazgo in absentia del desolado rey, ¿o precisamente por eso? Todo lo vio; todo lo recorrió; todo lo captó en sus fotografías. De todo tomó nota en su mente; de cuanto presenció y no le pasó inadvertido sacó la pronta cámara para retenerlo en su vida a través de unos negativos fotográficos.

¡Mecachis! –imprecó- ¡Qué bonito es Madrid!
Larita se empapó de Madrid.

Larita no olvidaría jamás esas tardes de mayo en las que el calor comienza a ser elemento cotidiano en el acontecer de la ciudad; tardes deliciosas, de frescor vespertino junto a los arriates y parterres del Retiro. Tardes de vida o de vuelta a la vida, a pesar de las tormentas que refrescan algunas partes de la ciudad. Tardes en las que la calle de Alcalá se llena de ideales manolas de pañolón, acompañadas de chulos que van al coso a ver los toros, los tremendos toros de una afición que bulle en el siete y se transmite al resto de la plaza. ¡Todo grande, como Madrid, grande y vocinglero!

Además, consiguió la admisión en la Escuela de Ingenieros Agrónomos que era su objetivo fundamental.

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Sin embargo, a veces quedaba extenuada de tanto tráfico, de tanta inhumana aglomeración. No todo era felicidad.

Y se hacía tremendas reflexiones que la conturbaban mucho más de lo que hubiese deseado.

Escribía sus sensaciones, de noche, en el estudio dormitorio del piso compartido de la calle Menorca.

De esas noches, de aquellos insomnios inesperados pero frecuentes, Larita conserva recuerdos escritos que en alguna ocasión saca del cajón donde los guarda y revive los años más apreciados de su vida, los que disfrutó de estudiante en un Madrid alegre y bullanguero, recién estrenado a la movida de aquel Alcalde medio chiflado que se llamó Tierno Galván y que era Profesor Universitario de no recuerdo qué materia, expedientado en los estertores del régimen junto a otros dos: el atrabiliario Aranguren, profesor de Ética y el desabrido García Calvo, hético, latinista y experto en lenguas muertas y en amores docentes con alumnas de falda plisada y olor a jazmín en la piel: “la edad de la razón es la edad de la resignación.”[1]

Esos papeles los conservaba Larita apretados en cajas de cartón, cajas de zapatos que habían quedado inservibles. Había muchos, muchísimos, casi tantos como semanas durmió en Madrid, en aquel piso de Menorca compartido con Kate e Isabel, sus dos amigas que la acompañaron durante más de cinco años.

<<Me veo rodeada de gente. La obsesión por la calma hace que las personas me parezcan como sonámbulas, carentes de sentido cierto de adónde quieren ir. Mas es un engaño, pues todos, en esta horrible ciudad tienen prisa, menos yo.

Durante mis paseos me pregunto si esta gente tiene noticia del amor, de la amistad, del arte de dialogar. Sin duda alguna algo deben tener de todo eso, pero me temo que poco. Aquí todo el mundo tiene algo que hacer, algo que decir, aunque sea una tontería, algo que opinar; las fuentes de donde extraen sus opiniones son los periódicos diarios matutinos que leen con avidez en el tren, en el Metro o, como los he visto, en un vehículo aprovechando la parada obligada de un semáforo. ¿Tendrán seres queridos en alguna parte? ¿Dejarán a una esposa en su casa, a unos hijos que no ven más que los fines de semana? ¿Emprenderán el día, ellos y ellas juntos, hasta la parada del autobús, hasta el lugar donde ambos trabajan, hasta la esquina de una calle, siempre la misma, en donde ella se apea del vehículo y veloz parte hacia la oficina que la espera? Me pregunto. No lo sé, me lo imagino, me causan lástima. Carecen de criterio, me digo, supliendo esa carencia por el parecer dirigido desde los medios de comunicación de masas, que para eso están, que se lo dan hecho.

Por todo eso la gente del siglo XXI no opina; la gente de la sociedad más opulenta de la historia carece de criterio, de opinión; la gente de la Europa más grande y consumista de la historia actúa como los muñecos de guiñol.

El amor se compra, como la ropa interior; la amistad se cambia por intereses de oportunidad económica; el desvelo del amigo ante la desgracia no existe; ¡ahí te pudras!, sencillamente es moneda común cuando las cosas no funcionan.

Hasta la literatura ha dejado paso al mal gusto. Ya es frecuente ver listas de “los más leídos”, ¡qué horror!, cuando precisamente el arte, la literatura es y ha sido cosa de pocos. La banalización es lo común entre los habitantes de este mundo, de este Madrid que se siente ventana abierta al mundo.

Amar como yo lo entiendo no es cosa de pregonarlo por ahí. Se reirían de mí. Amar, hoy, es un acto mercantil aliñado con sexo: ¡nada más! El concepto de la entrega ha desaparecido; la razón de llegar a sufrir por el ser amado no se conoce; hasta el sufrimiento de los dioses se ha difuminado en la paganía más absoluta y abyecta.

La diosa imperante es la Ignorancia.

Sin embargo son personas. Los conozco bien. Tienen limitaciones, miserias a raudales, paranoias lacerantes, hambre, sueño, pavor. ¿Tienen ilusiones? ¿Qué es eso? En una ciudad así, poco tiempo queda para soñar. En un ámbito tan mediocre, donde el ser humano ha logrado adocenarse, el vacío más absoluto es la nota dominante.

Transcurrirá el tiempo; y esta masa, masa proveniente del proletariado, se irá infiltrando, poco a poco y acabará siendo absorbida por las capas superiores de la sociedad, mezclándose incluso, creando con ello esos calpamulos que se han dado siempre, en todas las épocas, en todas las etapas de cambio fulminante de todas las sociedades abiertas. Eso no ha sucedido ni sucederá en sociedades cerradas, tradicionalistas a ultranza, como ocurre en el mundo islámico o en el universo de castas de la India, a menos que un inmenso cataclismo se trague tanta podredumbre y fanatismo religioso.

En unos años, pocos, entre nosotros las cosas volverán a sus cauces tranquilos. Habrá más libertad; habrá más conciencia de esa libertad.

Y se habrá acabado con esa generación del resentimiento que nos persigue desde hace medio siglo infatigable, fatalista.

Y además, como en todas partes, la gente aquí también se muere. Pero lo hace de otra manera. Parece como si todo el mundo estuviese loco por morirse.

Mientras tanto mis paseos siguen con templanza, con admiración por todo lo que voy descubriendo. Hablo con los perros; saludo a las plantas de los arriates y parterres espléndidos; suelo ser muy cortés con las farolas, evitando un mal tropiezo; ando y ando tanto hasta poder contar al siguiente día que anduve y anduve lo suficiente como para estar dispuesta a repetir la experiencia hoy. Me queda tiempo para asombrarme. A veces hablo conmigo misma, pues es la única manera de comunicarme en esta Babilonia de cemento y asfalto renegrido.

En mi cabeza, todo un palacio. Todos los jardines de ‘Las Mil y una Noches’ me aguardan cada tarde, cada noche, cada amanecer; deambulo entre evónimos, arrayanes, taxodios, jazmines olorosos y tulipanes amarillos, además de palmeras y sicomoros aromáticos, hayas centenarias y abedules entristecidos por el llorar de los chopos cercanos al arroyuelo que discurre más abajo y las acacias vigilantes. Mis fantasías me transportan al Edén y mis recuerdos de otros años más felices me hacen reiniciar la larga caminata de la realidad cotidiana. Todo un sinfín de sensaciones agradables revitaliza mi espíritu y me dan ánimo para seguir buscando la felicidad que no hallo por ninguna parte.

Al caer la noche, ya casi amanecida, mi espíritu arroja de sí el deseo y deja que el cuerpo penetre en ese experimento acostumbrado que es el descanso. Yo digo, ¿no será el descanso una preparación a la muerte definitiva? ¿O es que nunca morimos? Algo tiene el reposo nocturno cuando la vigilia es superada, cuando el durmiente se aferra a lo onírico reviviendo lo ya vivido, recreando un futuro imposible o simplemente exteriorizando la agonía mediante tronantes ronquidos y resoplidos temperados.

A fin de cuentas, qué he de decir sino que me gusta Madrid, por más que aunque eso así no fuese, ¿quién daría un ardite por tal declaración mía? Yo creo que la importancia no está en las cosas, sino que son las cosas las que adquieren valor o renombre gracias a nosotros, a lo que creamos ver en ellas o a lo que esperemos de las mismas. Igual sucede, pienso, con las personas; si ‘te entra’ alguien, acabas amistando con facilidad y entonces prestigias a ese otro en el que ves un opuesto a ti, es decir, como un quisiera ser él, o ella, pero sin reconocerlo abiertamente. Pero eso es el origen de una sentida amistad, sin lugar a dudas. Después están las rivalidades, por causas que nada tienen que ver con la amistad; mas producen sensaciones dolorosas hasta el extremo de quebrar una relación de años, de toda la vida. Y no digamos cuando esas diferencias se transforman en celos, o en abierta competencia por un objeto común que suele estar generado por una causa extraña a las personas que litigan, donde subyacen intereses de otros.>>

<<Acabo de llegar de Cambridge, mi otra geografía habitual, más querida si cabe por ser el lugar de mis desvaríos con Kate. Esto de estar en poco tiempo entre una y otra ciudad, es una delicia. ¡Cuántas cosas a contar de ambas! Algún día me dará por eso. Hasta entonces deberé estar más propensa a superar las maldades que rodean mi corazón. Yo, que he bajado al infierno del alma, he visitado la vanidad, he transgredido la belleza del corazón. ¡Soy impura!>>

<<Mi despertar hoy ha estado acompañado de una copiosa nevada. Cuando salí a la calle, el aleteo algodonoso de los copos me generó un sentimiento de nostalgia como hacía años que no me sucedía; experimenté un retorno a mis años juveniles: fue un buen comienzo para el resto del día. Sin embargo duró poco, pues enseguida penetré en la ‘boca de Metro’ que a diario me conduce al subterráneo donde monto en un suburbano que me lleva, apretujada, al paraíso de cemento, hierros y escaparates donde transcurre parte de mi existencia, en la conocida zona comercial de Azca en  Madrid.>>





[1] “La edad de la razón” – (Los caminos de la libertad) – Jean Paul Sastre.

VI - ¡OH, CUPIDO, QUE NUNCA ESTÁS SACIADO!


¡Desgraciado de mí! El niño tiene flechas
certeras. Yo me abraso, y el Amor
reina en mi corazón deshabitado.

(Amores, Ovidio)

Una tarde, tras el encuentro de baloncesto que, como cada día, disputaban las alumnas del 6º curso, Larita vivió una de las experiencias más significativas e impactantes de su corta vida.

En el Liceo Larita no tenía tiempo más que para el estudio; salvo la gimnasia obligatoria y la práctica de algún deporte, Larita acostumbraba retozar, junto con sus amigas, en la luminosa pradera que precedía al edificio neoclásico donde se localizaban las aulas, en el piso bajo y los dormitorios de las internas, en la planta primera.
      
Larita era una chica limpia espiritualmente, de alma transparente y de corazón abierto. Sus debilidades se incardinaban más en los prejuicios lógicos de la edad que en su personalidad, aún sin forjar totalmente. No es que fuese necia; mas tenía cierto aire de inocencia que la hacía muy atractiva y querida entre sus compañeras y gente que la conocía. Jamás disputaba airadamente con nadie; al contrario, trataba de persuadir a su oponente con dulces e inteligentes palabras, con sabia resignación cuando sus argumentos enflaquecían. Su voz se presentaba con una musicalidad extravagante, con ondulaciones e inflexiones espontáneas; resonaba en el pecho de quien la oía; escucharla producía una sensación de relajación calmante. La musicalidad de sus frases y, sobre todo, sus expresiones cortas, producían una sensación de dicha inalcanzable, como un acontecer idealizado que acabara perdiéndose en el desvaído horizonte del mar. Nunca discutía: se podría decir que más bien negociaba o pactaba.

¡Mecachis! Su expresión favorita, sonaba como una nota emitida por una ocarina de sensual tono.

Un alma con esos mimbres, evidentemente tendría que ser muy vulnerable. En efecto, todo le asombraba, lo que no dejaba de ser algo extraordinario, dada la dificultad que tiene el ser humano para la comprensión y el análisis objetivo de la vida, sobre todo de las acciones del prójimo. Y Larita vivía en un mundo repleto de engaños, envidias y reacciones oportunistas; eso lo detectaba y, cuando la manifestación no era sustancialmente clara, lo intuía.

Cualquiera que haya pasado por un internado sabe qué es eso. Los internados son la antesala de la vida real, de la vida que a uno le espera después. Un internado es una caldera donde la presión sube o baja, según los acontecimientos. Y depende de las acciones de todos que se convierta o no en un infierno; la mayoría de las veces, las primeras turbaciones se viven en esos internados demoníacos hechos para doblegar el espíritu más resistente, el más rebelde. De ahí los colleges ingleses cuyo objetivo es contundente: destruir la propia personalidad, para después moldear al sujeto con esas herramientas de cultura extraídas del mundo clásico, amoldadas a la hipocresía británica y que hacen de cada discípulo un militar estratega, un flemático diplomático, un desenvuelto orador o un político cínico; todo dirigido al servicio de la Corona y del Imperio.

Esa tarde, sudorosas todas las alumnas, se encontraron en las duchas colectivas de los vestuarios, como solía. Las íntimas amigas de Larita, Monique, Chantal, Yvonne y Marcelle, alocadas y elocuentes, desnudaban sus cuerpos con inocente ademán e indiferente premura; excepto Monique que, parsimoniosamente se desprendía del short, la camiseta empapada en sudor y las minúsculas braguitas que protegían del roce del pantalón deportivo su más discreta intimidad. Larita observó cierto contoneo desacostumbrado en la amiga; una especie de voluptuosidad en los ademanes. Vio cómo sus manos se posaban en los incipientes y turgentes senos y el dedo índice acariciaba en círculo las areolas; y cómo entornaba los párpados, aquellos párpados que ocultaban los azules ojos. Después observó cómo iba descendiendo el brazo izquierdo, sin despegarlo del todo del vientre, hasta el poblado sexo y captó cómo con la mano y sus ávidos dedos, acariciaba lentamente la vulva mojada por el agua. Al rato presenció unos gestos espasmódicos que, al principio, la asustaron, para inmediatamente tranquilizarse cuando contempló la expresión de goce y plenitud que reflejaba la cara de la amiga.

Se preguntó qué era aquello que había pasado a Monique. No encontró respuesta en aquel momento.

En su cuerpo sintió una suerte de delectación, quizá algo que a ella le hubiese gustado experimentar.

Esa misma noche le costó trabajo conciliar el sueño. No podía eliminar de su mente las imágenes que la habían conturbado esa tarde; y lo peor no era eso, sino la ignorancia para dar respuesta a lo sucedido. Para ella, acostumbrada todavía a juegos casi infantiles, a conversaciones con sus condiscípulas que no trascendían los límites del internado, a devaneos retóricos en torno al amor, a un amor ideal basado en las estrofas de Rimbaud, en las plagadas páginas de Proust a la sombra de las muchachas en flor o en los divertimentos de Saint Exupery. No concebía el amor carnal, todavía, a pesar de su espléndido desarrollo que la hacía aparecer con un cuerpo proporcionado, labios perfectamente delineados, pechos dibujados y turgentes, enhiestos, vivos; una robusta arquitectura prometedora de apresuramientos todavía no experimentados; nalgas de posibles urgencias futuras; miembros presentados al abrazo que ya tendría lugar, alguna vez, con alguien amado, con la esperanza del desatino entre sábanas por tejer y sofocos incontrolados por averiguar.

Besos en las rosadas puntas de los pies; ¡desnuda, desnuda!, ante el amado desconocido. Después vendrá la fuerza, la penetración definitiva. ¡Oh, amor mío! La entrega, el sacrificio rotundo del amor, la contemplación del esfuerzo, paso a paso, momento a momento…

Fue como un relámpago que la dejó ciega.

El aturdimiento la dejó exhausta. Al fin consiguió dormir.

V - JÚPITER Y SÉMELE


Dispara con el fuego suyo Zeus
A bosques sacros, y a las fortalezas,
Y prohíbe que los dardos que ha lanzado
Hieran a las perjuras. ¡Hubo tantas
Que merecieron que él las golpeara,
Y se abrasó la infortunada Sémele!

(Amores, Ovidio)

La mañana había amanecido neblinosa. El sol pugnaba por salir y por entre las nubes, intermitente, dejaba ver alguno de sus dorados rayos. En el ambiente flotaba una humedad que penetraba bajo las puertas y por entre las rendijas de las mal ajustadas ventanas impregnándolo todo.

Desde muy temprano, Froilán, el pastor, había ido a ordeñar una vaca que la noche anterior no pudo traer al establo, pues el animal se confundió en un barranco y, perdida, no supo dar con ella. Toda la noche se la pasó disgustado ya que el animalito estaría nervioso y molesto con las ubres repletas. A las cinco, cuando despertó como cada día, salió al exterior y la encontró pastando cerca del alhorín. Regresó con leche que utilizó para elaborar un poco de frangollo, añadiéndole miel y almendras y que sería el suculento desayuno que ofrecería a Larita hoy, en el día más feliz de la vida de la niña.

Para Larita, efectivamente, ese día tenía que ser el mejor de su vida. Después de haber estado los meses precedentes preparándose en la parroquia, con el párroco, don Severo, para este señalado acontecimiento, hoy, por fin, iba a recibir a Dios en su pecho. Era el día de su Primera Comunión.

Se notaba en el caserío el ajetreo propio de tal ocasión; Larita se creía un ángel elegido por Jesús; y su semblante, despierto de por sí, era mucho más acusado que de costumbre.

El abuelo, Eulalia, el mismo Chavi y hasta Froilán, se desenvolvían mostrando mucha actividad, muy nerviosos. Querían que su linda Larita recordase la fecha y para ello no escatimaban besos y halagos a la niña.

Sobre las doce del mediodía, con el abuelo a la cabeza, todos partieron hacia la aldea, en dirección a la iglesia de San Cosme, donde junto con otros dos niños, Larita recibiría la Primera Comunión.

Terminada la ceremonia religiosa regresaron al caserío, en donde Eulalia preparó unas jícaras de chocolate y unos bollos elaborados la tarde del día anterior. Froilán presentó el frangollo que ya había tomado la temperatura correcta, aunque aún conservaba algo de la tibieza necesaria para ser consumido. Se habían incorporado algunos amigos y familiares que expresamente llegaron, de otras aldeas, para celebrar con Larita el día de su Primera Comunión.

A la salida de la Iglesia, Larita recibió regalos de los familiares y amigos, como recuerdo de ese tan señalado día. Entre todos los presentados hubo uno que, además de producirle una gran sorpresa, iba a ser el desencadenante de una afición maravillosa que Larita, a lo largo de su vida, iba a desarrollar con gran ilusión. Se trataba de una cámara fotográfica sencilla, de paso manual y discreto objetivo.

¡Mecachis! – dijo Larita entusiasmada.

La primera fotografía la hizo Larita ese mismo día.

Como eran conocedores de la inclinación que Larita sentía por las historias, don Severo, el cura, quiso regalar a ésta un precioso cuento de los que discurrían por las montañas de generación en generación y desde siempre. El cuento se llamaba “La vara milagrosa” y el cura, con entonación y ademanes, comenzó así.

<<Una vez iba una moza por un caminu allá. Al llegar a una cotera oyó una voz que se quejaba con mucha tristeza. Miró por toas partes y no vio a ninguna persona.

La voz no dejaba de quejarse con mucha tristeza. Golvió a mirar y no apaecía nadie. Cuando iba a seguir el caminu se fijó en que la voz salía debajo de una lastra...

Llamó en la lastra con una piedra, como si juera una puerta, y la voz, barrutando que era algún caminante compasivu, habló más juerte y dijo a la moza que era un muchachu que le había cogíu un ojáncanu y le tenía en la su cueva. La moza torció el su caminu, compadecía del muchachu, y se lo jue a contar to a una hechicera que vivía en una choza al lau de una ermita.

Cuando la moza llegó a la choza de la hechicera, que se llamaba Pelegrina, estaba hilando en una rueca de oru que cantaba como un jilgueru.

En la choza había unos platos con una flores pintás del color de las estrellas; había unas jarras y una mesa de coral y una silla de madera negra, muy brillante.

La hechicera era muy revieja y muy guapa y tenía los ojos muy grandes y muy negros, sin ninguna arruga en la cara.

Cuando la moza acabó de contala lo que la había dichu el muchachu de la cueva del ojáncanu, la hechicera la dió una vara de fresnu seca que estaba en un rincón de la choza, y la dijo que con aquella vara llamara otra vez en la lastra que servía de puerta a la cueva.

Golvió la moza a la puerta de la cueva y llamó en la lastra. La lastra se movió hacia un lau, y la moza pudo entrar en la cueva, que estaba muy oscura como la boca de un lobu. Entonces, como no se veía na en aquella oscuridad, la vara de la hechicera empezó a alumbrar sin que nadie la encendiera, con un resplandor muy grande.

Iba caminando por la cueva allá y se alcontró con un hoyu muy grande que no la dejaba pasar.

Entonces la vara, sin perder el su resplandor, se escapó de la mano de la moza, se aposó de la una a la otra parte del hoyu y se hizo como un maderu largo y anchu como un puente. La moza pasó y la vara golvió a la su mano.

Al poco ratu llegó al fin de la cueva, y oyó los quejíos tristes del muchachu. Se apagó el resplandor de la vara y quedó otra vez a oscuras.

Desde el sitio onde estaba la moza veía brillar como un tizón el oju del ojáncanu. La moza tenía mucho miedu y no quería moverse de allí, pero la vara tiraba de ella con mucha juerza y la hacía andar.

Al poco ratu llegó cerca de donde estaba el ojáncanu y el muchachu. El ojáncanu estaba acostau y el mozu tenía aposás las sienes en las manos, sentau en una silla de piedra, tou llenu de pena y llorando sin parar.

En aquel instante la vara golvió a escapase de la mano de la moza que no paraba de temblar de miedu, y se convirtió en cuervu que empezó a volar encima del ojáncanu.

El ojáncanu se levantó asustau y el cuervo se aposó en la su nariz. Arrimó el picu a la oreja del ojáncanu y le habló muy bajucu, como le hablaban los sus amigos los cuervos.

Cuando el ojáncanu estaba más descuidau oyendo las mentiras que le decía el pajaru, ésti metió el picu en la cabeza del ojáncanu y le arrancó el pelu, que es onde tien el aquel de la vida. El ojáncanu se cayo muertu, el cuervu golvió a convertirse en vara y la vara empezó a alumbrar otra vez.

Como el muchachu no podía andar de los castigos que le había hechu sufrir el ojáncanu, la vara se convirtió en un caballu chicu y blancu.

La moza amontó en él y salieron de la cueva. Mientras duró la oscuridad el caballu tenía las orejas como dos luces.

Anda que te anda llegaron a la choza de la hechicera, al lau de la ermita.

La hechicera estaba hilando sin parar y la rueca no paraba de cantar como los jilgueros. Cuando vio a la moza y al muchachu, aposó la rueca, el caballu golvió a convertise en la vara fresca de fresnu y la hechicera cogió una escudilla azul, y con una masa que tenía la escudilla curó toas las heridas que tenía el muchachu.

Después se jue y los dijo que esperaran en la choza, que ella iba a buscar las sus ovejas que pacían en el monte, a la parte allá de la ermita.

El muchachu y la moza tuvieron una tentación. Tenían envidia de los platos con las flores pintás de color de las estrellas, tenían envidia de la rueca de oru y de la mesa de coral, porque to ello valía un tesoru. Cogieron toas aquellas cosas y la varuca de fresnu y se escaparon con toas las cosas que tenía la hechicera.

Echaron a andar y cuando estaban algo lejos de la choza descansarun un pocu pa quitar la sed a la orilla de una juente.

Cuando la moza iba a agacharse pa beber la primera, la vara se la escapó de la mano, tocó en el agua y el agua dejó de manar en aquel mismu instante.

Siguieron andando y cuando ya habían bajau la cuesta del monte, la varuca se escapó de la mano de la moza y tocó en la mesa de coral que llevaba la moza a la espalda y en la silla de madera negra que llevaba el muchachu también en la espalda. En aquel mismu instante la mesa de coral y la silla reluciente se convirtieron en dos jorobas.

Despues de dejar jorobaos al muchachu y a la moza, la vara se convirtió en azor y echó a volar hacia la choza de la hechicera...>>

¡Qué bonito, mecachis! – dijo Larita con un sentimiento que a todos les llamó la atención. – ¡Y qué triste! – dijo a continuación Chavi.

Mis queridos niños – dijo el párroco – con este cuento debéis recordar, siempre, que el deseo de lo ajeno no es recomendable. En la vida os encontraréis infinidad de cosas, todas deseables, aunque no todas recomendables. Tanto las unas como las otras, no tiene sentido el poseerlas si no es para procuraros un bien a vosotros mismos y a los demás. El tener, el acaparar, el desear lo que no es necesario, aun siendo bonito, no es de cristianos buenos. Hay que conformarse con lo que Dios, a cada uno ha dispuesto, sin pedir más. Cuanta más sencillez mostréis a lo largo de la vida, menos ataduras os retendrán en este mísero valle de lágrimas. La felicidad se adquiere con la práctica de las virtudes y no con la afición a los vicios.

Todos rieron y aplaudieron largamente la teatralidad y entusiasmo que don Severo había empleado en la narración de este bonito relato. Y todos quedaron impresionados y edificados con las doctas palabras del buen párroco.

Después del desayuno, Larita y Chavi se perdieron por la ladera del monte; subieron un empinado repecho y allí, a la sombra de un viejo roble, se tumbaron boca arriba y contemplaron felices el discurrir de las nubes algodonosas que pasaban por el cielo.

Los gorgoritos del cielo se afanaban con sus trinos y revoloteaban por entre las jaras y lentiscos cercanos. Extraordinaria era la paz que se respiraba.

IV - LA ÉPICA DEJÉ POR LA ELEGÍA


Esta obra también nace por mandato
Del Amor. ¡Alejaos,
Alejaos de aquí los rigurosos!

(Amores, Ovidio)

- ¡Mecachis! – Dijo Larita cuando tropezó con una piedra que Chavi le había puesto adrede en el camino y que el chaval había cogido de un mogote cercano.

Chavi era primo hermano de Larita. Desde pequeños habían estado juntos, necesariamente, pues los padres de Chavi, que eran unos desahogados, se marcharon a hacer un viaje por América; y de eso hace ya unos cuantos años, los mismos que Chavi tenía, es decir, unos siete. Todavía no han regresado.

- Chavi, no corras tanto que voy a tropezar y luego tendré que ir a casa de don Rufino para que me cure las heridas, ¡mecachis! – volvió a exclamar Larita, casi a borbotones, acezando, respirando agitadamente y con sensibles síntomas de enfado.

- ¡Bah, las niñas! ¡Siempre estás igual, hija! Anda, ven aquí que ya te seguiré yo. – Contestó el rapaz, que tenía los pelos tiesos y revueltos, negros como el azabache y presentaba una coronilla que le daba aspecto de bribón; las orejas azules, casi transparentes y el andar alacre.

Larita, achunchada, animó el paso y se puso a la par de su primo que, tomándole una mano, comenzó a silbar. Por el monte veíanse unas vacas tudancas que pastaban tiernamente en el empinado valle de Cabuérniga. A lo lejos, sobre el monte, desde las laderas del puerto de Palombera, se veía venir un tumulto de nubes, negras nubes, plomizas formaciones que asemejaban sucio algodón, nubes que presagiaban agua.



Ganado tudanco

Más lejos se adivinaba, entre la neblinosa atmósfera, una nubecilla, una desvaída pincelada, muy tenue, que ascendía hacia el cielo; se trataba del humo de la locomotora que arrastraba un rosario de vagonetas cargadas de chatarra y que iban a Bilbao, a los altos hornos, para ser consumida en un fuego infernal que transformaría esos retorcidos hierros en perfiladas toneladas de vigas y planchas de acero, en lineales escuadras extraordinariamente pulidas, exageradamente rectas, amilagradas, monótonas en su pulcra infinitud. Dentro de muy poco se oiría el silabeante ¡chu, chu, chu ...! de los émbolos y bielas acompasados por el resoplar casi agónico de la caldera del monstruo mecánico, como un bufido infernal que vendría a descomponer la paz de aquel paraje inocente y primitivo. El tren pasaría de largo, a  lo lejos: jamás llegaría allí.

La aldea de Bárcena la Mayor la verían enseguida, cuando superasen la barda del huerto en el seto que bordea el Saja; el paisaje era delicioso, con una frondosa vegetación de hayas, robles y abedules; a veces se veían animales de cuento de hadas: osos pardos, lobos, venados y jabalíes que alteraban, por un momento, el latir impetuoso de Larita, hasta que, por sí misma, alcanzaba un equilibrio arterial que la identificaba con aquel maravilloso entorno natural.



Río Saja

La casa estaba ya muy cerca y Chavi le dijo a Larita: Anda, date prisa, que se nos echa encima la tormenta. - El lubricán había terminado por expulsar la última rayola, y la noche esperaba, impaciente, su definitiva aparición. Ellos llegarían al caserío antes que la oscuridad lo penetrase todo. Iban por el camino sorteando los relejes.

Cuando llegaron comenzaba a orvallar.

El caserío estaba orientado al mediodía, flanqueado por salientes muros; el edificio se alzaba en dos plantas y tenía traza rectangular y tejado a dos aguas que facilitaba la salida de las de lluvia. Parte del hastial y el alero inmediato superior estaban abrazados por una monumental hiedra, sabe Dios desde cuándo. El caserío se veía protegido por un castañal que bajaba desde la ladera del montecillo aledaño y que servía de incomparable entorno al vetusto edificio.

Con esa limpieza de corazón que es exclusivo patrimonio de los niños, los dos rapaciños entraron agitados y barafustando en la casona, alegres y confiados, donde Eulalia, el ama que a ambos había criado con mucho amor, les esperaba ansiosa; Eulalia repartió besos; y con un no mal disimulado genio y sus parleros ojos, les urgió a sentarse a la mesa de nogal que ocupaba gran parte de la cocina fogón de aquel caserío montañés. Sobre el lecho de la chimenea los trébedes sostenían el caldero de la sopa y las escudillas de carne, que así conservaban el calorcillo del último hervor del hogar. Pronto llegaría don Anselmo, el patriarca de la familia que era el abuelo de Larita y de Chavi y que en sus ratos libres se dedicaba al estudio de las aves de corral en su variante de gallos de pelea.



La casona

Cuando apareció don Anselmo, los niños, lavadas las manos, ya estaban sentados, cada uno en su correspondiente taburete; Larita plegaba con habilidad su servilleta, logrando que cada doblez aparentase la fisonomía de algún animal del campo: unas veces un conejo, otras un ganso y también conseguía la surrealista línea de un perro, al que ella, con su fina voz, ponía el gañido y Chavi contestaba gruñendo también; entre los dos se compenetraban y eran capaces, en un momento, de improvisar un pequeño escenario con las pocas cosas que a la mano tenían en aquel enorme caserío. Su imaginación era sobrada para colorear cualquier idea que se les ocurriese. Larita, sobre todo, poseía unas cualidades plásticas de interpretación que sorprendían a los mayores; su variada paleta de registros interpretativos no conocía límites.

Esperaron a que el abuelo se sentara en el vetusto sillón de madera tallada situado en la cabecera de la mesa, donde el abuelo presidía. Aquel sillón procedía del camarote de un barco de la Armada española; barco donde un antepasado, ilustre marino de la flota española que había reconstruido un ministro de Carlos III, había desempeñado el mando con el grado de capitán. Cuando desguazaron el navío, el sillón acabó en el caserío y allí permanecía desde entonces.

- ¡Mecachis, abuelo! Hoy hemos visto una osera y el oso no estaba por allí; ¿estaría durmiendo? – Comentó Larita a su abuelo, a la vez que, nerviosa, trataba de allegar la cuchara, rasada en sopa, hasta su boca.

- Sí, hija, es invierno todavía y hasta San José, estos animales no despiertan. – Respondió don Anselmo con talante algo didáctico.

- Yo sí he visto sus huellas, abuelo - afirmó impetuoso Chavi - eran enormes y se ve que el animal andaba cansino, pues el rastro mostraba unas muy cerca de las otras.

- Esas huellas estarán allí desde septiembre; y estarán secas, seguramente; muy secas. – Contestó el abuelo dirigiéndose al rapaz.

- Bueno, pues cuando se despierte el oso, yo quiero que me lleves a la madriguera para verlo salir. ¿Lo harás, abuelo? – Casi suplicó el crío.

- Ya veremos, pequeño, ya veremos – respondió lentamente don Anselmo, dando por zanjada aquella cuestión del oso con los dos niños.

- ¡Mecachis! – exclamó Larita.

Como cada noche, el ama Eulalia, terminada la cena, recogería todos los apechusques de la mesa, los platos de blanca loza y las porosas alcarrazas, los cubiertos, los de Larita y Chavi grabados en las empuñaduras con sus nombres; fregaría todo en la herrada de roble y colocaría sobre el bargueño cada pieza, no sin antes repasar, ya sentada, sobre su halda, con un blanco e inmaculado paño cada pieza, secándola con esmero.

Después de esta cotidiana tarea, el ama Eulalia tomaría amorosamente a los niños y con arrumacos y mimos los llevaría a dormir; la estancia estaba situada en una de las dependencias del piso superior. Los dos niños dormían juntos, cada uno en su cama; aunque a veces, sobre todo cuando había tormenta y el ruido del mar casi se notaba en el valle, se acurrucaban en el mismo lecho, abrazándose, muertos de miedo, y rezando sin parar hasta que el sueño les vencía.

Pero antes se producía el momento más encantador de la jornada; cada anochecer, ya cada uno de los niños en su lecho, el ama Eulalia contaría uno de sus maravillosos cuentos que haría las delicias de ambos. Si algún día el ama Eulalia, por enfermedad o por ausencia, no estaba allí para contar esas maravillosas historias, tanto Larita como Chavi quedaban como faltos de algo importante, tan importante como el aire que respiraban. Entonces tardaban en dormir y era cuando comenzaban a ver fantasmas y sombras amenazantes que les impulsaban a taparse la cabeza y escuchar, atentamente, el ulular del viento o las voces de los cárabos que vagarosos acechaban al topillo o al pequeño roedor o a la culebra despistada; y de mañana, el graznido del arrendajo que con su vocinglero y descompasado cante ponía una nota dolorosa en el corazón de los niños.

El claror del día les sorprendería casi en esa infatigable vigilia.

El ama Eulalia tomó asiento en el borde de la cama de Larita e inició el cuento que aquella noche le vino a la memoria.

***************

Iba un hombre por un camino del bosque, con su hatillo de leñador al hombro, cuando en mitad del sendero encontró a una serpiente amarrada a una estaca. Al principio se sobresaltó, pues pensó: Este animal está muerto o malherido. Se acercó y vio que respiraba, pues al tocarla suavemente en su fría piel, el animal se contrajo y ladeó el cuerpo, no sin cierta dificultad. La desató y la cuidó con cariño, dándole calor en su pecho. Reanimada la serpiente, siguió ésta detrás de su benefactor y llegado un momento, se le enroscó al cuerpo, apretándole terriblemente.

- Gritó el hombre: ¿Qué haces? ¿Por qué me devuelves mal por bien?
- Sigo mi naturaleza, respondió la serpiente.
- Me porté bien contigo salvándote – dijo el leñador – y me lo pagas haciéndome daño.

¡Mecachis! – exclamó Larita, tirando del embozo hasta taparse la cabeza.

A esto que apareció una raposa –prosiguió el ama Eulalia- y la llamaron para que juzgase lo que ocurría.

Entonces la zorra respondió: Soy incapaz de juzgar esto sólo de oídas; si no veo con mis ojos lo que decís que pasó, no puedo opinar nada.

Chavi dejó escapar un prolongado bostezo. El ama Eulalia, ante esa muestra de cansancio del niño, tomó aliento y con rapidez comenzó a dar fin al relato.

Continuando dijo - Ataron de nuevo a la serpiente, como estaba cuando el hombre la halló, y habló la zorra:

- Ahora, serpiente, márchate si puedes; y tú, leñador, no te esfuerces en liberar de sus ligas a las serpientes. ¿Acaso no sabes que a quien descuelga un peso le cae sobre la cabeza? – Dicho esto, la zorra, con mucha majestad, emprendió su camino, sacudiendo del cuerpo el tamo evanescente que flotaba en la atmósfera, procedente de una cercana era y que se había depositado sobre su espinazo; conforme emprendía el camino, dejó su huella al borde de una mata de hinojo rociándola con su penetrante orín.

Y esta es, mis niños, la historia del leñador bueno y la serpiente desagradecida. Ahora dormiréis hasta mañana y pensaréis en esto que os digo:

“Si alguna vez estáis agobiados por una preocupación y os podéis liberar fácilmente de ella, no esperéis, porque mientras esperáis, os veréis más agobiados aún.”[1]

Chavi se había dormido. Larita se rebulló entre las sábanas.

Diciendo esto, con sigilo, el ama Eulalia posó el matacandelas sobre el pabilo y apagó la vela; un hilillo de perfumado humo ascendió hasta el cielo de la habitación.

Al entrecerrar la puerta, Larita y Chavi dormían con placidez angelical.




[1] De Disciplina Clericalis (Mosé Sefarda – 1062)